viernes, 4 de noviembre de 2016

¡QARAQOSH HA SIDO LIBERADO!



¡Qaraqosh ha sido liberado! Estas cuatro palabras me persiguen desde que las leí hace unos días en el periódico. Qaraqosh ha sido liberado…. Suena como una frase que hubiera escuchado en una de esas películas clásicas de los años cincuenta… Podría imaginarla incluso en una viñeta cualquiera de Tintín. Pero no. Es real. Una buena noticia en medio del horror que viven Siria e Iraq. Según leo, el Estado Islámico ha sido expulsado de esta ciudad -y otras- cercana a Mosul. ¡Por fin! Paso las páginas buscando información de una ciudad de la que nunca había oído hablar. Leo las crónicas de los reporteros de guerra. Y descubro que Qaraqosh está cerca de la legendaria Nínive, la ciudad asiria que aparece mencionada en la Biblia, junto al Tigris. El Tigris y el Éufrates, Babilonia, Mesopotamia… la cuna de la civilización, eso que estudiamos en el cole de pequeños. El principio de todo, así de importante es esta zona que ahora me suena tan lejana, pero que me atrae enormemente.

Qaraqosh tiene una particularidad. Fue cristiana desde el siglo II, según la wiki. No pretendo realizar ahora una investigación ni una disertación histórica. Quiero decir, que no voy a contrastar los datos de la wiki. Sea como sea, es cristiana desde hace siglos, y los bárbaros han pretendido borrar la libertad en sus calles. Pero han sido expulsados. Ojalá que para siempre. Dejan tras de sí la destrucción, la marca de la casa, pero el domingo se volvió a celebrar misa entre las ruinas de una iglesia de Qaraqosh.

No quiero imaginar el horror que han sufrido las personas que allí vivían. Y en medio de la barbarie una imagen me golpea. Es la fotografía de un soldado limpiando una imagen de la Virgen. Ese soldado habrá sido testigo de escenas terribles, pero le quedan ánimos para tratar con cariño esa estatua de la Virgen. Entonces me doy cuenta de la tibieza de mi fe que contrasta con los colores de la escena. Una cinta verde rodea el cabello oscuro del soldado. Con un trapo rojo limpia el manto azul. Yo me siento como una imagen borrosa, desvaída, pero al mismo tiempo, me invade un sentimiento de pertenencia, de orgullo al compartir las creencias de ese soldado sin nombre.
Cuando hace un año comencé este blog, lo hice precisamente hablando de Palmira, de mis sensaciones cuando la visité hace ya muchos años. Y justo un año después vuelvo a viajar, esta vez virtualmente, a Mesopotamia. Entonces el detonante fue una foto en la que yo aparecía feliz rodeada por la grandeza de Palmira. Ahora ha sido esa fotografía del soldado y la Virgen. Me siento impotente. ¿Qué puedo hacer yo? Sólo puedo rezar por mis hermanos cristianos de Qaraqosh. Veo su grandeza y mi pequeñez.



Noviembre 2016

viernes, 21 de octubre de 2016

LA BOLA DE CRISTAL


-          No sabría qué decirte… -responde bajando la mirada y rascándose la cabeza, como en las películas.

-          Bueno, algo se te ocurrirá –dice ella. No piensa terminar aquí la conversación cuando, por fin, veinte años después, se ha atrevido a hacerle la pregunta.

-          Pues… supongo que no era el momento, o quizás no surgió la oportunidad –. Reflexiona unos instantes-. Claro que en esa época nos veíamos bastante ¿no?

-          Yo diría que al menos cada dos fines de semana. Ya hace mucho tiempo, pero sí, quedábamos habitualmente.

Él rasga el sobre de azúcar, con su parsimonia habitual, y con la cucharilla comienza a dar vueltas al café.

-          ¡Es que menuda preguntita! –se ríe.

-          Sí, ya sé que te ha cogido por sorpresa. Te aseguro que no ha sido premeditado, pero no sé. Nos hemos puesto a contar batallitas del pasado y de repente he recordado que nunca supe por qué… Y además has sido tú el que ha empezado a hacer arqueología –le dice apuntándole con su cucharilla.

