sábado, 4 de noviembre de 2017

EL ABRAZO


Ya casi había oscurecido. Me acercaba con paso decidido intentando llegar antes de que cerraran, cuando las vi allí, abrazadas, en las puertas del tanatorio. Y me detuve gradualmente sin poder evitar observarlas. Porque ese abrazo transmitía tantas cosas… lo decía todo. Ninguna hablaba. Las cinco primas se abrazaban con fuerza, formando un círculo, como queriendo proteger a una de ellas. Sólo alcanzaba a ver sus espaldas y sus melenas largas. De manera absurda pensé en el bonito contraste que ofrecían los cabellos rubios con los morenos, los cabellos rizados con los perfectamente lisos. Permanecieron así tres o cuatro minutos que a mí me parecieron una eternidad. A su alrededor el tiempo se había detenido. No había necesidad de palabras. Sus brazos entrelazados y sus cabezas inclinadas tenían más fuerza que el mejor de los discursos.

            Decidí retroceder. Sentí que en ese momento estaba de más. Ya regresaría al día siguiente. Volví sobre mis pasos hasta el fondo del aparcamiento donde me esperaba mi coche. Empezaba a lloviznar en aquella noche de octubre. Durante el breve trayecto a casa, no podía dejar de pensar en ellas. Su imagen se había quedado grabada en mi retina. Ni siquiera conecté la radio. La imagen de aquel abrazo me perseguía.

            Al llegar a casa, sentí enormes deseos de que alguien me estuviera esperando y me diera un gran abrazo. Sólo me esperaba mi gato que, por supuesto, no me abrazó. De hecho, apenas me hizo caso cuando abrí la puerta. Hay veces que viene a recibirme y, cariñoso, se me acerca para que le coja en brazos. Pero hoy no, justo hoy decide pasar de mí. Que le den.

            Abrí la nevera, sabiendo que no iba a encontrar mucho. Se suponía que ayer debía haber hecho la compra. No la hice. Así que debería haber parado ahora, de regreso a casa, pero se me había olvidado completamente. Sonreí victoriosa. Quedaba un trozo de queso y me serví una copa de vino. Me senté en el salón y puse los pies en alto. Me disponía a llevarme la copa a los labios mientras observaba por la ventana las luces de la noche, que brillaban a través de las gotas de lluvia, cuando sonó el teléfono. Por un momento observé con disgusto el aparato que había interrumpido mi momento de paz. A pesar de mi mirada, aquello seguía sonando insistentemente. Miré el reloj. «Las diez… No creo que a esta hora sea algún pesado intentado venderme algo».  Así que suspiré y descolgué el auricular.

-          ¿Sí? –dije con voz de pocos amigos.

-          ¿Marta? –Dejé la copa con cuidado encima de la mesa. La mano me temblaba ligeramente. A través del aparato me llegaba una voz del pasado.

-          ¿Charlie? –pregunté, aunque podría haber afirmado. Hacía años que no la escuchaba pero aquella voz era inconfundible.

-          Sí… sí, soy yo –la voz se hizo silencio unos instantes-. Estoy en la ciudad.

-          ¿Ah sí? –acerté a decir.

-          Me preguntaba…. –titubeó-. Menos mal, que no has cambiado el número de teléfono fijo, porque tu móvil no lo tengo... Bueno, me preguntaba si te apetecería que fuéramos a cenar.

-          ¿A cenar? –repetí. Alargué la mano hacia la copa y vacié la mitad de golpe.

-          Ya sé que ha pasado mucho tiempo pero, no sé, de repente me he acordado de ti y me gustaría verte. No me preguntes por qué pero es así.

-          Está lloviendo –dije por decir algo.

-          Ya… bueno, pensaba pasar a recogerte con el coche, claro.

-          Está lloviendo –repetí-. Y estoy cansada. ¿Por qué no vienes a cenar aquí? –no sé ni cómo se me ocurrió decirle algo así. Lo dije sin pensar, pero ya estaba dicho.

-          ¿En tu casa? Pues sí, por mí encantado. Claro que sí –dijo esbozando una sonrisa que imaginé. ¿Y por qué sonreía? ¿Después de todos estos años?-. ¿Te parece bien que vaya ahora?

-          Ahora, sí. Pero Charlie…

-          Dime.

-          Se me ha olvidado hacer la compra.

Al otro lado del teléfono sonó una carcajada.

