sábado, 8 de agosto de 2020

TEQUILA Y ESTATUAS



Allí estaba. Podía haber estado en cualquier otro sitio, pero el caso es que estaba allí. Sentada en la terraza del hotel, dejó vagar su mirada por la plaza que se entreveía a través de los arbustos del jardín. Una plaza colonial, con la torre blanca de la iglesia destacando sobre el azul brillante del cielo mexicano. No había sido su deseo regresar. De hecho, pensó que nunca regresaría. Tampoco había pasado tanto tiempo. ¿Cuatro? ¿Cinco años? Apenas cinco años y estaba otra vez allí. Miró alrededor. El hotel no había cambiado. Estaba tal y como lo recordaba. Ya que no había habido modo de negarse a volver –el trabajo es el trabajo, es lo que hay- al menos pidió a la agencia que le reservara en el hotel de la última vez. Un lugar encantador donde había sido feliz.

Dio un sorbo al cóctel –cortesía de bienvenida- y paladeó con gusto el líquido frío.

-          Esto lleva algo de tequila, seguro -pensó-. Y el tequila se me sube.

Se recostó en la silla, estiró las piernas y miró a su alrededor. Había una familia chapoteando en la alberca. Quizás mañana tuviera tiempo para un chapuzón, aunque no hacía demasiado calor. Había poca gente, tan sólo un par de mesas más estaban ocupadas. Tendría que salir a cenar, porque el hotel no tenía restaurante. Allí en la plaza había un par de restaurantes. Cualquiera de ellos serviría, aunque le daba pereza salir. ¿Pereza? Desde lo del virus no le gustaba andar sola por sitios desconocidos. Antes era como una aventura. Salir a explorar las callejuelas pintorescas de aquella ciudad lo había vivido con ilusión. Con un mapa en la mano había ido recorriendo las calles, deteniéndose entusiasmada en cada esquina, descubriendo con emoción las huellas del pasado. Una iglesia barroca, un convento con los muros encalados, una casa antigua cubierta de buganvilla, el azul añil intenso de una pared y la plaza de las estatuas. Abrió la boca al toparse con la imponente estatua del apóstol Santiago a caballo que la observaba desde lo alto. Y desde allí contempló las otras muchas estatuas que flanqueaban en hilera la plaza. Los fundadores de la ciudad, leyó en una placa. Siguió avanzando con respeto entre las estatuas y se detuvo frente a la de fray Junípero Serra. Un poco más allá se elevaba majestuosa la de un indio que adornaba su cabeza con un gran penacho de plumas. Empezaba a oscurecer así que regresó al hotel, feliz. Con la felicidad de haber contemplado tanta belleza y de haber vislumbrado, por unos minutos, la Historia. Al día siguiente se levantó temprano para regresar a la plaza de las estatuas antes del trabajo.

Aquellos días de verano fue feliz. Luego se estropeó, cuando las cosas no salieron como había esperado. Aunque realmente no había esperado nada. Quizás fue por eso que las cosas no salieron como debieron haber salido. No le entendió. Y él no le entendió a ella. Nada que hacer. Después de esos primeros momentos tan felices recorriendo las calles con sus estatuas, después de la felicidad del reencuentro, todo se volvió gris.

Y otra vez era verano. Y le había olvidado. O casi. Habían pasado cinco años y había desaparecido de su vida. Seguro que para él no existía, que no le quedaría ni el mínimo recuerdo. Y ella, como una boba, estaba allí, en el jardín del hotel encantador, más sola que la una, y de repente le había venido todo a la mente como si fuera ayer.

-          Y el tequila se me está subiendo. Lo sabía –murmuró al incorporarse.

Se agarró al borde de la silla y esperó unos instantes a que el mundo dejara de tambalearse.

-          Decididamente no voy a salir. No me veo sola cenando en la plaza, en medio de tantos desconocidos. Hoy no –murmuró.
-          Eres una cobardica –le acusó una voz dentro de su cabeza.
-          Sí, lo reconozco. Me he vuelto cobarde. Entre las cuatro paredes del hotel me siento segura... Los espacios abiertos me dan miedo. Y además, en ese restaurante cené con él. Paso de seguir despertando fantasmas.

La última frase la debió de decir en voz alta porque los de la mesa más próxima la estaban mirando. Allí seguía quieta, agarrada a la silla. Se soltó con suavidad, echó los hombros hacia atrás y, con aire digno y paso decidido, se dirigió a su habitación. Se pondría el traje de baño y se daría un chapuzón en la alberca para despejarse. Y luego se pediría otro de aquellos deliciosos cócteles. Sonrió, satisfecha consigo misma por el estupendo plan B que había trazado en apenas dos minutos.