La preguntita había sido muy breve: «¿Por qué ella y no yo?».

Luis y Sara se habían conocido veintitantos años antes a través de amigos comunes, en la época de la universidad. Desde el primer momento congeniaron. El grupo quedaba muchos fines de semana y, a los pocos meses, ellos empezaron a salir también por su cuenta. Salir en el sentido literal. Iban al cine, a una exposición, a la presentación de un libro… Tenían muchas aficiones en común que superaban la salida de copas del sábado del resto del grupo. Ella siempre creyó que su relación de amistad iría a algo más. Hubo varias ocasiones en que parecía que Luis se iba decidir por fin, pero no fue así.

Recordaba aquel día de principios de verano que él la invitó a cenar. Hacía unos días había sido su cumpleaños, así que Sara le llevó un regalo. Él lo recibió con un gran abrazo, del que se desprendió bruscamente a la vez que soltaba a bocajarro:

-          El mes que viene me marcho a Australia. A hacer un Master… Dos años.

-          ¿Dos años? –repitió ella, como sin entender.

Entonces él empezó a hablar rápidamente, explicando detalles del Master que Sara oía sin asimilar. Hasta que le interrumpió.

-          ¿Desde cuándo lo sabes?

-          Desde hace varios meses… un año quizás. Cuando te conocí, más o menos.




-          ¿Ves? Ahí es cuando tú me tenías que haber dicho: «Te esperaré» -dice señalándola con la cucharilla  acusadora.

-          ¿Qué yo te tenía que haber dicho qué? –pregunta ella un tanto indignada.

-          Claro. Es lo que yo esperaba.

-          ¿Me tomas el pelo?

-          No, te lo digo muy seriamente.

Ella se le queda mirando y apoya un codo sobre la mesa. Su cucharilla sale disparada sin que ninguno de los dos se dé cuenta.

-          ¿Y por qué no me lo pediste?

-          ¿El qué?

-          Que te esperara.

-          No me atreví.

-          Ya… Y yo ese día me dejé en casa la bola de cristal.

Misterio resuelto. Veintitantos años después.

-          Y esos dos años estuvimos en contacto. Nos escribimos.

-          Recuerdo que incluso alguna vez me llamaste por teléfono –sonríe Sara -. Y cuando por fin regresaste tú salías con alguien y yo también.

-          Exacto. Fin de la historia.

-          Sí, fin de la historia. Luego te casaste y yo fui a tu boda. En la que me lo pasé muy bien, por cierto.

-          Ya, ligaste con mi primo el guapo.

-          ¡Jaja!!… ¡Es verdad!

-          Pero seguimos siendo amigos.

-          Efectivamente. El tiempo pasa y seguimos siendo amigos.

Luis hace una seña al camarero para pagar los cafés.

-          ¿Nos vamos ya? Va a empezar la conferencia en diez minutos.

Sara se levanta y él la ayuda a ponerse el abrigo. Siempre fue muy caballero. Ella se coge de su brazo y le mira con cariño.

-          Te han salido canas.

-          Vete a la porra –dice él soltando una gran carcajada.



            Octubre 2016


sábado, 1 de octubre de 2016

LA PRINCESA ¿AZUL?


Con gran sorpresa compruebo que mi última entrada en el blog, que titulé El príncipe azul, es la que ha tenido más lecturas. Si el contador no engaña, supera con mucho, concretamente triplica, la entrada anterior que había sido a su vez una de las más vistas. Y como digo me sorprende. Muy gratamente, claro. Aprovecho para agradecer a mis lectores su apoyo. Si algo he aprendido en estos meses desde que inicié el blog, es que el título debe ser provocador para que nos animemos a leerlo. Estamos bombardeados de información y la mayoría de nosotros pasamos el día corriendo de un lado para otro, sin tiempo para nada. Lo más curioso es que El príncipe azul se me ocurrió en cosa de minutos, mientras caminaba una tarde hace unos días, intentando ser fiel a mi propósito de practicar un poco de ejercicio al menos tres o cuatro veces a la semana. Así que me calcé las zapatillas y eché a andar, sin imaginarme que a los pocos pasos mi cabeza empezaría a darle vueltas a unas palabras y éstas se convertirían en una nueva entrada.