-          No te preocupes. Paro de camino en algún restaurante y llevo la cena ¿te parece?

            Colgué y me incorporé de un salto. De golpe se me había pasado el cansancio. Corrí a mirarme al espejo del baño y no me gustó lo que vi. Me mojé la cara con agua fría y abrí el armario en busca de potingues milagrosos. «Han pasado muchos años, seguro que tengo arrugas que antes no tenía», pensé observándome con poca indulgencia. Empecé a abrir botes y tubos como una posesa. Me eché a reír. «¿Qué más da? Pues estoy como estoy y si no le gusta, que no me mire»,  exclamé dirigiéndome al gato que se había dignado en seguirme hasta el baño. «Un poco de crema con color es suficiente». Me cepillé el pelo, me rocié un poco de colonia y volví a mirarme al espejo. «Mejor, mucho mejor». Regresé al salón y puse un mantel blanco sobre la mesa. Rectifiqué. Lo volví a coger y esta vez lo puse sobre la mesa de café. «Mejor así, más informal»,  me dije satisfecha, retrocediendo para ver el efecto. Fui a la cocina a por un par de platos, cubiertos y copas para el agua y el vino. Rebusqué dentro de un armario hasta que encontré las servilletas y dos platos pequeños para el pan. Volví a abrir la nevera. Saqué la botella de plástico del agua y la vertí en una jarra de cristal.

            Veinte minutos más tarde el zumbido del telefonillo me sobresaltó. E instantes después allí lo tenía, delante de mí. Con el pelo mojado por la lluvia, sosteniendo un par de bolsas voluminosas que goteaban sobre el suelo. No tenía mal aspecto. Algunas canas, sí, pero no había perdido el cabello. Tampoco había engordado. ¿Para qué engañarme? Seguía tan atractivo como lo recordaba.

-          ¿He pasado el examen? –preguntó sonriendo-. ¿Puedo entrar?

-          Sí, claro. Adelante –tartamudeé un poco haciéndome a un lado.

-          Dime dónde dejo las bolsas y así puedo quitarme la chaqueta. No había sitio en tu calle y he tenido que aparcar a cinco minutos de aquí. Los suficientes para empaparme y no quiero manchar el suelo.

-          Ni coger un resfriado. A la cocina –dije haciendo ademán de que me siguiera.

Dejó las bolsas en la encimera y se quitó la chaqueta que colgué en el respaldo de una silla.

-          ¿Has invitado a más gente? ¡Aquí hay comida para un regimiento! –empecé a sacar contenedores plateados. Tenía que estar ocupada para ocultar mi nerviosismo.

-          Marta…

Despacio levanté los ojos de los contenedores y le miré.

-          Cuando venía hacia aquí, me preguntaba por qué dejamos de vernos. ¿Y sabes? No me acuerdo. Sólo recuerdo que dejaste de contestar mis llamadas y desapareciste. Sin ninguna explicación.

Le dirigí una media sonrisa y contesté muy digna.

-          A ver, Charlie. La explicación fue una morena estupenda. De esa seguro que te acuerdas.

-          ¿Una morena? ¿Qué morena? –preguntó sorprendido.

-          Ahora no te hagas el tonto. La prima de los Casús. ¿Ahora sí?

-          ¿La prima de los …? Venga, hombre… Si no me acuerdo ni de cómo se llamaba… Marta ¿me estás diciendo de verdad que desapareciste por una chica cero importante en mi vida?

-          Me dijeron que estabas saliendo con ella –añadí en voz baja.

-          Pero si no es verdad. ¿Quién te pudo decir eso? Te prometo que no es verdad. ¡Si yo sólo tenía ojos para ti!

-          ¿No era verdad? -susurré.

-          No.

            Por unos instantes no supimos qué decir, cada uno perdido en sus recuerdos. Hasta que Charlie interrumpió el silencio, a la vez que abría los brazos.

-          ¿Te parece que esta es la forma de saludarnos después de tanto tiempo?

            Creo que dudé un segundo y medio. Abrí mis brazos y me dejé atrapar por los suyos. Me abrazó con fuerza. Y volví a ver el abrazo de las cinco primas. Mi boca y mis ojos esbozaron una enorme sonrisa. Había conseguido el abrazo enorme que había anhelado hacía tan sólo un par de horas. Noté que mi gato se sentaba encima de mi pie. A veces los milagros ocurren.



