viernes, 31 de agosto de 2018

LA NIEBLA, UN CIGARRILLO Y MIS TIRABUZONES



Era la mañana de Reyes. Como todos los años, habíamos ido temprano a misa para no faltar a lo que se había convertido en una tradición desde hacía ya un tiempo. Una niebla  cubría los campos escarchados y no se veía a más de un metro, pero mi padre conocía el camino de memoria. Siempre era capaz de orientarse a través de la niebla –la boira plorona, como la llamamos en Lérida-, por muy espesa que fuera. Este año no era de los peores. Parecía que por fin el efecto invernadero -consecuencia de las bombas caídas sobre la ciudad- empezaba a disiparse. Agarré fuerte la mano de mi padre. Con él a mi lado habría sido capaz de desafiar todas las boiras del mundo. El frío era muy intenso y notaba cómo penetraba en mis huesos.

Antes de salir de casa, mi madre me había atado las botas, mientras yo me abrochaba el abrigo y me ponía los guantes, y me había envuelto en una gruesa bufanda. Ella y mi hermana no venían nunca a la comida de Reyes. No encontraban sentido a desafiar ese frío que todo lo envolvía. En cambio, a mí me encantaba. Era un día especial. Mi padre y yo, cogidos de la mano, atravesando la ciudad a paso ligero hasta llegar a sus límites y adentrándonos en los campos que la rodeaban. Y así, cantando villancicos llegábamos hasta la torre del Manel, su amigo de la infancia.

Aquel año fue cuando lo vi por primera vez. El último edificio de la ciudad era un cuartel militar. Al pasar junto a la entrada, un joven nos saludó afablemente. El humo del cigarrillo se mezclaba con el vaho de su respiración. Había debido de salir sólo un momento porque llevaba el abrigo desabrochado. Y por eso pude entrever su camisa azul. Mi padre movió levemente la cabeza a modo de saludo. Los recuerdos de la guerra estaban todavía demasiado recientes. Sólo habían pasado doce años, exactamente los que yo tenía. Y mi padre sobrellevaba como podía sus heridas, las de la metralla y las del alma. Aligeró el paso.

Yo me di la vuelta, a la vez que intentaba acompasar mis pasos a los suyos, y el joven de la camisa azul saludó con la mano y me sonrió. Yo también le sonreí, pero poco porque mi padre no había sonreído, así que a lo mejor no tocaba sonreír. Di un traspié y los brazos fuertes de mi padre impidieron que cayera.

-          Nena, cuidado. Que el suelo resbala, ya sabes.

-          Sí, papá. No te preocupes –dije sin volver a darme la vuelta.

Continuamos nuestro camino a través del manto blanco en que se había convertido el campo.

-          ¡Ya estamos! –exclamó ilusionado señalando una casa que se adivinaba a través de la niebla.

Esbocé una gran sonrisa imaginando la humeante y deliciosa escudella que nos estaría  esperando junto a la chimenea. El portón se abrió y de súbito me vi envuelta por el calor y los abrazos de oso del Manel y su mujer.

No lo volví a ver hasta más de un año después. Al principio del verano mi padre y yo volvimos a recorrer la distancia que separaba nuestra casa de la torre, pero esta vez nos rodeaban todos los colores de la naturaleza. Atrás quedaba el blanco monótono que parecía envolverlo todo en invierno. Acababa de cumplir catorce años y nuestros amigos deseaban obsequiarme con una comida de esas que sólo Rosa era capaz de hacer. Cuando nos acercábamos al cuartel no pude evitar dirigir mi mirada hacia la entrada. También lo había hecho unos meses antes, el día de Reyes, pero en aquella ocasión no lo vi. De repente el corazón me empezó a latir con fuerza. Un joven se apoyaba contra el muro encendiendo un cigarrillo, igual que aquella vez. Pasamos junto a él y alzó la cabeza. Volvió a saludarnos con una sonrisa.

-          Buenos días.

-          Buenos días –respondió mi padre. Esta vez no se limitó a mover la cabeza. La alegría del verano, supongo, y además sus heridas habían cicatrizado.

Sí, era él. Más moreno y no llevaba una camisa azul, pero era él. No me podía reconocer, claro. El año pasado yo iba envuelta en una bufanda que aprisionaba mis tirabuzones, de los que me sentía tan orgullosa. Mi hermana y mis amigas tenían que ponerse bigudíes para lograr que los mechones de cabello se enroscaran. Yo en cambio apenas tenía que hacer nada. Mi cabello se ondulaba naturalmente y sin ningún esfuerzo conseguía el peinado de moda. De manera inconsciente agité con suavidad la cabeza y mis tirabuzones se movieron graciosamente. O al menos esa debió de ser mi intención. Y creo que lo conseguí. El chico del cigarrillo me miró y volvió a sonreír.

Noté que mis mejillas se acaloraban y bajé la mirada. Seguro que me había puesto roja y en esta ocasión no tenía una bufanda tras la que esconderme. Instintivamente me acerqué más a mi padre y seguí caminando un poco más rápido.

-          Tienes prisa por llegar ¿verdad? ¡A ver qué sorpresa te ha preparado Rosa!

Asentí sin atreverme a bajar la marcha. A nuestras espaldas sonó su voz recia.

-          ¡Que pasen un buen día!

-          Igualmente, soldado –contestó mi padre girándose sin llegar a detenerse -. Qué joven tan agradable.

Me atreví a volver la cabeza y él saludó con la mano. Nuestras miradas se cruzaron un instante hasta que volví a tropezar. Y mi padre volvió a agarrarme del brazo.

-          Nena, siempre te pasa lo mismo aquí –me dijo extrañado.

-          Sí, no sé… -conseguí balbucear.

Y sin más emociones llegamos a la torre, rodeada de árboles frutales, ya a punto de la cosecha.

De vez en cuando, en mis sueños adolescentes, se aparecía el rostro del soldado. Y fantaseaba imaginando que nos cruzábamos en la calle Mayor, que yo recorría arriba y abajo con mis amigas. Y en lo que hablaríamos. A veces imaginaba que me reconocía, otras que no, y así me iba inventando historias. Pero nunca me lo crucé. No sé si lo habría reconocido sin uniforme… Sí, seguro que sí. Habría reconocido sus ojos oscuros.

