sábado, 1 de agosto de 2020

¿Y SI NOS EQUIVOCAMOS?



Una tarde agosto, calurosa, incapaz de pensar ni de moverme, así que lo mejor que puedo hacer es tirarme en el sofá a disfrutar de alguna película. Empiezo a ver con miedo la última versión de Mujercitas. Siempre ha sido uno de mis libros preferidos y hay un par de adaptaciones que me han gustado. Esta versión de 2019 se anuncia como feminista, de ahí mi temor. Sin embargo, supera mis expectativas y me he vuelto a emocionar con la vida de las cuatro hermanas March. Lo de feminista me imagino que es una etiqueta que vende.

Quienes piensen que se trata de una novela menor es porque no la han leído o porque habiéndola leído, los prejuicios no les han permitido entenderla. De mediocres está el mundo lleno. Esta versión no es feminista, al menos en el sentido que le dan hoy los progres. Simplemente, quizás resalte más algunos de los rasgos que su autora quiso destacar al escribirla, como el espíritu valiente y luchador de sus protagonistas y sus ansias de mantener la libertad y desarrollar su talento en una época dominada por los hombres. Visto así, incluso la versión de 1949 –mi preferida- se podría considerar feminista. Porque Jo, siempre es Jo, apasionada y negándose a cumplir algunas reglas. Y Marmee es la misma madre fuerte que permite que sus hijas sean libres y aprendan de sus propios errores. Porque Beth es la misma hermana dulce, Meg es la misma hermana mayor, es decir, la responsable, y Amy es siempre la hermana caprichosa y aparentemente frívola.

Louisa May Alcott dio voz a mujeres valientes muy diferentes entre sí y quiso defender sus derechos y sus ilusiones. ¿Es necesario poner etiquetas?

El final me ha gustado. Según esta versión, la autora quería que Jo se quedara soltera, quizás como la situación más coherente con sus creencias, o quizás porque la protagonista era su alter ego. Sin embargo, el editor se negó y dijo que un final así no vendería. ¿Jo dejando marchar al profesor Bhaer? ¿Después de haberle dado calabazas a Laurie?  Probablemente el editor tuviera razón. El final que se publicó es bonito y emociona su encuentro bajo una cortina de lluvia. Es verdad que ese final implica que Jo debe luchar contra sí misma y sus prejuicios. Porque a pesar de toda su independencia, inteligencia y rebeldía, a pesar de su libertad, la protagonista se siente sola. Cuando su mundo perfecto cambia –Beth ha muerto y sus otras dos hermanas han seguido su camino- entonces llega la soledad. Y para ser feliz del todo, a pesar de todo, necesita al profesor Bhaer. Y en esa escena final, emocionante, bajo la lluvia, deseamos que el profesor encuentre el valor para declararse de una vez por todas a Jo.

Sin embargo, me pregunto qué habría pasado si Jo finalmente se hubiera quedado con Laurie. De hecho, cuando empieza a sentirse sola, se lo plantea seriamente y le habría dicho que sí, si él hubiera esperado un poco más y no se hubiera casado con su hermana pequeña.  

¿Cuántos Lauries hemos dejado pasar? ¿Cuántas veces no nos atrevimos a hablar? ¿En qué momento nos equivocamos?

No luchaste por mí.

«Quizás fuiste tú la que no luchaste por mí», me dijiste una vez, cuando ya era demasiado tarde.

Touchée.