Cuando regresé a casa, me abalancé al ordenador para escribir aquellas frases deshilachadas que me habían acompañado durante mi paseo. Cuando terminé, le di unas cuantas vueltas al título. ¿Quizás lo de príncipe azul sonara un poco cursi? Da igual, al final me decidí por ese título y, por lo que parece, con acierto. Lo cual me hace pensar que al final todos somos unos románticos –un poco al menos-, aunque no siempre lo reconozcamos. Si no, ¿cómo es posible que una frase tan repetida sea la causante de que se triplique el número habitual de visitas?

Y todo esto me lleva a otra reflexión… ¿habrá princesas azules? ¿O habría que decir rosas? El caso es que creo que no existe ese término. Pero dado que muchos de mis lectores han sido hombres, me pregunto si también ellos tienen un modelo de princesa azul. Como mi mente es femenina, me decido a preguntar sin pudor a los hombres que me rodean.

-          Hola ¿qué tal? Verás, quizás te suene raro pero querría preguntarte si existen las princesas azules. Quiero decir, igual que hay príncipes azules, ¿vosotros tenéis princesas azules? -¿o rosas?-. Miro a mi interlocutor con curiosidad, a la vez que abro mi Moleskine bolígrafo en mano. Él me mira y carraspea.

-          ¿Princesas azules? ¿A qué te refieres exactamente?

Yo le miro abriendo mucho los ojos, con expresión inocente.

-          Pues eso, princesas azules. O a lo mejor las llamáis de otra manera, no sé. A ver, quiero decir, igual que se dice que una chica espera a su príncipe azul, ¿a vosotros también os pasa?

Mi amigo me mira raro y no responde, así que amplío la explicación.

-          Por ejemplo, hay chicas que te dirían que su príncipe azul es rubio, atractivo, generoso, divertido e inteligente. Otra te puede decir que para ella su príncipe azul es un hombre moreno, osado, valiente y protector. U otra te podría decir que para ella su príncipe es un hombre culto, intelectual y que le haga reír. Y para algunas pues sería un hombre que dedica su vida a los demás trabajando en una ONG, por ejemplo. ¿Me explico?- pregunto volviendo a abrir mucho los ojos y con la mano ya nerviosa sobre el papel del cuaderno.

-          Ya… ¿tú quieres decir si tenemos estereotipos? ¿Si tenemos condiciones predeterminadas sobre cómo debe ser la chica de nuestros sueños?

-          ¡La chica de nuestros sueños! – exclamo embelesada escribiendo con entusiasmo.- Claro, chica de nuestros sueños sería el equivalente a príncipe azul ¿verdad?

Me mira un tanto desconcertado, intentando salvar su ego masculino.

-          Bueno, equivalente, equivalente… no es exactamente lo mismo. Nosotros no somos tan románticos como vosotras, ni tenemos tantos pajaritos en la cabeza.

-          Sí, puede que tengas razón –admito-. A veces más que románticos sois pesadísimos y cuando una chica os gusta no aceptáis un no por respuesta. Y eso no es nada romántico. Pero a ver –me apresuro a añadir antes de que proteste-, ¿cómo es la chica de tus sueños?

-          Bueno, no te sabría decir…

-          Por favor, por favor… venga, que nos conocemos de toda la vida y no lo sé.

-          No irás a escribir esto en tu blog ¿verdad? –dice mirándome con desconfianza-. ¿Por qué estás tomando notas?

-          Hombre, digamos que quizás me sirvas de inspiración, pero por supuesto nadie sabrá que eres tú. De verdad, por favor, por favor….. Se trata sólo de una inocente encuesta.

Él calla unos instantes, reflexiona, mira al infinito, vuelve a mirarme a mí y se ríe. Abre la boca para inmediatamente volver a cerrarla. Me giro y averiguo el motivo. Acaba de llegar su novia, a quien saludo afectuosamente a la vez que me apresuro a cerrar el cuaderno negro. Mi encuesta deberá esperar.

Y la paciencia encuentra su recompensa. Pocos días después cené con unos amigos. Con premeditación y alevosía metí la Moleskine en el bolso. Cuando me había asegurado de que las copas de vino se habían rellenado, disparé mi pregunta. Los tres se miraron entre ellos y Juan preguntó tímidamente:

-          ¿Te refieres a la canción de Sabina? Hay una que habla de princesas ¿no?