Mi padre y yo nos mantuvimos fieles a la cita con Rosa y Manel. Y todos los años miraba con emoción la puerta del cuartel. Pero no lo volví a ver. Su rostro se fue volviendo difuso y otros ojos se convirtieron en los protagonistas de mis historias. Hasta el día que cumplí dieciocho años. Me reuní con mis amigas en una chocolatería próxima a la calle Mayor. Había abierto hacía unos pocos meses. Era muy elegante, con sus mesas de mármol blanco y unas sillas de hierro con el respaldo labrado. La camarera, una joven guapa con un delantal también blanco inmaculado y lleno de puntillas, acababa de tomar nota y esperábamos impacientes los melindros y el chocolate. Nos habían asegurado que era el mejor de la ciudad. Estábamos charlando animadamente y riéndonos de la última ocurrencia de mi amiga Meli. La miré con cariño, a ella y a las otras siete caras sonrientes. Llevábamos juntas toda una vida, desde que comenzamos a compartir pupitre en el colegio. Las nueve éramos inseparables. Pero ese grupo compacto estaba a punto de separarse. En unos pocos meses tres de nosotras nos trasladaríamos a Barcelona para estudiar en la universidad, Meli se iba a casar y Carmen se marchaba a vivir a Madrid. Pero yo estaba segura de que seguiríamos siendo amigas. Y hasta que llegara el momento de la separación nos habíamos propuesto disfrutar al máximo de nuestra compañía. Por delante teníamos un verano repleto de planes y de fiestas.

Y en el momento de mayor alboroto se abrió la puerta de la chocolatería. Entraron dos parejas. Uno de los hombres me llamó la atención porque me resultaba vagamente familiar. Entonces se me paró el corazón. Nos miramos y nos reconocimos. Yo ya no llevaba mis tirabuzones. Con ocasión de mi cumpleaños me había recogido el pelo en un elegante moño italiano. Pero aun así me reconoció. Los cuatro recién llegados se acomodaron en una mesa pero él, sin llegar a sentarse, se dirigió hacia nosotras. Mi corazón volvió a la vida con más fuerza que nunca. Se detuvo junto a nuestra mesa y el alboroto cesó.

-          Buenas tardes, señoritas –saludó con su voz recia y bien modulada.

Nueve pares de ojos sorprendidos se clavaron en el joven apuesto.

-          Volvemos a encontrarnos –dijo mirándome.

Sólo fui capaz de esbozar una tímida sonrisa.

-          ¿Cómo sigue su padre?

-          Muy bien, muchas gracias –acerté a decir en un hilo de voz.

-          Me alegro mucho. Salúdele de mi parte, por favor.

En ese momento llegaron dos camareras sosteniendo unas bandejas con las jícaras de chocolate y unas tazas de loza blanca.

-          Les dejo que disfruten del chocolate. Me han dicho que es excelente –y se llevó la mano al sombrero.

La cara de mis amigas era un poema. Casi a la vez me asaltaron con sus preguntas: «¿Quién es?» «Qué chico tan apuesto». «Qué calladito te lo tenías ¿no?» «¡Cuenta, cuenta!». Ya repuesta de la sorpresa, conseguí contarles la historia. Lo poco que había que contar. El resto de la merienda discurrió entre risas y miradas disimuladas de las nueve hacia la mesa de los cuatro.

-          ¿Será su novia? –preguntó Carmen.

-          Seguro que sí. Pero a mí no me gusta nada, tú vales mucho más –dijo Meli.

-          A ver, chicas, que no es nada mío. Que lo que os he contado es una tontería.

-          ¡Pero te ha reconocido! Tantos años después. Eso es una señal, te lo digo yo –sentenció Cristina.

De repente, para mi horror, que nunca me ha gustado nada llamar la atención, mis ocho amigas se miraron, se hicieron una señal y comenzaron a cantar el cumpleaños feliz. Cantaban en un tono bajo, pero suficiente para que los comensales de las mesas de alrededor me miraran y me desearan mucha felicidad. Cuando volví a mirar hacia la mesa de los cuatro, el joven apuesto no estaba. Me invadió el desánimo. ¡Se había ido sin que yo me diera cuenta y sin despedirse! Intenté disimular mi decepción prestando atención a la conversación. Hasta que volvió a abrirse la puerta de la chocolatería. Y allí estaba él. Con paso decidido se dirigió otra vez hacia nuestra mesa. Se detuvo junto a mí.

-          Para usted, señorita. Muchas felicidades –dijo mostrando una rosa blanca.

Aturdida, miré la rosa y le miré a él.

-          Blanca –dijo Meli pegándome un codazo-. ¿No vas a cogerla?

-          Sí, claro –alargué la mano y la cogí-. Muchas gracias. Se lo agradezco mucho. Es preciosa.

-          Por cierto, me llamo Miguel Blanch.

-          Soy Blanca Mayo.

-          Señorita Blanca Mayo, ¿dónde podría tener el placer de volver a saludar a su padre?


Fue Meli la que habló.


-          El padre de Blanca es el dueño del establecimiento de tejidos que está al final de la calle Mayor, junto al río. Seguro que lo conoce.

-          Sí, sé dónde es. Dígale por favor a su padre que pasaré a saludarle esta semana. Señoritas, ha sido un placer conocerlas y espero que nos volvamos a ver pronto.

Y con estas palabras regresó a su mesa y a los pocos minutos los cuatro abandonaron el local. Ni qué decir tiene que el tema de conversación del resto de la merienda giró en torno a este episodio inaudito. Risas, cuchicheos, abrazos, planes… No tuvo que pasar una semana. Ni siquiera un día. Esa misma tarde, Miguel se presentó en la tienda de mi padre.



Agosto 2018

sábado, 28 de julio de 2018

UNA TELENOVELA


De repente lo vi claro. Como un puñetazo, la luz atravesó a la velocidad del rayo el túnel oscuro de mi mente. Claro meridiano. Empezaba a despertar del estado de letargo en que parecía haberme sumido los últimos meses.

-          Eres un cabrón –le dije sin elevar el tono de voz, regodeándome en cada una de las letras.


Sólo digo tacos cuando conduzco pero esto se había convertido en una carrera de obstáculos. Instintivamente se echó hacia atrás, como si el puñetazo le hubiera alcanzado a él también. Inclinó la cabeza y entonces lo dijo, la frase de la noche.