Agosto 2020

sábado, 25 de julio de 2020

CERVEZAS Y MASCARILLAS



Por un extraño sentimentalismo, he decidido quedarme en mi ciudad. Me he dejado llevar y ahora estoy encerrada en el perímetro de una comarca aislada, de la que no se puede entrar ni salir. Puedo bajar a la calle, sólo a lo imprescindible han dicho, o sea, a comprar comida y el periódico. Porque los bares están cerrados, las piscinas están cerradas, las iglesias creo que algunas siguen abiertas pero me temo que volveré a las misas televisadas. Además, hace un calor terrible y no hay nadie por la calle. Sólo unos cuantos sin techo que deambulan sin rumbo fijo.
-          Es que eres idiota.
Las cuatro palabras han retumbado entre las cuatro paredes de la habitación. Las he dicho yo, me las he dicho a mí, y en un tono elevado, el que se usa cuando uno está molesto.
-          Pues ya no hay remedio, cielo. Hay policía en los accesos a la ciudad, así que ahora te aguantas y apechugas con tus decisiones, aunque sean idiotas.
Mi yo sigue de conversación con mi otro yo. Es lo que tiene el confinamiento, que acabas hablando con las paredes. Literal.
-          Pero tengo terraza –digo esbozando una sonrisa victoriosa.
Así que abro la puerta de la terraza y vuelvo a sacar la mesa y las dos sillas que apenas una hora antes había metido en el salón. Cuando estaba haciendo la maleta a toda prisa y preparando la casa para dejarla cerrada por un tiempo indefinido, desenchufando todo lo enchufable y sacando la comida perecedera de la nevera. Y de repente, me ha venido la idea peregrina de que era un capitán cobarde que estaba abandonando su barco. ¡Un capitán cobarde! Ni más ni menos. En fin, el apego a la tierra, un amor mal entendido, qué sé yo. El caso es que me he quedado, total, puedo teletrabajar desde aquí y tengo la despensa llena. Y tengo terraza. No muy grande, pero es una terraza. Fundamental. A mi alrededor los contagios crecen de manera descontrolada, pero soy una capitana valiente.
Arrastro la mesa blanca de plástico y las dos sillas a juego. Las coloco en el centro, me siento en una de ellas y pongo las piernas sobre la otra. Miro al horizonte. Sí, sí, puedo incluso ver un trozo de horizonte entre dos bloques de pisos.
-          Ya empieza a bajar el calor –me digo como para animarme.

Entonces se levanta de improviso una brisa fresca y el cielo se tiñe de una luz dorada y rojiza, esos tonos maravillosos que ningún pintor ha conseguido reproducir. Poco a poco voy sintiéndome un poco menos molesta con mi otro yo, con la capitana. Sigo mirando al horizonte, relajada. Las golondrinas empiezan a hacer sus giros imposibles de cada tarde. Algunas pasan muy cerca de mí, a toda velocidad, pero de aquí no me muevo. La terraza es mía.