-          No, no. Esa canción no va por ahí. Tú te refieres a la mujer ideal ¿verdad? –dice Alfonso.

-          Sí, sí, exactamente –afirmo moviendo la cabeza con entusiasmo.

-          Bueno, eso del príncipe azul es de cuento. A lo mejor al hombre no le hace falta el concepto de mujer ideal.

-          Cuando hablas de princesas, fundamentalmente estás pensando en la belleza –interviene Lucas.

-          O sea, que para vosotros lo importante es el físico. ¿Es eso?

-          No exactamente. Yo diría que cuando encuentras a la princesa lo primero que te atrae es su forma de ser, aunque inconscientemente te sientes atraído por lo físico –afirma Alfonso, el intelectual del grupo.

-          Tengo un amigo para quien el olfato es fundamental. Es verdad que el olor juega un papel importante, aunque eso suena un tanto primitivo.

-          Eso suena a pensamiento de macho alfa al cubo –dice Juan entre risas a las que nos unimos los demás. Bien, de la timidez pasamos a la diversión. Vamos por buen camino.

-          La química es importante –concede mi amigo intelectual- pero yo diría que hablamos del alma gemela. –Me apresuro a escribir alma gemela como nuevo concepto de la conversación-. Se trata de la proyección de un ideal.

Juan niega con la cabeza.

-          Eso no me lo creo. De ahí vienen los desencantos.

-          Cuando encuentras una personalidad que te encandila, a partir de ahí se construye la princesa –insiste Alfonso-. Lo físico, lo estético no deja de ser complementario.

Durante unos segundos se hace el silencio, momentos que aprovecho para seguir tomando notas a toda velocidad. Lucas interviene:

-          El concepto cambia con la edad. Probablemente si preguntas a un chico de veinticinco años te diga que es más físico. Nuestra visión la da los cuarenta, diría yo.

-          ¿Habéis visto la película Del rosa al amarillo? –pregunta Alfonso-. Lo explica todo muy claramente-. El desastre, el sufrimiento, el horror… -Le miro con cara de no entender-. El ideal del amor termina a menudo en sufrimiento. Las mujeres son como flores que exhiben su belleza y te van atrayendo… atrapando.

-          Pero no siempre es así –intervengo yo-. Se supone que el amor es bonito.

-          Tengo dos amigas que por separado y en distintos momentos me contaron que salían con un chico que no era su príncipe azul –cuenta Lucas-. Ellos estaban enamorados pero ellas estaban frustradas porque no respondían a su idea de príncipe azul y les trataban mal. Estaban con ellos porque hay gente que no sabe estar sola.

-          Si os dais cuenta, en el subconsciente colectivo está el príncipe azul: caballeroso, educado, valiente, protector… -enumera Juan- pero ese mito no existe al revés. En el caso del hombre es más personalizado, ¿no os parece?

Creo que esta aportación es interesante. En esos cuentos que leímos todos en la infancia siempre había príncipes azules que protegían a sus princesas. Hay quien pasa la vida esperando su llegada y nunca llega porque, efectivamente, es un mito. Simplemente, no existe. Sigo escribiendo. Lucas se ríe y dice:

-          Tengo amigos que dicen que tienen «amores de metro», que ves a una chica que te gusta mucho, unos momentos, y no la vuelves a ver.

-          ¿Y no te vale la pena volver a verla? ¿No haces nada?

-          No, porque cuando ya has besado a muchas ranitas, como tú dices, ya no vale la pena. Quizás en esos momentos construyas tu propio mito de la princesa azul, pero dura poco, se desvanece.

Este comentario de Alfonso me lleva a recordar ese poema maravilloso de Baudelaire, en el que se enamora de una visión fugaz. Al día siguiente, paseando por las calles de Zamora, nos encontramos de frente con el muro de una vieja casa derruida que exhibe en todo su esplendor otro maravilloso poema, esta vez de Lope de Vega:

                «Creer que un cielo en un infierno cabe,
                Dar la vida y el alma a un desengaño,
                Esto es amor, quien lo probó lo sabe».