-          Sí, soy un cabrón, pero un cabrón enamorado.


Solté una carcajada, dura y cruel.


-          ¿Un cabrón enamorado? Por favor, ahórrame el momento telenovela barata, te lo ruego.

Intentó cogerme de las manos pero yo fui más rápida. Mis manos parecían tener vida propia y se retiraron con rapidez antes de que mi cerebro pudiera ordenárselo. Fue como si me amenazara una descarga eléctrica.

-          ¿Un cabrón enamorado? Parece el título de un corrido mexicano –escupí mis palabras.

-          Por favor, no te burles. Es la verdad. Pensaba que podía manejar la situación pero…

-          ¿Pero qué? –le interrumpí-. ¿Pensabas seguir conmigo mientras tu mujer está embarazada? Me habías dicho que tu matrimonio estaba acabado y la dejas embarazada –callé unos instantes para sacudir la cabeza con incredulidad-. Eres un cabrón. Un cabrón vulgar, sin más.

Los dos seguíamos en pie allí, bajo esa farola que iluminaba débilmente las sombras que habían ido ocupando poco a poco la calle sin que nos diéramos cuenta.

-          Yo te quiero. Te juro que te quiero. No había pensado que esto pudiera suceder.

-          ¿Ah no? ¿Te tengo que explicar cómo se ha quedado embarazada tu mujer o qué?

-          Por favor, te lo pido, no seas irónica. Te lo he contado porque estoy intentado ver, bueno… que veamos entre los dos qué tenemos que hacer. Yo quiero seguir contigo. Yo sólo sé que a quien quiero es a ti –esto lo dijo mirándome a los ojos. ¡Atreviéndose a mirarme a los ojos!

-          Mira, guapo. Se acabó. Obviamente. Así que deja de decir tonterías de que me quieres porque no sabes lo que es eso. ¡No tienes ni puta idea! –otro taco…. Creo que justificado.

Me pasé la mano por el pelo. A pesar de que la noche era fresca, estaba empezando a sudar. Mi corazón iba a mil revoluciones. No me lo podía creer. Cuando empezó nuestra historia, unos meses atrás, hacía casi un año, yo sabía que estaba casado. Y sabía que aquello no estaba bien. Pero durante los meses en que fuimos amigos, me hablaba de un matrimonio roto y yo, como una idiota, le creí. Pensaba que a mí no me iba pasar eso de que te lías con un casado y resulta que está jugando contigo. No podía ser verdad. Aquello parecía una escena de telenovela cutre.

-          Te quiero. ¡Tienes que creerme! Te quiero con desesperación, tanto que a veces duele  –exclamó con voz entrecortada.

Noté con horror que mi mandíbula empezaba a temblar. Volví a pasarme la mano por el pelo. Le miré por última vez y eché a correr calle abajo. No me di la vuelta pero, mientras me alejaba, escuché sus sollozos que se mezclaban con los míos. Mis ojos cegados por las lágrimas me hicieron tropezar un par de veces. No sé cómo conseguí llegar al coche. Abrí la puerta, la cerré con rabia y dejé caer la cabeza sobre el volante, mientras todo mi cuerpo temblaba. Tardé un buen rato en recuperar la calma. Entonces puse el coche en marcha y pisé el acelerador con furia.

Me eliminó del Facebook. El muy capullo lo hizo antes de que a mí se me ocurriera. Han pasado cinco años desde aquella escenita tremebunda. El tiempo todo lo cura, gracias a Dios. Y hoy… ¡me ha llamado! Así de repente. Sin ninguna señal de preaviso. Un domingo por la tarde, estoy tranquila en mi casa, desperezándome de una maravillosa siesta de verano y el móvil ha vibrado. O sea, no me ha llamado. Me ha mandado un wasap. Estaba con un amigo común y se ha armado de valor.

Pero lo tengo claro. No voy a volver a verle. No, de ninguna de las maneras. Porque me ha encantado saber de él. Hemos estado charlando casi una hora. Como si fuéramos viejos amigos. Creo que en el fondo lo somos… compartimos tantas cosas y momentos tan felices. Supongo que nos montamos los dos una película de ciencia ficción y quisimos huir de la realidad. Quiero que siga en el pasado y allí se va a quedar. Sin embargo, una sonrisa involuntaria me ilumina la cara. Ha conseguido que una aburrida tarde de domingo se convierta en una telenovela. Y siempre me gustaron las telenovelas. Lo confieso.



Julio 2018


viernes, 6 de julio de 2018

TE ESCRIBÍ EN ABRIL


Hacía ya un rato que las balas habían dejado de silbar sobre la trinchera. Allí metido, intentaba matar el rato mirando las nubes. Matar el rato… Quizás no fuera la expresión más afortunada… Pasar el rato, mejor. Se movían a toda velocidad, dejando formas curiosas. Aquella parecía una cabeza de león y esa otra era un árbol que de repente se convertía en un delfín. O en algo parecido. Afortunadamente, hacía días que no llovía y al menos la humedad no molestaba. Asomó un momento la cabeza por encima del muro de tierra, lentamente, con cuidado, no le fueran a volar la cabeza. No se veía a nadie y nada se movía allá a lo lejos. Volvió a sentarse en el fondo de la trinchera y se recostó contra la pared para seguir observando el espectáculo que le ofrecía el cielo azul, el viento y las nubes. La cabeza de león se alejaba.

-          Mi teniente, ¿un cigarrillo? –le ofreció aquel soldado joven de Soria. Se habían conocido unos días antes pero ya eran como hermanos. Casi.

-          Venga ese cigarrillo, amigo.

Expulsó el humo, inclinando la cabeza hacia arriba. El humo, mecido por el viento, también formaba figuras caprichosas. Y tan caprichosas. Ahora le recordaban a Marta. Su cabello rizado, su boca… La silueta de su rostro se dibujaba contra el azul del cielo. Tenía que escribir a Marta. Escribirle y decirle que no le esperara. Unos meses atrás, cuando se despidieron en el puerto, se abrazaron fuertemente y él se lo pidió. Ella se echó hacia tras y le miró muy seria, con esa mirada tan profunda que no había visto antes en ninguna otra mujer.

-          Pues claro que te esperaré. No tienes que decírmelo. ¿Qué clase de persona te crees que soy? –Sus ojos verdes se oscurecieron por unos instantes-. Soy tu novia ¿no? Si no, no estaría aquí.  