-          ¿Vecina? Hola, ¿estás ahí?
Me giro sobresaltada hacia donde procede la voz, detrás del tabique metálico que me separa de la terraza de al lado. Se oye el ruido de una silla que es arrastrada.
-          Hola –respondo, mirando al tabique, sin saber muy bien qué decir.
Entonces una cabeza sonriente asoma por encima.
-          Me había parecido oír algo. Qué alegría saber que estás aquí.
Me pongo en pie y miro hacia arriba.
-          Hola Elena. Sí, me he quedado –le digo a mi vecina. Debe de tener más o menos mi edad. Habré cruzado con ella veinte palabras desde que vivo aquí. No por antipatía ni nada por el estilo, sólo que no coincidimos, vivimos en escaleras diferentes  -así que no nos encontramos en el ascensor- y tenemos un tabique metálico que nos separa.
-          Pues no te puedes imaginar la alegría y la tranquilidad que me da saber que estás aquí. Así me siento un poco menos sola.
-          Tienes toda la razón. A mí también me alegra mucho saber que estás ahí… Bueno, si necesitas algo, ya sabes dónde estoy –añado tras un silencio.
-          A lo mejor te parece una tontería… bueno, no sé… o no te parece bien.
-          ¿El qué? –le pregunto con curiosidad.
-          No, no es nada –responde sin mucho convencimiento.
-          Venga, dime. ¿Necesitas algo? Tengo la nevera llena.
Mi vecina mira al horizonte, contempla por unos instantes la puesta de sol, coge aire y empieza a hablar a toda velocidad
-          ¿Te apetecería pasar a mi terraza y nos tomamos una cerveza juntas? Y así podemos charlar un rato. Con la mascarilla puesta, por supuesto, y con distancia. ¿Tú crees que es una temeridad? Yo de verdad que estoy teniendo muchísimo cuidado, no creo que esté contagiada. Pero es que otro confinamiento, tan seguido después del primero... Es para volverse loca.
Sólo lo pienso unos segundos.
-          ¿Sabes que te digo? Que me parece una idea estupenda, vecina.
-          ¿De verdad? –exclama-. Pues cuando quieras. ¿Ahora o dentro de un rato?
-          ¿Para qué vamos a esperar? Voy para allá. Escalera tres ¿verdad?
Asiente con la cabeza. Me dice que no lleve nada, mientras baja de la silla, y desde el otro lado del tabique añade que tiene un montón de botellines y latas de aperitivos. Echo un último vistazo a la maravillosa puesta de sol y me pregunto si desde la terraza de mi vecina se verá igual de bien. Entro en el salón, cierro la puerta de la terraza y me digo en voz bajita: «Pues no ha sido tan mala idea quedarme. Por lo menos una persona se ha alegrado de mi decisión». Mi estado de ánimo ha cambiado y mis dos yo se han reconciliado.
Cojo el bolso que había dejado encima del sofá, la mascarilla, el bote de gel y mi mirada se detiene en el mueble que está en una esquina del salón. Es un viejo escritorio lacado en negro, con motivos chinos. Había pensado dedicarle hoy mi atención, sobre todo al último cajón. Allí esperan amontonadas cartas, papeles y fotos antiguas, el legado familiar. Tendrán que seguir esperando un poco más. Parece que nunca encuentro el tiempo para ordenar y clasificar todos esos recuerdos, o quizás no quiera encontrarlo. No sé bien qué me espera entre esa montaña de sobres, cajas y álbumes. Tan sólo he entreabierto ese cajón un par de veces, lentamente, como si fuera parte de una ceremonia. Quizás todavía no esté preparada para zambullirme en el pasado. De momento, voy a disfrutar de una cerveza fría y voy a charlar con Elena, que creo que me va a caer bien. Presiento que esta va a ser la primera de muchas cervezas compartidas en los próximos días.

Julio 2020


viernes, 26 de junio de 2020

LA CULPA DE LLAMARSE JUNÍPERO, CRISTÓBAL O MIGUEL. UN POCO DE HISTORIA






En septiembre de 2015, el papa Francisco canonizó a fray Junípero Serra con ocasión de su viaje a Estados unidos. Ya entonces surgieron algunas voces discrepantes que pretendían eliminar su huella en California, en nombre de no se sabe qué simbolismo de opresión. El franciscano, además de predicar, defendió los derechos de los indios, tal y como se relata en la biografía que escribió fray Francisco Palou, otro mallorquín que le acompañó hasta California. Sin embargo, algunos estadounidenses desconocen su propia historia y no parece que tengan mucho interés en salir de su ignorancia. Igual que algunos españoles. La ignorancia no entiende de nacionalidades.

Los primeros estudios sobre la historia española en la frontera sur de Estados Unidos datan de principios del siglo XX. En 1917 Herbert Bolton publicó un artículo en el que mostraba la importancia de las raíces españolas en la historia de Estados Unidos. Aun así, algunos historiadores siguieron obviando la evidencia y defendiendo una fundación exclusivamente anglosajona. En cualquier caso, Bolton creó escuela y son numerosos los trabajos que hoy en día se siguen publicando sobre las fronteras españolas.