Realmente no era mi intención que la conversación terminara hablando de amores imposibles. ¡Lo prometo! ¿Será que me persiguen?… Para quitarnos el sabor agridulce, y dado que es la hora del aperitivo, decidimos entrar en una pequeña taberna. Llenamos una vez más nuestras copas y brindamos… ¿por los príncipes y princesas? ¡No! ¡Por nosotros y por mis gentiles lectores!


Septiembre 2016

viernes, 9 de septiembre de 2016

EL PRÍNCIPE AZUL


Y fueron felices y comieron perdices. Así terminaban todos los cuentos que leyó en su infancia. Ya desde pequeña era frecuente verla con un libro en la mano. Aquellos relatos con ilustraciones que hablaban de príncipes y princesas, castillos, dragones y lobos. A éstos siguieron las aventuras de Los Cinco y muy pronto se sumergió en el mundo de los «clásicos». Pasaba las tardes de verano devorando las historias escritas por Walter Scott, Emilio Salgari y Julio Verne. También le gustaba escribir y cuando no tenía un libro de aventuras a mano, entonces lo escribía ella. Se sentaba debajo del árbol enorme que había en medio del jardín con un cuaderno en blanco sobre las piernas y empezaba a escribir. Luego, cuando el relato iba tomando forma, reunía a sus hermanos y a sus primos y les iba contando las historias que se amontonaban en su cabeza. Sus padres y sus tíos estaban encantados. Esas tardes no se oían los habituales gritos de toda la panda y podían dormir la siesta sin interrupciones. Desde la terraza observaban con una sonrisa a los pequeños que escuchaban embelesados a la joven contadora de aventuras emocionantes.

Con dieciséis años leyó a escondidas Lo que el viento se llevó. «Eres demasiado joven para leerlo. Se te llenará la cabeza de pájaros»- le dijo, confiscándolo. Pero aquel libro gordísimo le atraía como un imán, así que se las arregló para encontrarlo y leerlo sin que su madre se diera cuenta. Mientras sus amigas hablaban del tal Borja o el tal  Gonzalo que habían conocido en la fiesta del colegio, ella pensaba en héroes como Ivanhoe, o antihéroes como Rhett Butler. Pasaron los años y en vista de que éstos no llegaban, besó a unas cuantas ranas que, para su sorpresa, no se convirtieron en príncipes. Una vez conoció a un tipo que a primera vista le pareció D’Artagnan, pero unos meses después se dio cuenta de que no se le parecía en nada. Incluso le presentaron a un Sandokan, que tampoco resultó serlo.

Cuando cumplió los cuarenta, en vez de sufrir la típica crisis, experimentó una gran liberación. Ni más ni menos se dio cuenta de que Ivanhoe, D’Artagnan y Rhett sólo existían en la mente de sus autores. Fue como una revelación… ¡De repente se hizo la luz! Entonces miró hacia atrás e hizo un recuento de sus ranas. Ya, quizás ninguna había resultado ser un príncipe pero algunas podrían haber llegado a ser protagonistas de una historia interesante. Condicional y pasado, o sea, irrecuperable. Además, por alguna extraña razón, en un mundo en el que aumenta vertiginosamente el número de rupturas matrimoniales, ninguna de sus ranas se separaba, así que allí estaban, en el pasado para siempre, comiendo perdices.

Afortunadamente, esta especie de síndrome del héroe falso no le había pasado solo a ella. No, no. A Christina Rosenvinge también le pasó:

«El día que yo fui feliz, nadie tocaba el violín.
Ni una maldita florecilla ni arcoíris sobre mí.
El día que yo fui feliz no me di cuenta y me dormí
 y como nadie me avisó no me di cuenta y me dormí»… Algo así decía…

La canción termina y se gira hacia la enorme estantería de su habitación, ya casi al límite de su capacidad. Revisa los estantes, con los libros perfectamente ordenados por autores, y sus dedos se posan en los lomos amarillos de tela de la colección de Tintín. Elige uno al azar y lo abre por enésima vez. Un cosquilleo de adrenalina le recorre la espalda, anticipando el placer de la lectura. Y se dispone a viajar hasta Sildavia… Sildavia… Ya el nombre lo dice todo, hace evocar aventuras… En el fondo, ella tiene mucho que ver con Tintín. Modelo de soltero, con una idea muy clara de dónde está la raya que separa a los malos de los buenos…. Mientras abre sus páginas, le asalta un pensamiento: Quizás no debería haber conocido a Rhett Butler con dieciséis años… Al final las madres suelen tener razón. ¡Rayos y truenos!