Noviembre 2017

sábado, 21 de octubre de 2017

COPAS DE CAVA ROSADO


-          Estás enfadada –dijo él, más afirmando que preguntando

Ella siguió mirando por la ventana, con los ojos fijos en las luces de la calle, como si no le hubiera oído. Se acercó más a ella, alargándole una de las dos copas de cava. Ella la cogió sin retirar la mirada de la ventana, como si lo que estuviera observando necesitara toda su atención.

-          Fíjate, es cava. Del que te gusta.

Se llevó la copa a los labios. Por un instante cerró los ojos. Deseaba estar muy lejos de allí, de las luces, de la música que sonaba a todo volumen, de las risas que oía a sus espaldas.

-          Raquel, mujer, dime algo por favor.

Lentamente dio otro trago del cava, saboreando cada gota. Elevó la copa y a través de ella le miró. Su imagen se veía un tanto deformada. A través del cristal distinguía su cabello oscuro y el cuello de la camisa de rayas. Por fin se decidió a hablar.

-          No sé qué tienes que hablar con ella. ¿Te has emocionado al verla? –preguntó con desdén.

-          No, si ya me imaginaba que era eso…

-          Claro, siempre has destacado por tu perspicacia.

-          A ver, ahora no te pongas borde. No sabía que iba a venir. Además ¿qué se supone que debía hacer? Si me la encuentro de repente en una fiesta, la tenía que saludar, no podía hacer otra cosa.

-          ¿Que no me ponga borde? A ver, una cosa es saludar. Otra es que te quedes hablando con tu ex quince minutos, mientras estoy aquí esperándote, en una fiesta en la que no conozco a nadie. Que yo he venido para acompañarte, no para que me dejes plantada.

-          Estás sacando las cosas de quicio.

-          ¿Ah sí? ¿Te parece?

-          Pues sí, me parece. ¿Sabes que pienso? Que es inseguridad. Porque si estuvieras segura de ti misma no te importaría que yo hablara con otras mujeres y si te quedas sola unos minutos deberías ser capaz de relacionarte con otras personas.

Ella le miró fijamente, muy seria. La verdad es que quizás en el fondo, muy en el fondo, claro, podría tener algo de razón. Pero si la persona con la que estás no te permite tener esa seguridad, entonces puede que no sea la persona adecuada ¿no? Se habían conocido unos meses antes. Por primera vez en mucho tiempo había decidido salir de su caparazón. Sus amigas siempre le recriminaban que no diera oportunidades. Así que había decidido arriesgarse y eso había hecho, aunque empezaba a darse cuenta de que no había sido la decisión correcta.

-          Por las oportunidades perdidas –dijo elevando su copa y haciéndola chocar suavemente con la de él.

-          ¿Eso a qué viene? –preguntó extrañado.

-          Tú no has leído a Jane Austen ¿verdad?

Él entornó los ojos. La miró como quien mira a un marciano.

-          ¿Jane qué? Me suena…. Ah sí, vi una vez una película. Pero era una película de chicas –dijo riéndose.

-          Entonces no conoces al señor Darcy, claro. Y no, no es una película de chicas –respondió tajante sacudiendo la cabeza-. No, claro que no. ¿Cómo lo ibas a conocer?

-          ¿Te han dicho alguna vez que eres un poco rara? –preguntó a la vez que apuraba la copa y miraba alrededor.

Raquel suspiró. Si empiezan a mirar alrededor es que la conversación ya no interesa y está buscando una salida.

-          Mira, ahí están Jorge y Natalia –dijo a la vez que levantaba el brazo, disimulando el alivio que sentía en esos momentos-. Te los voy a presentar.-Y se fue hacia donde estaban sus amigos, abriéndose paso entre los invitados.

Ella comenzó a seguirle con desgana pero cambió de opinión y se encaminó hacia la mesa en busca de más cava. La mesa alargada, cubierta por un mantel blanco, era como un escaparate en el que estaban expuestas todas las bebidas imaginables. En un extremo había un par de hieleras plateadas, de las que asomaban botellas de cava. Tiró de una de ellas y sonrió sorprendida.

-          Vaya, cava rosado. Me encanta –exclamó a la vez que la sacaba para servirse.

-          ¿Me permites?

Giró la cabeza hacia el dueño de la voz, que cogió la botella de sus manos.