Existen varias estatuas de San Junípero. Hay una incluso en el Capitolio de Washington, que representa al estado de California. Junto a él destaca también la estatua del padre Eusebio Kino, un jesuita italiano que en 1687 evangelizó Arizona, en la frontera norte de Nueva España, y fue un gran defensor de los pimas, sus habitantes. Antes de llegar al que sería su destino definitivo, Kino había fundado las primeras misiones en la actual Baja California. Además había dibujado los primeros mapas correctos de la zona –era cartógrafo- demostrando que se trataba de una península, y no una isla, como era creencia generalizada. De hecho, gran parte de las cuarenta expediciones que llevó a cabo por la Pimería –la tierra incógnita que se extendía al norte de la provincia de Sonora- tuvo como objetivo demostrar que era península y localizar, por tanto, el paso por tierra que debía conectar las misiones de California y la Pimería. Estas exploraciones quedaron recogidas en su diario, Favores celestiales. Muchos años más tarde, tras la expulsión de la Compañía de Jesús, San Junípero fue fundando misiones hacia el norte de California, continuando así la labor iniciada por Kino y un puñado de jesuitas.

Carece de sentido, por tanto, derribar la estatua de San Junípero, como tampoco la tiene derribar las de Colón, Juan de Oñate o Cervantes. Nada tienen que ver con el racismo. Juzgar el pasado con criterios del siglo XXI sólo puede llevar a error. ¿Destruimos el Coliseo romano o las pirámides –egipcias o mexicanas- como símbolos de gobiernos totalitarios y opresores?

Estas líneas pretender ser tan sólo un breve apunte histórico. No vamos a entrar a profundizar en temas obvios como el mestizaje –existente en la América española y no en la anglosajona, con cifras objetivas que hablan por sí solas-, las leyes de segregación racial –anglosajonas exclusivamente-, o la deslegitimación que trae consigo la violencia. No se trata de decir que unos fueron buenísimos y otros malísimos, porque no sería un argumento científico. Se trata de tener un mínimo sentido común y de construir, no de destruir con argumentos falaces. 

Resulta sorprendente que se pueda echar la culpa a Colón de problemas estructurales actuales de la sociedad estadounidense. Todavía resulta más sorprendente que una turba violenta haga suyos argumentos inventados. La Historia es la que es.


«La verdad os hará libres» (Juan 8:31).
                                                                                                                                                             Junio 2020


miércoles, 15 de abril de 2020

CUARTA SEMANA. CUANDO UN MURCIÉLAGO ESTORNUDÓ EN CHINA




Y ya van cuatro semanas de encierro. Cuántos cumpleaños en reclusión, aunque eso es lo de menos. Lo importante es poder celebrarlos, claro, así que dando gracias por poder celebrar uno más, que soy una de esas muchas personas que en estos días celebran su cumpleaños. Y sorprendentemente, me he sentido muy acompañada. Diría que he recibido más llamadas y mensajes personales que nunca, algunos inesperados. Me han llamado amigos de Italia, Reino Unido, República Checa… es lo que tiene la aldea global. Y lo siento por los podemitas y afines, pero eso no es malo. De hecho, diría que la globalización es intrínseca al ser humano. Desde el inicio de la Historia el hombre se mueve, se traslada, se adentra en territorios inexplorados… Los hay que no han salido nunca de la cueva, pero desde que el mundo es mundo, las personas se mueven por la curiosidad, el deseo de conocimiento, la búsqueda de la verdad, el gusto por la aventura, la necesidad, el poder… Y si te quedas en la cueva encerrado, te pierdes muchas cosas. Que no es malo, que cada uno haga lo que quiera, faltaría más, aunque es innegable que hay un motor que empuja al hombre a salir de su entorno y buscar nuevos horizontes. Que se lo pregunten a los que se subieron a tres carabelas hace quinientos años y se echaron mar adentro, o a los misioneros que en el siglo XVI traspasaban las fronteras de Nueva España y se adentraban en tierra incógnita, o a tantos viajeros y exploradores que buscaban respuestas a lo largo de los siglos, o a los líderes de los grandes imperios de la antigüedad, para los que sus fronteras nunca eran lo suficientemente grandes. 