Septiembre 2016

viernes, 2 de septiembre de 2016

BAILE EN EL HOTEL HISPANIA. VERANO DEL 39



        
- Aquel verano fue especial. Recuerdo el verano del 39 como uno de los mejores veranos de mi vida-. Mi tía Marita, más de noventa años, compartía conmigo sus recuerdos, mientras contemplábamos la puesta del sol desde la terraza. El cielo se iba cubriendo de luces rosadas, que se iban difuminando entre las nubes. Media hora después aparecían las estrellas.

Ese mes de agosto repetimos el mismo ritual durante varios días. Poco antes de las nueve, yo bajaba los tres pisos que separaban nuestras casas. Se apoyaba en un bastón y muy poco a poco, avanzábamos hasta el ascensor. Luego salíamos a la terraza y disfrutábamos del espectáculo incomparable de la puesta de sol. Nos sentábamos, como si estuviéramos en el cine, y cuando me contaba esas historias de su juventud, que tanto me gustaban, recuperaba su sonrisa mirando hacia el horizonte. Quizás no recordaba exactamente lo que había comido ese día, pero recordaba hasta el más pequeño detalle de aquel verano del 39.

-          Mi hermana Viri había comprado una gramola con cuatro perras que tenía. Y dos discos. Las calles de Lérida, que habían estado desiertas, empezaban a recuperar la vida. La guerra había terminado y ya podíamos pasear sin temor a los bombardeos. La gente regresaba desde los pueblos donde había ido a refugiarse.

-          Tía Marita, y vosotros ¿no habíais salido de Lérida?

-          Sí, también nosotros. Encontramos refugio en la torre del Manel. Pasamos allí muchas temporadas. Por eso nos salvamos. Mi padre no… él murió en un bombardeo- entonces se pone seria al recordar cómo su padre, que era médico y por eso no podía abandonar la ciudad, había muerto sepultado por las paredes de su casa. El edificio se vino abajo. Ella, con sólo trece años, tuvo que acompañar a su madre a identificar el cadáver, que reconocieron por el traje que llevaba. En ese bombardeo perdieron todo. A su padre, su casa, todas sus pertenencias, las joyas, el dinero… Su forma de vida. Sólo se salvó lo poco que habían llevado a la torre del Manel.

-          Y en el campo ¿no había bombas?

-          Sí, también aunque menos. Cuando oíamos los aviones, corríamos a meternos en un arroyo que pasaba por allí porque en el agua no podían explotar… Y un día dijeron que la guerra había terminado y salimos todos a las calles a gritar felices, dejando atrás tantos momentos de angustia y miedo. Entonces, como te decía, la gente empezó a regresar, muchos jóvenes también. Chicos que habían tenido que interrumpir sus estudios universitarios y ahora podrían retomar. Pero hasta octubre quedaban unos meses-. Se detuvo unos instantes y me miró-. No paro de hablar. Seguro que te aburro.

-          ¡En absoluto!-me apresuré a decir. La tía Marita es la decana de la familia. Cuando ella muera, todas estas historias desaparecerán con ella.- Eres un gran contadora de historias. Me encanta escucharte. Sigue, por favor.

-          Bueno, sólo un poco más que no te quiero cansar-dijo sonriendo-. Pues allí me tienes, con dieciséis años, y mis dos trenzas rubias, deseando olvidar la pesadilla que habíamos vivido. Teníamos ganas de reír, de bailar, de oír música, de recuperar a los amigos de la infancia… los que habían sobrevivido. Y se me ocurrió una idea. El padre de una de mis amigas era el dueño del hotel Hispania, que hoy ya no existe. Y seguía en pie, a pesar de las bombas. Nos dejó una sala para que nos reuniéramos a escuchar la gramola de Viri con sus dos discos. Empezamos cinco o seis chicas. Poníamos la gramola y bailábamos.