Entonces él había sonreído y la había atraído hacia sí. Y la había vuelto a abrazar fuertemente, casi más de lo que permitía el decoro. Pero qué carajo. Era la guerra. Y en la guerra, las reglas y las normas eran otras.

Ese recuerdo de Marta, de pie, agitando el brazo, mientras él se iba alejando y ella se hacía cada vez más pequeña hasta desaparecer, lo llevaba grabado a fuego. Algunos compañeros se habían hecho tatuajes en los brazos y los enseñaban con orgullo a sus compañeros. Él llevaba el recuerdo de Marta tatuado en su mente. ¿O era en su corazón? Pero ya habían pasado muchos meses y el momento del regreso se hacía cada vez más lejano. Su última carta le había llegado hacía cinco semanas. Marta le escribía palaras de amor y consuelo. La llevaba allí doblada, en el bolsillo de la camisa, pegada a su pecho.

-          ¿Tú has dejado a alguna moza en Soria? –le soltó así de repente al soldado.

-          Sí, teniente. Nos íbamos a casar, pero con todo esto…-dijo extendiendo las manos a modo de explicación-. Preferí retrasar la boda hasta mi regreso. No me parecía justo ¿sabe?

-           ¿El qué? –preguntó arqueando una ceja.

-          Pues dejarla viuda. Es una posibilidad ¿no? No es agradable pero hay que ser realistas. Ella quería casarse, dijo que le daba igual pero no, teniente. Mire que yo hago siempre lo que ella me pide, pero esta vez no. No podía atarla de esa manera –se detuvo unos segundos para dar una calada al cigarrillo-. Me rogó y me suplicó. Y me costó ¿eh? No crea. Porque yo por María lo que sea, al fin del mundo. Pero me mantuve en mis trece.

-          ¿Crees que te esperará?

Tardó sólo unos segundos en responder.

-          Yo creo que sí pero, mire teniente, si no lo hace porque resulta que mientras conoce a alguien que le puede ofrecer seguridad y que la quiera… Me dolería mucho, muchísimo… Hasta me entrarían ganas de pegarle cuatro tiros al tipo –se echó a reír-. María me conoce, siempre me dice eso de perro ladrador, poco mordedor… El amor no es egoísta... ¿No dijo eso algún santo?

-          San Pablo –contesté sorprendido, apartando la mirada de las nubes.

-          Ese mismo. Yo quiero lo mejor para ella, y lo mejor no es estar esperando a alguien que quién sabe si regresará de esta maldita guerra.

Callamos los dos, cada uno inmerso en sus recuerdos. Allí, recostados en esa trinchera, seguimos contemplando las danzas de las nubes.

-          El amor no es egoísta –repitió al rato, casi en un susurro.

Aquellas palabras me llegaron como una descarga eléctrica. Como si las escuchara por primera vez.

-          Eres muy sabio, soldado. ¿A qué te dedicas en Soria?

-          Trabajo en una imprenta –me contestó sonriente-. Me gusta mi trabajo.

-          Mi novia me dijo que me esperaría. Y conociéndola sé que lo hará y dejará pasar oportunidades que le podrían hacer feliz. No sé si más feliz, pero feliz al fin y al cabo.

Recordó el día que conoció a Marta, en la verbena de San Juan, junto al Mediterráneo, en el pueblo en el que ambos pasaban el verano. La vio surgir entre las llamas –o eso le pareció a él- y no paró hasta encontrar a alguien que se la presentara. Fue un flechazo en toda regla. Para los dos. Ya no se separaron el resto del verano.

-          Tengo que escribirle una carta para liberarla de su promesa. ¿Tú qué crees?

-          ¿Qué puedo decirle? – mi compañero detuvo el palo con el que estaba garabateando sobre la tierra-. Yo hace unas semanas escribí a María diciéndole eso mismo. Así que no sé si soy la persona más indicada para aconsejarle. Quiero decir, que a lo mejor no soy objetivo porque me he encontrado en la misma situación.

-          El amor no es egoísta… -repetí para mí, llevándome la mano al pecho-. Le voy a escribir. Yo también la voy a liberar de su promesa.

-          Muy bien, teniente. Y si Dios quiere, no nos harán caso. Pero es nuestra obligación.

Al día siguiente se volvió a nublar. Miró hacia el cielo. Abril comenzaba amenazando lluvia. Llevaba la carta escrita doblada en el bolsillo, junto a la que ella le había escrito. A la primera oportunidad se la haría llegar. Volvió a asomarse con cuidado por encima de la trinchera. Todo seguía sorprendentemente tranquilo. De pronto oyó unos gritos. El soldado de Soria se acercaba corriendo desde el fondo de la trinchera agitando los brazos y lanzando aullidos. ¿Se había vuelto completamente loco? Echó la mano a su arma, dispuesto a defender a su amigo, a defenderse, o a lo que hiciera falta. Entonces le entendió.

-          ¡La guerra ha terminado! ¡La guerra ha terminado!

Se dio de bruces contra él y los dos acabaron rodando por el suelo.

-          ¡Soldado, cálmate! –exclamó cogiéndole de las solapas de la chaqueta e inmovilizándole boca arriba-. ¿Se puede saber qué pasa?

-          ¡Volvemos a casa, teniente! –gritó intentando abrazarle.

-          ¿Estás seguro? –preguntó desconfiado.

El soldado se levantó de un salto.

-          Acaban de dar el parte, mi teniente. ¡Venga conmigo! ¡Vamos a la radio! Están allí todos –dijo tirando de él para que se incorporara.

Efectivamente, el resto de la compañía, como un solo hombre, se abrazaba en torno a la radio. Se vieron absorbidos por aquel abrazo, en el que todos lloraban y reían a la vez. Un rato después, logró desasirse y tiró del soldado para apartarse unos metros y hacerse escuchar en medio de aquel barullo.

-          Me llamo Fernando –dijo ofreciéndole la mano derecha.

-          Yo soy Julián –sonrió el soldado.

-          Es todo un placer, Julián- dijo estrechándole con fuerza la mano-. Te espero en Barcelona. Allí tienes tu casa.

-          ¿Conoces Soria? –Fernando negó con la cabeza-. Te espero en Soria. A ti y a Marta.