Eran otros tiempos. Ahora de golpe ha cambiado todo. De un día a otro esos horizontes casi infinitos se han visto restringidos a las cuatro paredes de una casa, los que tenemos suerte de tenerla. Y todo porque un murciélago estornudó en un lugar recóndito de China. Ya… ¿No les parece de verdad un insulto a la inteligencia? Sí, ya lo sé… A lo largo de la historia ha habido pestes devastadoras. También hay quien cree que se trata de un castigo divino, como si volviéramos a la antigüedad, o sea, a la época histórica antigua, esa en la que los hombres achacaban a la intervención de los dioses todo aquello para lo que no encontraban explicación. 


Ninguna de estas explicaciones me convence. Casualmente, son las principales capitales económicas del mundo occidental las que se han resfriado por el estornudo del murciélago chino. Milán, Barcelona, Madrid, París, Berlín, Bruselas, Londres, Nueva York, Washington, etc… ¿Han visto el mapa de la expansión del bicho en Estados Unidos? Casualmente, los estados más afectados son Nueva York, Washington, California, Texas y Florida. O sea, los más ricos. Por lo visto, en Dakota, Wisconsin y Kansas la cosa no está tan mal. Y no ha pasado nada ni en Pekín ni en Shangai. Ya, claro. Serán teorías conspiranoicas. 


A ver, es verdad que la capacidad de reacción en los diferentes países es fundamental. Y que en España, probablemente los hermanos Marx -Groucho, Harpo, Chico y Zeppo, aclaro por si acaso- lo habrían hecho bastante mejor que la panda de ineptos que tenemos al frente, incluidos los supuestos expertos. ¿Expertos en qué? ¿En irresponsabilidad? 


Aparto los ojos de la pantalla del ordenador. Miro por la ventana. Aunque está diluviando, recuerdo con nostalgia un cumpleaños que reunió a toda la familia junto al mar, no hace tanto, cuando vivíamos felices e inconscientes en nuestra falsa seguridad. O a lo mejor no era falsa. A lo mejor estamos viviendo un espejismo. Rezo para que el espejismo pase cuanto antes, para que Dios nos dé fortaleza y para que podamos volver a pasear junto al mar, con libertad.



Abril 2020

sábado, 28 de marzo de 2020

SEGUNDA SEMANA




Segunda semana. Debo confesar que se me ha pasado rápido. Quizá se deba a que he perdido la realidad del tiempo, no lo sé. O que siempre me ha gustado estar en casa y no me aburro. La verdad es que mis días están muy llenos, en parte debido al teletrabajo. Me estoy ganando mi nómina. Y que dure. Pero por supuesto, no puedo decir que encuentre nada positivo en la situación. A pesar de que estos días viva en mi burbuja y el virus todavía no me haya golpeado con gravedad, aunque por supuesto ha golpeado. Al menos, así es hoy, mientras escribo estas líneas. Pero ¿mañana? Lo siento, no soy de esos optimistas natos que son capaces de encontrar el decálogo de la felicidad en medio de tanta miseria.


Echo muchas cosas de menos. Quién no. Intento no pensar mucho en ellas, pero al ponerme a escribir no tengo más remedio que hacerlo. Espero poder resistirlo. Vamos allá. Lo que más echo de menos es vivir sin ansiedad permanente. Es cierto que desde hace dos semanas no he tenido que volver a tomarme un lexatín. Poco a poco, voy consiguiendo mantener a raya la ansiedad, supongo que gracias al poder de la oración. Nunca había rezado tanto. Sin embargo, está ahí, como una espada de Damocles. Cada vez que alzo la vista, la veo apuntando sobre mi cabeza, irremisiblemente. Ansiedad y angustia ante el dolor y la situación que no hace falta explicar. Pero también provocadas por el hecho de sabernos en manos de gobernantes ineptos. Las personas medianamente inteligentes se rodean de un equipo de gente válida. Los mediocres tienen miedo a la excelencia porque su mediocridad les lleva a percibir esa excelencia como una amenaza. Y así nos va. La angustia de la incertidumbre y la improvisación. Quizás gracias a la iniciativa privada salgamos de este oscuro túnel.  