-          No es fácil encontrar cava rosado ¿verdad? –comentó a la vez que le llenaba la copa-. Por tu comentario deduzco que te gusta.

-          Sí, y veo que a ti también –dijo señalando la copa que él había dejado sobre la mesa.

-          Sí, la verdad es que sí –sonrió-. Uno que tiene gustos raritos. Bueno, no… o sea, perdón, quiero decir…

-          Jajaja…. Dejémoslo en originales. Por cierto, no sabrás quién es el señor Darcy ¿verdad?

-          Sí, claro que sé quién es.

Raquel empezó a mirar con desconfianza alrededor.

-          ¿Qué pasa? ¿Hay por aquí una cámara oculta o qué? –preguntó a la vez que se retiraba nerviosa el flequillo que le caía sobre sus ojos verdes.

-          ¿Por qué dices eso?

-          ¿Por qué sabes quién es el señor Darcy?

Él sonrió un tanto azorado y carraspeó antes de contestar.

-          Bueno, verás, no tiene mucho mérito. Estudié literatura inglesa.

Raquel asintió con la cabeza sin saber qué decir.

-          ¿Qué te parece si brindamos? –preguntó él levantando su copa.

-          ¿Y por qué brindamos?

-          Elige tú.

-          Y si te digo que por las oportunidades perdidas, ¿qué dirías?

-          Tendría mucho que decir. Es mi especialidad –y bajando la mirada se llevó la copa a los labios. Tras unos instantes de silencio, siguió hablando-. Eres la novia de Fernando ¿verdad?

Raquel siguió su mirada. Allí estaba Fernando en medio de un grupo, acaparando la atención de todos. Estaría contando una de sus historias graciosas que tan bien se le daba. Se le veía disfrutando en medio de la multitud. No se parecían en nada, pensó mirándolo con cariño. Negó con la cabeza.

-          No, no soy su novia.

-          Pues brindemos por eso también.

Octubre 2017

sábado, 7 de octubre de 2017

MIS BANDERAS


Otro viernes más me siento delante del ordenador. Las historias se agolpan en mi cabeza y me piden que las deje salir. Yo, obediente, empiezo a mover mis dedos por el teclado para dar forma a esas historias. Así nos liberamos, mis historias y yo, y todas tan contentas. Me gusta escribir relatos amables, románticos, nostálgicos y surrealistas. Sin embargo, hoy el tono es diferente. Intento escribir una historia divertida, de esas con las que me río yo sola mientras escribo y hacen que me lo pase tan bien que no necesito a nadie más en mi fiesta. Pero hoy mis historias no me hacen reír. Y en mi cabeza se repite machaconamente la palabra Cataluña… una y otra vez. Y no quiero escribir sobre la situación en mi tierra porque me duele. Sin embargo, las otras historias se quedan en un segundo plano, escondidas en algún recoveco de mi cabeza, quizás para otra ocasión. Hoy no quieren salir. Y hasta ahora siempre habían salido con facilidad. Hoy me cuesta escribir. ¿Qué está pasando? 
Y aquí me encuentro escribiendo sobre ¿una historia imposible? ¿Es imposible acaso una historia de amor y entendimiento entre Cataluña y el resto de España? Yo espero sinceramente que no sea así. Me ha llamado la atención que mucha gente me haya pedido mi opinión esta semana. Me han preguntado con respeto e interés. Curiosamente, después de haber hablado sobre las dificultades que a veces ha supuesto ser catalana y vivir en Madrid, estos últimos días me he sentido muy apoyada y respetada. Más que nunca. Y eso me ha hecho creer en que la de Cataluña y España no es una historia imposible.
Yo soy la primera que me he llegado a cabrear profundamente ante la incomprensión de algunos de que se puede ser española desde mi condición de catalana. Recalco lo de algunos. Que no quiere decir lo mismo que todos. Aclaro para evitar confusiones. Y, gracias a Dios, parece que eso ahora ya se entiende por aquí, por Madrid, quiero decir. Sin embargo, algunos de mis paisanos son los que ahora no lo entienden. Algunos han sembrado el odio y han soltado jaurías de radicales por las calles de mi tierra. Repito, de mi tierra. No quiero creer que Cataluña y España se conviertan en las protagonistas de una de mis historias imposibles. Me resisto a creerlo. 
Buceo por internet y sonrío cuando veo mi senyera ondeando al lado de mi rojigualda. Pero ¿no os dais cuenta? Vivimos en Occidente, en libertad, hemos conseguido un incomparable estado de bienestar. ¿Qué no nos gusta todo? Normal, no podemos estar todos de acuerdo con todo. Seamos relistas, maduremos, no existe el sistema perfecto pero ¿no os dais cuenta? Mira alrededor, solo unos minutos. Al final, todos nos emocionamos con las mismas cosas, reímos con las mismas ocurrencias, nos gustan las mismas películas, bailamos al ritmo de la misma música y nos enternecemos de la misma manera ante la sonrisa de un niño. ¿No os dais cuenta? Todos queremos vivir en paz, encontrar un amor, besar a nuestros hijos, salir con nuestros amigos, celebrar la Navidad en familia, terminar de pagar la hipoteca y tener un trabajo. ¿Acaso no os dais cuenta?
Espero que las historias que pugnen por salir de mi cabeza la semana que viene me hagan reír otra vez. Quiero volver a la ficción y a las historias imposibles de verdad.  