Fernando se llevó la mano al pecho y sacó las cartas del bolsillo. Volvió a guardar la de Marta y, arrugando la que había escrito la noche anterior, la lanzó con fuerza por encima de la trinchera.



Julio 2018

sábado, 23 de junio de 2018

UN SEMÁFORO EN ROJO


Paseo por la playa solitaria. Me detengo para contemplar la puesta de sol. Y me quedo allí clavada, observando cómo la raya del horizonte se traga la bola casi roja en unos pocos segundos. Miro a mi alrededor y suelto una carcajada. ¿Qué demonios hago allí? Me ha dado de repente, así, casi sin pensarlo he metido cuatro cosas en una bolsa y he cogido el coche hasta que he llegado al mar. He huido del asfalto, del gris que lo envuelve todo y del ruido, pero mis fantasmas y mis pensamientos siguen conmigo. No he logrado esquivarlos. Me recuerda a aquella película en la que, casi en la escena final, cuando el protagonista recibe el premio Nobel como reconocimiento a su genialidad matemática, allí siguen sus cuatro fantasmas. A pesar de todos sus magníficos logros y su inteligencia privilegiada, no ha conseguido huir de ellos. Pero sí ha conseguido ignorarlos y seguir adelante, brillantemente además, porque sabe que sólo existen en su mente. Por muy reales que parezcan, ha entendido que no lo son. Así que me imagino que mis fantasmas me acompañarán siempre. Simplemente se trata de ignorarlos. Simplemente.

El día es fresco y sólo me cruzo con un par de jóvenes paseando a un perro y con un grupo de corredores. Todavía quedan casi dos meses para que llegue el verano y la playa se llene de gente. Empieza a oscurecer y mis fantasmas y yo emprendemos el camino de regreso al coche. Tengo que buscar una habitación para pasar la noche. No debería haber ningún problema en esta época del año. Conozco el hotel del pueblo. He estado en un par de ocasiones. Sencillo, limpio. El típico hotel de playa sin grandes pretensiones. Por un momento me invade la intranquilidad. ¿Y si está cerrado? ¿Y si hay una boda y no hay sitio? ¿Cómo se me ha ocurrido venir hasta aquí de repente? Si yo nunca hago estas cosas… Me voy acercando y lo veo a lo lejos. Hay luz. ¡Está abierto! Respiro. Y aparco casi en la puerta. Así que no hay ninguna boda.

Bajo del coche con mi bolsa al hombro y llego hasta la recepción.

-          ¿Tiene reserva? –me pregunta con cierta brusquedad una mujer de edad indefinida.

-          No, no tengo. Pero hay habitaciones libres ¿no?

Tuerce la boca, consulta el ordenador, toca varias teclas y yo contengo la respiración.

-          Sí, tenemos todavía alguna habitación libre.

¿Todavía? Miro alrededor y no veo ni un alma.

-          Menos mal. Qué suerte he tenido –contesto con un tono un tanto impertinente. Que no sé por qué me ha salido así, pero es que la tipa esta parece tonta. Que yo entiendo que se tenga que hacer la interesante para hacerme creer que el hotel está de bote en bote pero en fin…

Con la llave en la mano me dirijo al ascensor, que se abre en ese momento para dejar salir a un matrimonio joven con dos niños pequeños. Me saludan amables. Qué poco cuesta ofrecer una sonrisa y cuánto se agradece. Llego a la habitación, dejo la bolsa encima de la cama y vuelvo a salir. A cinco minutos a pie había un acogedor restaurante italiano que me gustaba. Y efectivamente allí sigue. Aquí nadie me pregunta con tono impertinente si tengo reserva. Mientras saboreo un excelente vino rosado con una dosis justa de pequeñas burbujas, me recreo pensando en que tengo el día siguiente entero para mí solita. Y así fue. Después de dormir como un angelito casi nueve horas seguidas –un placer que casi había olvidado- disfruté del mar, del vermut en una terraza, una siesta sobre la arena y una misa marinera en la pequeña iglesia blanca del pueblo.


El domingo salí del hotel cargada de energía y dispuesta a saborear de mis últimas horas junto al Mediterráneo. Me descalcé al llegar junto a la orilla y emprendí la marcha a buen paso. El sol brillaba, aunque de vez en cuando las nubes lo tapaban y se iba el calor, recordando que estábamos en abril.  Me crucé con el matrimonio y los niños del ascensor, los cuatro felices de la mano, cantando y saltando. Y de pronto, como una nube más, mis fantasmas hicieron acto de presencia. Me empezó a invadir la nostalgia. Y entonces me acordé de él, y del otro él y otro más. Mis tres él me hicieron preguntarme «¿Cómo hubiera sido tu vida si…?». La eterna cuestión. Allí tenía a mis tres fantasmas dispuestos a amargarme la mañana. Sin darme cuenta, había ido aumentando la velocidad hasta echar a correr. Empezó a faltarme el aliento y frené en seco. De pronto, un perro me adelantó corriendo y también frenó, a pocos metros de mí. Se giró y me miró, con la lengua fuera. Miré detrás, buscando al dueño, pero no había nadie. El perro se acercó. No era muy grande, con manchas blancas y negras y me miró con sus ojos muy abiertos, como queriéndome decir algo.

-          Ahora que te veo bien, no llevas collar. Así que no tienes dueño. Pobrecito –le dije en voz alta-. O no pobrecito. Porque hay cada dueño… Seguro que te lo pasas fenomenal haciendo lo que quieres.

Seguí mi camino, ya recuperada de la carrera, y el perro se colocó a mi lado. Me detuve.

-          Vete –exclamé levantando el brazo-. ¡Vete!

Pero no, no se movía. Hasta que yo volví a caminar y entonces él también, a mi lado, moviendo el rabo.

-          Vaya, hombre –mascullé-. ¿Ahora me quieres adoptar? Pues te has equivocado. Yo me vuelvo a Madrid en dos horas.

Continué mi paseo hasta el final de la playa y retrocedí sobre mis pasos, camino del chiringuito donde pensaba comer algo antes de emprender el viaje de regreso. Y el perro conmigo. En un par de ocasiones intenté que se despegara de mí.