Echo de menos cosas tan importantes como el simple hecho de salir a pasear, de ver y abrazar a las personas que quiero, de poder ir a una iglesia o comer lo que quiera sin temor a que se acabe. También hay cosas menos importantes como sentarme en una terraza al sol con mis amigos, ir al gimnasio y recorrer kilómetros, libremente, visitando esos rincones maravillosos de la España vacía. Echo de menos mi capacidad de concentración que no se atreve a salir, amenazada por esa espada. Mi creatividad también ha desaparecido. Se encuentra agazapada en algún rincón de mi alma, esperando tiempos mejores, supongo. 


Es verdad que sigo teniendo mucho. De eso no me olvido y soy consciente y agradecida. El Papa nos hace el regalo de una bendición al mundo, que podemos seguir en directo. Siento un poco de paz… El Pingüino ofrece un mini concierto por las redes y consigue arrancarme una sonrisa. Vale, sí, ya sé. No pega nada que el Papa y el cantante aparezcan en el mismo párrafo, pero tenemos tiempo para lo trascendental y lo mundano. 


Se acercan las ocho. Puntualmente, acudiré a la cita diaria que ya forma parte de nuestra rutina. Agradezco profundamente a un vecino anónimo que ha conseguido unos mega altavoces que hacen que las palmas se alarguen durante casi quince minutos. Cada día, después de los dos minutos de bravos y aplausos, enciende la música que resuena por todo el barrio. Se oye a lo lejos, pero se oye, y veo a mis vecinos asomados a las ventanas esos minutos que dura la música y entonces pensamos que podremos resistir.



Marzo 2020

domingo, 15 de marzo de 2020

PRIMER DÍA DE CONFINAMIENTO Y LEXATÍN



Una pesadilla, un mal sueño… Vengo de asomarme a la ventana del salón y aplaudir con todas mis fuerzas al personal sanitario y demás personas que están trabajando para que algún día podamos despertar otra vez a la vida.


Sábado, primer día. La mañana se me ha pasado volando. Me he levantado temprano y he desayunado con mucha calma, pensando que tengo por delante muchos días, mucho tiempo. He pasado revista al botiquín y he ordenado el armario del baño, donde guardo cremas, colonias y potingues varios. A las diez y media estaba en el supermercado cargando alimentos para las próximas semanas. Deambulo por los pasillos empujando el carro como una zombi, con el corazón palpitando a toda prisa. Nunca había hecho una compra así de gigante. Luego he parado en la farmacia. «Seguro que me olvido algo», pienso. Pues habrá que pasar con lo que hay. Vuelvo a casa recorriendo una gran avenida en una mañana de marzo soleada, primaveral. Las calles que normalmente estarían repletas, están casi vacías. 


El resto de la mañana transcurre entre botes de alcohol y lejía, limpiando teclados, móvil y superficies. Y llega la hora de comer. Veo una película y ya son las seis. Salgo a dar una vuelta, aprovechando los últimos momentos de libertad, porque el presidente de la nación se hace de rogar, horas de retraso en dar instrucciones, perdiendo así un tiempo precioso de la batalla. Sé que probablemente no debería haber salido, pero en mi defensa diré que el corazón cada vez me late más deprisa, sólo han sido unos minutos, que apenas había gente por la calle. Saboreo esos minutos.  


Entonces, por primera vez en mi casa, rezamos el rosario juntos, en familia, frente a una imagen dulce de la Virgen. La velocidad de mi corazón aminora un poco, pero al rato vuelve a latir desbocado. Los que me conocen bien saben que sólo tomo lexatín cuando me subo a un escenario. Miedo escénico. O sea, sólo un par de veces al año. Y cuando tengo que coger un vuelo de larga duración, algo que sólo hago por trabajo, nunca por placer. Otro par de veces. Pero ayer me tuve que tomar una pastilla de esas porque, lo confieso, no era capaz de controlar mi ansiedad. Hoy parece que no va a hacer falta. Hemos vuelto a rezar junto a la Virgen y hemos vuelto a salir a la ventana. 