-          ¿Y cómo bailabais?

-          Agarrado, claro, no existía otra forma de bailar. Escuchábamos una y otra vez la misma melodía.- y empezó a tararear-. ¿La conoces? Lalala… lalalala…lala…

-          ¿Te acuerdas?- pregunté sorprendida.

-          ¡Cómo no! Ese verano fueron cientos de veces las que la bailé. Sólo teníamos dos discos, recuerda. Repítela conmigo, quiero que alguien la pueda cantar conmigo.

Y allí estábamos las dos, bajo la luz de las estrellas de agosto, tarareando esa melodía sin nombre.

-          Entonces un día vino el hermano de una de mis amigas con dos amigos. Y bailamos. Y al día siguiente otros dos más. Y al final éramos más de veinte. Y todas las tardes, nos reuníamos en el hotel Hispania, con la gramola de Viri y los dos discos. Nunca me he reído tanto. Lo pasamos tan bien… Sí, mi padre había muerto, vivíamos en una casa que un buen amigo de la familia nos dejaba, sólo tenía el vestido que llevaba puesto. No tenía zapatos, sólo unas alpargatas viejas. Pero necesitábamos olvidar el miedo y el hambre que habíamos pasado.

-          ¿Y de dónde salía tanta gente?

-          Pues cuando la gente llegaba a Lérida y preguntaban qué se podía hacer, siempre había alguien que sabía que por las tardes había baile en el Hispania. Eran unos chicos estupendos, educados, simpáticos, caballerosos… No es como ahora, antes era diferente. La gente no era vulgar…. Y eso que no teníamos nada, lo habíamos perdido todo en la guerra. Muchos de los chicos llevaban la camisa azul de Falange porque era la única que tenían. ¿Y sabes? Sólo podían unirse al grupo los que tenían como mucho diecinueve o veinte años.

-          ¿Por qué?- pregunto sorprendida.

-          Pues porque nosotras teníamos quince o dieciséis. Así que los mayores envidiaban lo bien que lo pasábamos.

-          ¿Y ellos no hicieron un grupo paralelo?

-          No, no lo hicieron. Otras veces nos reuníamos en el piso que nos prestaba un pariente. Tenía un gran salón y allí, en el suelo, colocábamos la gramola. Estaba completamente vacío. Sólo había un sillón, un sillón enorme. Y cuando ya no podíamos más y estábamos agotados de tanto bailar y reír, corríamos a sentarnos en el sillón, pero sólo había sitio para cuatro o cinco. Entonces hablábamos y los chicos nos contaban sus planes para seguir en la universidad. – Se detiene y me mira con una gran sonrisa.- ¿Recuerdas la melodía? Venga, canta conmigo.

Lalalaaaa…. Lalala, lalalal.. lalalala lala…. Y yo también los puedo ver, dando vueltas a la sala del hotel Hispania, felices, muy jóvenes. De vez en cuando, la gramola se calentaba y había que dejarla descansar. Entonces los jóvenes charlaban y de esas tardes en el Hispania salieron muchas parejas de novios que terminaron casándose. La tía Marita conoció así a su futuro marido. Se casaron cuando él terminó sus estudios de Derecho.

Empieza a refrescar en la noche de agosto. Mi tía se levanta con trabajo. Le acerco el bastón y la ayudo a incorporarse. Lentamente avanzamos hacia el ascensor. Y vamos las dos cantando la melodía sin nombre.
-          Me gustaría ser capaz de escribir todo lo que te he contado, pero cuando intento hacerlo no puedo.
-          No te preocupes, yo lo haré por ti. Yo escribiré tus recuerdos del verano del 39.
Mi tía se va a dormir feliz, con sus recuerdos que ahora también son míos.
Su matrimonio fue muy dichoso pero terminó demasiado pronto, de golpe, por un terrible accidente en la carretera. Nunca entendí por qué la tía Marita no volvió a casarse. Una mujer guapa, alegre, llena de vida… No sé, quizás porque nunca volvió a bailar con los chicos de la camisa azul.

                                                                                                                                                     Agosto 2016