Octubre 2017

viernes, 29 de septiembre de 2017

BANDERAS


Recuerdo que tendría yo unos ocho años. Aquella tarde, al regresar del colegio, le pregunté a mi madre: «Mamá ¿qué pasa por ser de Lérida?». Recuerdo que me miró extrañada, como si no entendiera mi pregunta. Claro, cómo iba a entenderla. Realmente era una pregunta absurda. Así que le expliqué que unas niñas se habían metido conmigo por ser de Lérida pero yo me había defendido diciendo que era el mejor lugar del mundo, mi mejor lugar, mi mundo. Y así comenzaron las aventuras de una catalana que ha vivido siempre en Madrid. Sin sentirse parte de Madrid. No me han dejado. Mi madre dejó de hablarme en catalán para que no tuviera problemas de integración.

            Aquellas compañeras del colegio algo habrían oído en su casa porque con ocho años, me dirán ustedes qué sabrían de dónde estaba en el mapa Lérida o Pamplona. Y no hablo de tiempos recientes en que podríamos pensar que todo se ha enrarecido. No. Hablo de hace cuarenta años. Por supuesto, aquellas criaturas nunca fueron mis amigas. He tenido la suerte de saberme rodear de gente inteligente. Y menos mal que en mi clase había una niña de Barcelona. Nunca fuimos especialmente amigas, pero cuando necesitábamos apoyo con el temita dichoso, allí estábamos las dos juntas, defendiéndonos como dos leonas. Dos contra muchas. O unas cuantas, para ser justa. A la mayoría le daba igual, la verdad. Pero a partir de entonces siempre he tenido que aguantar impertinencias varias. Claro que como siempre he odiado las injusticias, a pesar de mi juventud y de mi timidez enfermiza, si alguien se metía con mi tierra era como si me mentaran a la madre y me ponía muy farruca. Yo era la más bajita de clase entonces pero me crecía. Vaya si me crecía.

            Así que como sabían que había salido respondona, corté pronto las tonterías. Pero siempre había alguna capulla que se tenía que meter con «los catalanes». Y yo, que me sentía más española que Lola Flores, empecé a forrar mis carpetas con la senyera. Para fastidiar. «Ya que se meten conmigo, que lo hagan con alguna razón», pensaba. Lo que las dejaba descolocadas del todo era cuando le daba la vuelta a la carpeta y veían la bandera de España. Por un lado la senyera, por el otro la rojigualda. Mis banderas.

            Luego mi mundo dejó de circunscribirse al colegio y terminando la adolescencia empecé a salir con amigos, con chicos quiero decir. Y en varias ocasiones algún capullo amigo de mis amigos, alguno que incluso me hacía mucho caso, cuando me preguntaba como quien no quiere la cosa: «Oye, ¿y tú de dónde eres?». Yo tomaba aire y pensaba: «Verás el susto que te vas a dar». «De Lérida», respondía con cara angelical, conteniendo la respiración. Y el capullo de turno me espetaba eso de: «Catalana... Lástima, me caías bien». «Pues tú a mí no, idiota». Palabra que esto es verídico. Ser catalana y vivir en Madrid no ha sido fácil. No es  fácil, a veces.