Primer y segundo día. Te das cuenta de quién te quiere, a quién le importas. Y a quién quieres tú. Todavía me faltan por hacer unas cuantas llamadas a gente que quiero. 

Llueve, ya es de noche. Mañana empieza el tercer día.

Cuidaos mucho.


Marzo 2020


viernes, 17 de enero de 2020

LA ENCRUCIJADA




-          ¿Por qué ya no escribes?

Como un látigo, sus palabras resonaron con fuerza entre aquellas cuatro paredes casi desnudas de la antigua biblioteca. Me había pedido que le ayudara a guardar los libros en unas cajas antes de su cierre definitivo. Los libros se amontonaban sin orden en el suelo. Algunos todavía reposaban sobre las estanterías llenas de polvo. Tiré con cuidado de uno que me había llamado la atención. Tenía la cubierta de cuero y conservaba restos de letras doradas en el lomo. Soplé y una pequeña nube salió de entre sus páginas, cargadas de recuerdos de otros tiempos. Abrí el libro donde sobresalía un calendario a modo de marca páginas. Lo cogí, lo giré y leí en voz alta: «1957». Todavía no habíamos nacido ninguno de los dos.

 Luis repitió su pregunta. Pensaría que no le había oído. Y claro que le había oído. Perfectamente. Pero esas cinco palabras me obligaban a enfrentarme a mis fantasmas y no me apetecía. Ahora no. Sólo quería seguir acariciando lomos de cuero con palabras doradas medio borradas. Sólo quería seguir respirando aquel ambiente, que tenía algo de mágico, en aquella biblioteca de aquel monasterio ya casi abandonado. Hacía unos años que los últimos monjes habían sido destinados a otro lugar. Se habían llevado muchos libros pero algunos se quedaron como testigos mudos de otra época. El prior había llamado a Luis unos días antes, habían sido compañeros de colegio. Y le había explicado que la biblioteca, que había estado funcionando de manera intermitente, iba a cerrar sus puertas para siempre. Y los libros que allí se quedaran, serían abandonados para siempre. Y que si quería quedarse con alguno, o con todos, podía hacerlo.  

-          De hecho, me alegraría saber que te los llevas tú, todos. Tú o alguien que los sepa apreciar –le había dicho.

Luis había quedado con su amigo, aprovechando un viaje del monje a Madrid. Se habían citado allí mismo, para así presentarle al guarda de seguridad y asegurarse de que podría sacar los libros sin problema.

-          Y si usted quiere alguno, Martín, no tiene más que decirlo.

-          Pues mire, padre, yo no soy mucho de leer, ya sabe, pero por el cariño que les tengo a ustedes sí que a lo mejor alguno, de recuerdo…

Y un minuto después me estaba llamando, porque me conocía bien y sabía que me uniría sin dudarlo a la expedición de rescate.

Así que Martín había entrado con nosotros, había husmeado entre los estantes y había escogido tres o cuatro libros grandes, con imágenes en color de monumentos de ciudades españolas, que seguro que a su mujer le gustaban y quedarían bien en la mesa de café.

Luis seguía guardando libros en las cajas de cartón que habíamos traído pero no dejaba de mirarme. Ahora el silencio pesaba y tocaba una respuesta. Total, éramos amigos desde que yo llevaba uniforme. A él podía decirle la verdad porque sabía que no me iba a juzgar ni iba a dudar de mi estabilidad mental. Cerré el libro y me abracé a él -al libro- como quien se aferra a un salvavidas.

-          Porque mi mente es como una gran mancha blanca, vacía. Porque ya no tengo nada que contar –susurré.