-          Lo llevas claro, chaval. Deja de mirarme con esos ojos lastimeros que conmigo no tienes nada que hacer. Pero ¿sabes una cosa? Tengo que agradecerte que me has tenido entretenida y has hecho que mis fantasmas desaparezcan. Se han esfumado.

El perro respondió a mi sonrisa con un par de ladridos amigables, moviendo aún más el rabo. Llegué, o sea llegamos, al chiringuito y me senté en la mesa más próxima al mar. Había gente tomando el aperitivo, la justa para sentirte acompañado, sin multitudes. Lobi –sí, ya tenía nombre, parecía un lobito, pues Lobi- se sentó a mis pies. Suspiré y le miré con resignación. Se acercó el camarero.

-          El perro no puede estar aquí.

Lo que me faltaba.

-          No es mi perro. Me está siguiendo. Y en cualquier caso, estamos en la calle, y estoy en la mesa más apartada. No molesta a nadie ¿no?

-          De acuerdo. Pero que no se mueva de ahí –respondió a la vez que encogía los hombros-. ¿Qué va a ser?

Pensé que el pobre Lobi tendría hambre y ya que iba a dejarlo allí, al menos podría dejarlo alimentado. «Pescado no comerán los perros ¿no?». Pedí un par de tapas para mí y un filete para Lobi. Cuando llegó el plato con la carne, con disimulo le fui dejando trozos a mis pies. Se lo comió todo.

-          No tienes demasiado mal aspecto. Aunque no entiendo nada de perros, probablemente no hará mucho que te habrán abandonado. Me imagino que por eso buscas compañía ¿no? –le dije inclinándome hacia él desde la silla. E incluso le acaricié la cabeza. Y él me lamió la mano-. No te encariñes conmigo, Lobi, siempre salgo huyendo.

Terminé de comer y me dirigí al coche. El perro seguía trotando alegremente junto a mí. Abrí la puerta del coche, me senté y bajé la ventanilla. Lobi empezó a ladrar lastimeramente.

-          Ya está bien. Aquí es cuando tú y yo nos separamos- le dije a la vez que lo ponía en marcha.

 Arranqué. Podía ver por el retrovisor cómo corría detrás. Y el semáforo se puso en rojo. Comenzó a arañar la puerta con desesperación. Tardé cinco segundos en tomar la decisión. Me bajé, abrí el maletero, cogí la toalla de la playa y la puse en el asiento de atrás. Abrí la puerta. Me miró con sus ojos grandes y de un salto se colocó encima de la toalla. «¿Qué demonios estoy haciendo?». Pero ya estaba decidido. No podía abandonarle. No a alguien que me miraba como si toda su vida dependiera de mí. Volví a arrancar el coche y suspirando conecté el manos libres. Me di la vuelta y nuestras miradas se cruzaron. Entonces apoyó la cabeza entre las patas y cerró confiado los ojos. Llamé a mi amiga Marta para que me diera instrucciones de qué hacer con mi nuevo acompañante.



Junio 2018


domingo, 20 de mayo de 2018

CARIÑO, HE VUELTO


-          ¿Volverás?- le pregunté.

Se giró desde la puerta y me miró. Me sostuvo la mirada durante unos segundos. Yo aguanté y alcé un poco la barbilla, casi instintivamente, como queriendo retarle, hasta que apartó la mirada y se volvió a girar. Lo único que oí fue un suspiro a través de la puerta que cerró con cuidado, como hacía siempre. Yo también suspiré. Me quedé allí parada, inmóvil, con los ojos fijos en la cerradura, por si se movía. Pero no se movió. Volví a suspirar, esta vez más fuerte. Y el sonido de mi propio suspiro me sacó de mi ensimismamiento.

Avancé por el pasillo sin ganas, arrastrando los pies. Me asomé al balcón y todavía alcancé a ver su espalda antes de perderse tras la esquina de la calle. Me quedo allí todavía unos minutos, viendo la gente pasar. Cierro los ojos y me dejo abrazar por el sol hasta que el claxon de un coche rompe la magia del momento. Con pereza entro en el salón y una lucecita parpadeante llama mi atención. Es hora de ponerse a trabajar. Me siento frente al ordenador. Allí sigue el artículo a medio hacer que me espera. Leo lo que escribí ayer. «No está mal», pienso. Mis manos rozan el teclado pero mi mente está en blanco. Aparto la vista de la pantalla fría y giro la cabeza hacia la estantería llena de libros, buscando inspiración. De repente, algo llama mi atención. Dentro del orden perfecto de los libros sobresale un álbum de fotos. Me incorporo y me agacho. Él ha debido de coger ese álbum. Lo ha estado mirando antes de marcharse. Tiro de él con cuidado.

Me siento en el suelo con el álbum en mi regazo y empiezo a pasar páginas, deteniéndome en algunas y sonrío con nostalgia. Son fotos de hace años, de cuando nos conocimos. Qué jóvenes éramos. Mirábamos a la cámara y reíamos abiertamente, con la fuerza de la juventud que tiene toda una vida por delante llena de sueños. Veo rostros que casi he olvidado, amigos que el tiempo ha ido borrando de nuestro camino. Otros siguen y sé, o intuyo, que seguirán acompañándome siempre. Un ticket viejo de autobús, la entrada de un cine y una servilleta arrugada en la que escribiste incipientes palabras de amor. Nuestro primer viaje juntos, un folleto de una ruta turística y una postal con un paisaje de ensueño.

Dejo el álbum en su sitio, con cuidado, sin que sobresalga, manteniendo la simetría perfecta de mi colección de libros. Me levanto de un salto y me abalanzo sobre el teclado del ordenador. Mis manos han cobrado vida propia y la inspiración ha vuelto a mí. Casi sin pensar, las palabras van saliendo una detrás de otra y encontrando su orden perfecto, formando frases llenas de emoción. De pronto, oigo el chasquido característico de la cerradura, que siempre se encalla. «Hay que llamar al cerrajero», pienso por enésima vez. Con sobresalto me doy la vuelta y te adivino al fondo del pasillo. Oigo tus pasos que se acercan. Te quedas junto a la puerta del salón, mirándome con esa mirada tuya.

-          ¿Has vuelto? … ¡Has vuelto! –exclamo alborozada.

-          Cariño, que la panadería está aquí al lado –responde agitando una barra recién horneada. Su aroma delicioso llega hasta mí y me recuerda que todavía no he desayunado-. Bueno, he tardado un poco más porque me he parado a tomar un café, mientras leía el periódico.