            Me dirán que en Madrid hay gente de todas partes, que aquí se acoge a todo el mundo. Hagan la prueba. Un autobús cualquiera. Mantengan una conversación en inglés, portugués o ruso. No te mira nadie. Pónganse a hablar en catalán. Con la persona que te acompaña, una conversación privada, quiero decir. De manera automática verás como varios ojos se posan sobre ti y te observan con recelo. Te miran mal. Palabra que me ha pasado en varias ocasiones. ¿No me creen? Normal que no me crean... Hagan la prueba. Y eso es así en la actualidad y hace cuarenta años. Y hace muchos más, me temo.

            Y ahora, aquellos a los que les molestaba que habláramos en catalán son los que más se rasgan las vestiduras. No quieren que nos vayamos, lo cual me resulta incoherente. El caso es que yo tampoco me quiero marchar. Estos separadores que he encontrado a lo largo de mi vida no son propietarios del sentimiento español. Por que ellos sean unos capullos ignorantes no quiere decir que yo tenga que dejar de sentirme española. Porque resulta que para ser español no hace falta que todos llevemos el mismo uniforme, ni nos emocionen las mismas cosas, ni hablemos igual, ni pensemos igual. Del mismo modo que no pienso sentirme una catalana de segunda por no ser independentista.

            No negaré que a veces me han dado ganas de decir pues ahí os quedáis. Me voy a donde nadie se meta conmigo por mi lugar de nacimiento y por ser bilingüe. Sin embargo, ¿por qué debería hacerlo? ¿Por qué esos separadores tendrían más derecho que yo a llamarse españoles? Además, si miro al otro lado, veo una masa uniformizada, que me recuerda mucho a los regímenes totalitarios. Defienden el pensamiento único. Y eso no es democrático. La coacción hace que el discurso separatista pierda legitimidad. Así que a mí no me obliguen a pensar como ellos. Y encima se espera la llegada de unos cientos de antisistemas de toda Europa. Lo mejorcito de cada casa, oiga. Y eso tampoco lo quiero para mi tierra. Para mi tierra quiero lo mejor. Quiero vivir en paz y en libertad, sin tener que justificar qué pienso o dejo de pensar. Y un régimen totalitario con un pensamiento único no es bueno. Objetivamente.

            He dicho bilingüe. Porque a pesar de que mi madre tuvo que tomar una decisión muy dura –renunciar a transmitir su lengua materna a sus hijos, algo que mis hermanos y yo siempre hemos lamentado-, hemos hecho el esfuerzo de ser casi bilingües. Y no sólo eso, sino que además  hablamos unas cuantas lenguas más.

            Soy catalana, de primera. Y soy española. Me parece bien que haya paisanos míos que no se sientan españoles, porque gracias a Dios vivimos en Occidente donde la libertad es el bien más preciado. La libertad es la base de nuestra cultura. Que cada uno sienta y piense lo que quiera. No deberíamos desacreditar a nadie por pensar diferente. En cualquier caso, los catalanes que formamos parte de España lo tenemos crudo. Nos dan por todos lados. Estamos en tierra de nadie. Por suerte, siempre me he rodeado de gente con una inteligencia superior a la media. Incluso de intelectuales. Así que mis amigos no son separadores. Es gente normal, que le da igual que seas de Tarragona o de Cádiz. Que entienden que la riqueza de España está precisamente en su variedad, en tener varias lenguas –todas igual de respetables-, en que no todo sea uniforme y aburrido.

            No voy a negar que me preocupa la situación actual. Cuando la gente me pregunta les digo que no quiero hablar del tema. Se ve que últimamente me han preguntado tanto que al final he sentido la necesidad de escribir mis respuestas. No sé qué pasará el domingo. No sé qué pasará a partir del lunes. Pido al Espíritu santo que nos ilumine y nos envíe a todos capacidad de comprensión. Rezo para que mis amigos sigan siéndolo, que mi familia siga unida y que podamos vivir en paz y con respeto entre unos y otros, hayamos nacido donde hayamos nacido, sintamos lo que sintamos.

Septiembre 2017






sábado, 23 de septiembre de 2017

CUANDO NO TE CONOCÍA (III)


Dolores miró con cariño a los dos jóvenes que esperaban expectantes su respuesta. Durante unos largos segundos se hizo el silencio, sólo interrumpido por el chisporroteo alegre de la chimenea. Respiró hondo, como rindiéndose ante lo inevitable.

-          Tu tía Sara.