Mi voz sonó extraña, como metálica. Quizás fuera el efecto del casi vacío de aquella estancia grande. A pesar de las estanterías huérfanas, del polvo y de las cajas de cartón, la atmósfera resultaba acogedora. El sol entraba a raudales por una de las ventanas del fondo. Y yo me sentía a gusto y en paz en aquel lugar olvidado. Pero Luis había despertado a mis fantasmas. Seguí hablando a toda velocidad porque no quería dejar espacio a que replicara nada.

-          Siento que caigo… Voy cayendo hasta quedar inerte sobre una superficie fría. Me contemplo desde arriba y no me puedo mover. Y luego no hay nada. Sólo esa gran mancha blanca, fría.

Durante unos instantes sólo se oyó mi respiración. Mi amigo había dejado de guardar libros en las cajas, aunque me seguía mirando, inmóvil. Creo que no encontraba las palabras adecuadas. No me extraña, creo que a mí me habría pasado lo mismo. A ver qué le dices a alguien que te suelta esa retahíla. Hace falta mucha imaginación. Para no ponérselo más difícil rompí la inmovilidad y me puse a hojear el libro de cuero al que me había aferrado. Dejé que las páginas se deslizaran entre mis dedos hasta que se detuvieron donde quisieron.

Unos jóvenes sonreían despreocupados desde una foto algo borrosa, en blanco y negro.  Buenos chicos, de aspecto pulcro, bien peinados, como recién duchados. Con la camisa planchada y los zapatos relucientes, o eso me pareció. Buenos chicos que luchaban por unos ideales. Me quedé observando fijamente la fotografía, deteniéndome en cada uno de sus rostros. Eran guapos. «Si hubiese estado allí, seguro que me habría enamorado de más de uno», pensé absurdamente con una media sonrisa.

Luis se acercó, curioso por saber qué había llamado mi atención. Se colocó junto a mí e inclinó la cabeza sobre el libro. Y vio lo mismo que yo. Otra época, valores, honor, lealtad, elegancia… También hubo un tiempo en que nosotros luchamos por esos mismos ideales. Por un momento levantamos los ojos de la fotografía y nos miramos. Nos entendemos con la mirada, compartimos tanto. El desencanto flota ahora en el aire de aquella vieja biblioteca de los monjes. Y miramos hacia atrás, al unísono, pasando revista a una vida.

-          Fuimos como ellos –me dice con un tono melancólico-. O quisimos ser como ellos.

Paso la mano por encima de las fotografías, en un gesto inconsciente queriendo acariciar tantas vidas que ya no están. No quiero que el desencanto nos ahogue. Quiero recuperar la paz que por fin he hallado en este maravilloso rincón.

-          Este me lo quedo yo –exclamo cerrando de golpe el libro. Y sonrío a mi amigo.

Poco a poco el desencanto se va diluyendo, como el polvo que flota entre los rayos del sol de la ventana del fondo. Y da paso a la nostalgia. Y la nostalgia es mucho más sana que el desencanto. Y más inspiradora. Coloco el libro en mi caja y entonces veo por primera vez el título: En la encrucijada. Y de golpe, la mancha blanca desaparece. El corazón me empieza a latir con fuerza. Me voy a toda prisa hasta la mesa donde he dejado el bolso. Saco el móvil y busco el bloc de notas en la pantalla. Empiezo a teclear, casi febrilmente, para que no se me olviden las palabras, las ideas, todo lo que tengo necesidad de sacar de mí y de compartir.

La cabeza de Martín asoma por la puerta.

-          ¿Les queda mucho? Es que pensaba salir a comer. Si gustan acompañarme.

Asentimos en silencio. Continuaremos después. Lo principal ya está. Luis y yo volvemos a mirarnos. No dice nada, sólo un leve gesto con la cabeza, para asegurarse, y yo respondo sonriendo. Ya está, ya pasó.



Enero 2020