Mis labios dibujan una gran sonrisa.

-          ¿Qué llevas ahí detrás? –pregunto señalando su brazo izquierdo que queda oculto tras la puerta.

-          Adivínalo –me reta guiñando un ojo.

Me incorporo despacio y, sin prisa, llego junto a él. Tiro del brazo y aparece un ramo de flores.

-          Para ti –me dice.

-          ¿De verdad? ¿Para mí?

-          A ver, preciosa. Un día de estos me vas a volver loco. Ya me he dado cuenta de que te estabas montando la película de turno. ¿No podías trabajar en una oficina como todo el mundo en vez de ser escritora?

Yo no sé qué responder. Me quedo allí parada, con el ramo entre mis manos, mirándole con los ojos entornados y una media sonrisa. Se inclina hacia mí y me da un beso en la punta de la nariz.

-          Voy a preparar el café. Porque no has desayunado, claro. Dame las flores que las pongo en agua. Tú sigue escribiendo y te aviso.

Continuo donde lo dejé. La musa sigue junto a mí.

-          Pues funciona ¿sabes? –grito para que me oiga desde la cocina, mientras sigo escribiendo a toda velocidad-. Mis películas funcionan.

Unos minutos después me llega el aroma evocador del café y el silbido de Fernando.



Mayo 2018

sábado, 28 de abril de 2018

ROSAS EN ABRIL




Llego a casa, un poco acalorada después de subir a pie los tres pisos. Nunca me he fiado del ascensor. Emite sonidos poco tranquilizadores. Y además es más lento que yo. Fernando se ríe cuando me ve con la lengua fuera, esperándole frente a la puerta de nuestra casa. Él coge el ascensor y yo subo a todo correr los tres pisos. Y suelo llegar la primera. Hace sólo unos meses que vivimos aquí, o sea, hace sólo unos meses que nos casamos. A pesar de que el ambiente en las calles de Madrid se hace cada vez más irrespirable y a veces me sorprendo, a plena luz del día, mirando con desconfianza y miedo a mi alrededor, yo intento seguir haciendo mi vida normal.

Me detengo a tomar aire, mientras busco en el bolso las llaves. «Qué raro», pienso al abrir la puerta. El sombrero de Fernando está en el perchero de la entrada. Demasiado pronto para que haya llegado a casa. Pero si está el sombrero, está él.

-          ¿Fernando? –pregunto al aire recorriendo el pasillo que desemboca en el salón-. ¿Fernando? –repito intentando elevar un poco la voz.

Sin embargo, por algún motivo que desconozco, mi voz es poco más que un susurro. Hay un ambiente opresor, algo sorprendente en mi queridísima casa, esa que he ido decorando con tanta ilusión estos meses. Mi santuario, mi remanso de paz, mi hogar feliz contigo. De repente hay algo que no debería estar aquí. Llego al salón y te veo. Estás asomado a la ventana, fumando, y no te das la vuelta. Un escalofrío me recorre el cuerpo.


-          ¿Fernando? –digo por tercera vez desde la puerta. Y me quedo allí clavada, sin poder dar un paso más, como si las piernas no me quisieran obedecer.

Te giras lentamente. Mi estómago se sigue encogiendo lleno de mariposas cada vez que te veo. A pesar de no ser más alto de la media, tu porte siempre ha hecho que parezcas más alto. Tu pelo negro habitualmente peinado hacia atrás, impecable, fijado con un montón de gomina, está hoy diferente, casi despeinado. De hecho todo tú pareces diferente. Me dedicas una sonrisa, débil, pero que aun así es capaz de alcanzar tus ojos e iluminar tu rostro. Tú tampoco te mueves. Te quedas allí, apoyado contra la ventana.

-          ¿Te has vuelto loco? ¿Qué haces con esa camisa azul? –exclamo agitando mis manos hacia él-. Si te ven los del Frente…

-          No voy a salir de casa con ella –dices interrumpiéndome-. Sólo me la quería probar.

-          ¿Por qué? ¿Qué razón hay para que la quieras probar?

-          ¿Tiene que haber una razón? –pregunta nervioso mirando al suelo.

-          ¡Por supuesto! Ni siquiera sabía que la tenías –me detengo unos segundos observándole con atención-. La verdad es que estás guapo, te queda bien.

Da un paso y aplasta la colilla contra un cenicero. Y se queda observando el humo que lentamente se cuela por la ventana. Hasta que por fin levanta la cabeza y me mira fijamente, con intensidad.

-          Nena, tenemos que hablar.

No me ha gustado nada ese tono. Es de tenemos que hablar no presagia nada bueno. ¿Hay otra? No, qué tontería. Ese pensamiento cruza mi mente sólo unas décimas de segundo y desaparece con la misma velocidad.

-          ¿Qué ha pasado? –acierto a preguntar, sintiendo que la garganta se me seca.

-          A ti no te puedo engañar. Eras demasiado lista, lo averiguarías todo. Además, eres mi mujer y no quiero ocultarte nada. Pero tampoco te lo puedo contar todo.

-          ¿De qué estás hablando?

-          Vamos a sentarnos ¿sí?

Y sentados en el sofá, el uno junto al otro, con mis manos entre las tuyas, me van llegando  palabras que no quiero oír. Como si de un sueño se tratara, me llegan retazos de tu discurso. Plan. Liberación. José Antonio. Alicante. Prisión. Hasta que de repente, ese torrente de palabras encajan como en un rompecabezas y el sol se abre paso entre la niebla que por unos minutos ha bloqueado mi cerebro.

-          ¿Pero te has vuelto totalmente loco? –acierto a balbucear.

Grito, lloro, suelto mis manos de entre tus manos, te alejo de mí, golpeo tu pecho con rabia.

-          ¡Entiéndelo, por favor! Es mi amigo. Tenemos que hacer algo, si no lo matarán. Si no supiera que hay muchas posibilidades de éxito no lo haría.

Seco mis lágrimas y miro hacia la ventana. Sigue luciendo el sol en esta mañana de julio.

-          Así que tú y tus amigos os ponéis la camisa azul, os vais a Alicante, os infiltráis en la cárcel, liberáis a José Antonio y a no sé quién más y os volvéis a Madrid, así, tan ricamente, como quien va de excursión –suelto de carrerilla.