-          ¿Mi tía Sara? La que murió hace muchos años… Claro, tiene sentido. Pero la tía Olga se ponía triste al hablar de ella, así que apenas sé nada –frunció el ceño por un momento-. ¿Hay algo raro en esta historia?

-          ¿Por qué lo preguntas?

-          Pues porque los cuadros transmiten amor. Son más que bonitos… buenos, diría yo. Pero, no sé, cómo decir… hay algo triste en ellos.

La anciana movió casi imperceptiblemente la cabeza.

-          Olga era una buena pintora. Si hubiese querido y hubiese sido más constante, estoy segura de que habría llegado lejos.

Volvió a guardar silencio. Su rostro adoptó una expresión soñadora.

-          Se llamaba Nuño. Todas estábamos un poco enamoradas de él –sonrió-. Llegó un buen día al pueblo, un verano, así de repente. No venía mucha gente desconocida, así que en seguida llamó la atención. Era joven, tenía unos treinta años. Alto, muy moreno, distinguido a pesar de que vestía con sencillez. Los primeros días se alojó en la fonda. Buscaba trabajo y el padre Antonio le presentó a don Miguel, ya sabéis, el dueño de la mayor parte de las tierras de por aquí.

Ambos asintieron con la cabeza, sin decir nada para no interrumpir la que adivinaban sería la respuesta que buscaban. 

-          Así que empezó a trabajar. Era amable, aunque hablaba poco. Muchos días, después de la jornada de trabajo, se acercaba al bar a tomar un vino. No es que rehuyera el contacto con la gente. Al contrario, su actitud era perfectamente normal, pero como nadie lograba sacarle mucha información sobre su vida, parecía como si estuviera rodeado de un cierto misterio. Lo único que no podía ocultar es que era extranjero.

-          ¿No era español? –preguntó sorprendido su nieto.

-          ¿De dónde era? –quiso saber Carmen.

-          Era portugués. Su castellano era muy bueno y a las pocas semanas de llegar era casi perfecto. Ya os podéis imaginar que todos estábamos muy intrigados de por qué este portugués había acabado viviendo entre nosotros. Pero como era una persona amable y correcta, que se había adaptado muy bien a la vida del pueblo, poco a poco se convirtió en un habitante más. -Dolores detuvo en este punto su relato, incorporándose-. Se nos van a enfriar las verduras.

-          Ya voy yo, abuela. No te levantes –dijo Manuel recogiendo los platos soperos.

-          ¿Y por qué es el protagonista de los cuadros? ¿Se enamoró de Sara? –preguntó Carmen con curiosidad.

-          Como he dicho al principio, todas estábamos un poco enamoradas de él. Bueno, yo me acababa de casar, pero no puedo negar que era un muchacho muy atractivo y entiendo que las jovencitas suspiraran por él. Sin embargo, desde el principio, Nuño sólo tuvo ojos para Sara. Fue un flechazo. Para los dos. -Se detuvo unos instantes antes de proseguir, moviendo la cabeza-. Pero tu tío bisabuelo Adolfo no estaba contento.

-          ¿Por qué no? Si era trabajador, educado, en fin, una persona normal por lo que dices.

-          Pero era extranjero, no sabíamos nada de su vida anterior ni de su familia. Y eso a Adolfo le pesaba. Era un hombre muy conservador, muy apegado a lo de toda la vida. Y Nuño no entraba en sus esquemas. Sara era su hija pequeña. Tenía veinte años entonces.

Manuel dejó la fuente de verduras gratinadas sobre la mesa.

-          Hablamos de los años cincuenta ¿no? Así que Sara estaba ya en edad de casarse. Sí, se llevaban diez años, pero tampoco me parece una diferencia exagerada ¿no?

-          Adolfo no lo consintió. Pero Sara y Nuño se habían enamorado. Profundamente. Con un amor a prueba de todo. Eran muy discretos. Se veían cuando podían. Sara no quería desobedecer a su padre y Nuño lo intentó todo para conseguir su consentimiento pero no hubo manera. ¡Terco como una mula! Carmen, come que se enfría.

Se llevó el tenedor a la boca y saboreó las verduras, todavía calientes cubiertas por el queso fundido. Deliciosas.

-          Me tiene que pasar la receta.

-          Es muy fácil, hija. Aunque no sé si en Madrid encontrarás verduras tan buenas.

-          Pero después de acabar la historia de Sara y Nuño, por favor –dijo sonriendo y juntando las manos en señal de súplica.

-          Sí, por favor, abuela. Sigue. ¿Qué pasó?

-          Se fugaron. Eso es lo que pasó. Si el terco de tu tío bisabuelo no se hubiera opuesto, habría evitado mucho sufrimiento.

-          ¿Se fugaron? ¿A dónde?

-          A Lisboa. Bueno, a una localidad cerca de Lisboa, junto al mar. Antes de irse, le contó a Olga lo que iban a hacer. Sara no quería perder el contacto con su familia, pero no podía vivir sin Nuño, ni Nuño sin ella. Era el día de la romería y aprovecharon el bullicio para marcharse. Lo primero que hicieron fui ir a Huesca, a casarse. Nuño era un caballero y no habría hecho nunca nada que hubiera puesto en entredicho el buen nombre de Sara.

Carmen repasó mentalmente los cuadros. La pareja mirando al mar. Claro, en la costa de Lisboa. El amor profundo que transmitían los cuadros, que habían quedado impregnados de la tristeza de su autora. Olga echaba de menos a su hermana. Era feliz porque estaba con el hombre adecuado, pero para eso habían tenido que pagar un precio muy alto.  

-          ¿En qué piensas?

Carmen levantó la mirada y sintió los ojos de Manuel que se clavaban en los suyos.

-          Ya no hay amores así. Sólo existen en las novelas –suspiró encogiendo los hombros.

-          ¿Eso crees? Pues por lo que cuenta mi abuela este amor fue muy real. –Siguió observándola fijamente unos instantes, hasta que Carmen sintió molesta que se estaba empezando a ruborizar-. Abuela, ¿Sara volvió? ¿Siguió en contacto con vosotras?

Dolores negó tristemente con la cabeza.

-          No, no volvió. Adolfo nunca la perdonó. Pero no dejó de escribirnos. No perdimos el contacto. Nos mandaba fotos. Por eso tu tía pudo dibujar los cuadros. Hasta que quince años después, Olga recibió una carta de Nuño.

Carmen sintió que un escalofrío le recorría la espalda.

-          Sara había muerto al dar a luz a su cuarto hijo. Una carta desgarradora en la que daba gracias a Dios por haber disfrutado de quince años de total felicidad junto a ella. Mucho más de lo que muchos pueden decir.

Se volvió a hacer el silencio. Cada uno ensimismado en sus pensamientos, asimilando la historia de Sara y Nuño.

-          Qué desenlace más triste –exclamó finalmente Manuel.

-          Sí, hijo, pero te aseguro que de todas las parejas que he conocido a lo largo de mi vida, ninguna como ellos representaron el amor en mayúsculas. Me gustaría ver esos cuadros. Hace años que no los veo.

-          Claro, Dolores. ¿Qué le parece si mañana le devuelvo la invitación? No prometo una comida tan suculenta como esta, pero podrían venir a media mañana, rebuscamos por el estudio y se quedan a comer.

-          Me parece un plan estupendo. ¿Te parece bien, Manuel?

-          Me parece perfecto. Y ahora creo que nos está esperando ese flan que sólo tú eres capaz de hacer –sonrió.

-          Yo no puedo más –comenzó a protestar Carmen.

-          Nadie dice que no al flan casero de mi abuela –amenazó con una cuchara entre risas-. Y después por la tarde regreso a Huesca. ¿Estarás aquí el próximo fin de semana?

Carmen le sostuvo la mirada.

-          No sé…

-          Creo que tú y yo tenemos muchas cosas de qué hablar.

-          Yo os dejo ya, hijos. Estoy cansada. Manuel, acompañas a Carmen a su casa ¿verdad?

-          Por supuesto, abuela. Soy un caballero a la vieja usanza. Todavía quedamos algunos ¿sabes? –dijo con su mirada penetrante.

Carmen sintió contrariada que volvía a ruborizarse como una quinceañera.

-          Y por lo que veo, todavía quedan damas como las de antes.

Ella volvió a sostenerle la mirada. Con dulzura. Y esta vez fue él quien sintió, contrariado, algo que hacía mucho tiempo que no sentía. O que quizás no había sentido nunca. Desde la puerta, la anciana se giró y sonrió satisfecha, reconociendo lo que allí pasaba. «Es igual que Sara», murmuró feliz.

Septiembre 2017