Le miro sin entender. Pero parece que lo he entendido. Sólo me he equivocado en lo de volver a Madrid. A dónde se marchan después de la excursión a Alicante es algo que, por lo visto, no me puede decir. Por lo visto, cuanto menos sepa mejor, por mi seguridad. ¿Por mi seguridad? ¿Pero has pensado en mí en algún momento de toda la película esta?

-          Si las cosas se ponen feas, vete a casa de tu hermano. Él está bien relacionado con todo el mundo que cuenta. Con él estarás segura.

Me atrajo hacia él y yo le golpeé el pecho con rabia hasta que no tuve más fuerzas. A la mañana siguiente, cuando los primeros rayos de sol empezaban a entrar por la ventana, acompañé a Fernando hasta la puerta. Me abracé a él, con desesperación al principio. Luego me abandoné entre sus brazos, sus besos y sus caricias. Y ese abrazo, nuestro abrazo, fue el abrazo más bonito de la historia de los abrazos.

-          Volveré, nena –me susurró al oído-. Cuando desesperes piensa en mí, intensamente, y sabrás que yo sigo en este mundo y que volveré junto a ti. No lo olvides.

No lo consiguieron. A José Antonio lo mataron unos meses después. Y de Fernando no supe nada. Pasaba el tiempo sin saber si estaba vivo o muerto.

Durante mucho tiempo le odié. Y ese odio me ayudó a mantenerme viva. En abril del 37, el día de mi cumpleaños, recibí un ramo de rosas rojas. Sin tarjeta. Yo sabía que era de él. Entonces mi odio dejó paso a la esperanza. Otro año pasó. En abril del 38 volví a recibir el ramo anónimo. Y eso me ayudó a soportar el vacío y el más duro de los inviernos. En abril del 39 el ramo de rosas rojas me lo trajo él. Volvía junto a mí, esta vez para siempre.



Abril 2018

sábado, 7 de abril de 2018

EL CHICO SIN NOMBRE


Todo empezó en ese momento. Te miré, me miraste y el mundo se detuvo. Unos segundos. Es increíble cómo unos pocos segundos bastan para cambiarte la vida entera. Empecé a mirar nerviosa a mi alrededor. Me giré. Quizás había alguna mujer estupenda detrás y yo me estaba equivocando. No había nadie detrás, sólo un camarero gordo con bigote y no creo que le miraras a él, no. Respiré hondo y me volví a girar. Seguías allí, no eras un espejismo. Entonces sonreíste y sentí un nudo en el estómago. Esas molestas maripositas que de repente no te dejan respirar. Hacía mucho que no me visitaban, pero era capaz de reconocerlas perfectamente. Es como montar en bicicleta. Por mucho tiempo que pase, no se olvida. Las maripositas tampoco. Llevaban años reposando en el fondo de mi estómago y de pronto habían vuelto a la vida. Me las imaginaba de todos los colores, revoloteando alegremente. Se me secó la boca y no pude contestar a tu sonrisa. Claro síntoma de falta de entrenamiento.

-          Marta… ¡Marta! ¿Me quieres hacer caso? 

Mi amiga me tiró de la manga para captar mi atención. Y la captó, claro. Había debido de estar contándome algo y no me había enterado. Aterricé y la miré.

-          Si, perdóname. ¿Decías?

-          ¿Cómo que decías? ¿Se puede saber dónde estabas?

Di un trago a mi refresco. En ese momento se nos unió Patricia, que llegaba casi sin respiración.

-          Chicas, disculpad el retraso. Me ha llamado mi madre justo cuando estaba saliendo y se ha alargado la conversación –dijo mientras nos daba un par de besos-. ¿Me he perdido algo? Voy a pedir una cerveza.

Le cedí mi sitio y me quedé de espaldas al chico de la sonrisa. Llamó al camarero y, unos instantes después, ya con la cerveza en la mano, se giró y se apoyó contra la barra. De repente sonrió y levantó el brazo como saludando a alguien. Me di la vuelta y vi que el amigo del chico de la sonrisa también levantaba el brazo. Los dos comenzaron a acercarse.

-          ¿Quién es? –pregunté nerviosa en voz baja.

-          Es Paco, un compañero del trabajo. Muy simpático y soltero, por cierto. El otro ni idea –le dio tiempo a decir.

Después de exclamaciones, fíjate qué casualidad y presentaciones, se decidió que pediríamos al camarero una mesa para picar algo.

-          Mientras se vacía una mesa ¿queréis algo? Voy a pedir –preguntó el tal Paco.

Miré a mi refresco. Necesitaba algo más fuertecito que una Coca-Cola.

-          Una copa de rosado, por favor –acerté a decir.


La voz me había salido normal. Gracias a Dios. Pero seguía sin poder dominar mi cabeza que se había quedado inclinada mirando fijamente el fondo del vaso del refresco, mientras mis amigas charlaban con el chico de la sonrisa. Además no había logrado entender su nombre. Genial.

Ya con la copa en la mano, sentí que recuperaba la serenidad, aunque todavía no le había dado ni un trago, y logré levantar la cabeza y mirar al chico sin nombre. Parecía cómodo hablando con mis amigas.

-          Marta ¿estás aquí o en la luna? –preguntó Patricia-. ¿Te pasa algo?

-          Hoy está en la luna –respondió encantadora mi otra amiga por mí.

Las miré y respondí con una media sonrisa que no se preocuparan por mí, que ya estaba en fase de aterrizaje. El chico de la sonrisa salió en mi auxilio.

-          Pues a mí me gustan las chicas que están en la luna. Seguro que has encontrado algo interesante por allí ¿verdad?

Paco y Patricia no paraban de contar batallitas del trabajo que, con el desparpajo de ella, resultaban amenas. Unos minutos después, el camarero del bigote señalaba una mesa. Los cinco nos dirigimos hacia allí y él retiró una silla para mí. Había topado con un caballero andante. Mis mariposas seguían revoloteando. Azules, rosas, blancas… hasta había algunas de un color verde brillante. Me acomodé en la silla que me ofrecía y se sentó a mi lado. Y ahora sí que le devolví una sonrisa. Con un retraso de una media hora, de acuerdo, pero se la devolví. Y el chico sin nombre seguía sonriéndome.



Abril 2018