Cuando una hora después, ya fresca y sintiéndose como nueva, se volvió a sentar en el mismo lugar, pidió el cóctel y, esta vez, consiguió que el camarero le trajera unos totopos y algo de queso. Además, llevaba una bolsa de nueces en el bolso. Encima de la mesa le esperaba un libro que había tomado prestado de la biblioteca del hotel. Sí, el hotel tenía una maravillosa biblioteca, con el suelo y las paredes de cristal. Ya más conforme con el mundo, volvió a sonreír. Y fue capaz, incluso, de trazar otro plan. Al día siguiente se levantaría pronto para ir a la plaza de los fundadores. Toda una temeridad.

Agosto 2020


sábado, 1 de agosto de 2020

¿Y SI NOS EQUIVOCAMOS?



Una tarde agosto, calurosa, incapaz de pensar ni de moverme, así que lo mejor que puedo hacer es tirarme en el sofá a disfrutar de alguna película. Empiezo a ver con miedo la última versión de Mujercitas. Siempre ha sido uno de mis libros preferidos y hay un par de adaptaciones que me han gustado. Esta versión de 2019 se anuncia como feminista, de ahí mi temor. Sin embargo, supera mis expectativas y me he vuelto a emocionar con la vida de las cuatro hermanas March. Lo de feminista me imagino que es una etiqueta que vende.

Quienes piensen que se trata de una novela menor es porque no la han leído o porque habiéndola leído, los prejuicios no les han permitido entenderla. De mediocres está el mundo lleno. Esta versión no es feminista, al menos en el sentido que le dan hoy los progres. Simplemente, quizás resalte más algunos de los rasgos que su autora quiso destacar al escribirla, como el espíritu valiente y luchador de sus protagonistas y sus ansias de mantener la libertad y desarrollar su talento en una época dominada por los hombres. Visto así, incluso la versión de 1949 –mi preferida- se podría considerar feminista. Porque Jo, siempre es Jo, apasionada y negándose a cumplir algunas reglas. Y Marmee es la misma madre fuerte que permite que sus hijas sean libres y aprendan de sus propios errores. Porque Beth es la misma hermana dulce, Meg es la misma hermana mayor, es decir, la responsable, y Amy es siempre la hermana caprichosa y aparentemente frívola.

Louisa May Alcott dio voz a mujeres valientes muy diferentes entre sí y quiso defender sus derechos y sus ilusiones. ¿Es necesario poner etiquetas?

El final me ha gustado. Según esta versión, la autora quería que Jo se quedara soltera, quizás como la situación más coherente con sus creencias, o quizás porque la protagonista era su alter ego. Sin embargo, el editor se negó y dijo que un final así no vendería. ¿Jo dejando marchar al profesor Bhaer? ¿Después de haberle dado calabazas a Laurie?  Probablemente el editor tuviera razón. El final que se publicó es bonito y emociona su encuentro bajo una cortina de lluvia. Es verdad que ese final implica que Jo debe luchar contra sí misma y sus prejuicios. Porque a pesar de toda su independencia, inteligencia y rebeldía, a pesar de su libertad, la protagonista se siente sola. Cuando su mundo perfecto cambia –Beth ha muerto y sus otras dos hermanas han seguido su camino- entonces llega la soledad. Y para ser feliz del todo, a pesar de todo, necesita al profesor Bhaer. Y en esa escena final, emocionante, bajo la lluvia, deseamos que el profesor encuentre el valor para declararse de una vez por todas a Jo.

Sin embargo, me pregunto qué habría pasado si Jo finalmente se hubiera quedado con Laurie. De hecho, cuando empieza a sentirse sola, se lo plantea seriamente y le habría dicho que sí, si él hubiera esperado un poco más y no se hubiera casado con su hermana pequeña.  

¿Cuántos Lauries hemos dejado pasar? ¿Cuántas veces no nos atrevimos a hablar? ¿En qué momento nos equivocamos?

No luchaste por mí.

«Quizás fuiste tú la que no luchaste por mí», me dijiste una vez, cuando ya era demasiado tarde.

Touchée.

Agosto 2020

sábado, 25 de julio de 2020

CERVEZAS Y MASCARILLAS



Por un extraño sentimentalismo, he decidido quedarme en mi ciudad. Me he dejado llevar y ahora estoy encerrada en el perímetro de una comarca aislada, de la que no se puede entrar ni salir. Puedo bajar a la calle, sólo a lo imprescindible han dicho, o sea, a comprar comida y el periódico. Porque los bares están cerrados, las piscinas están cerradas, las iglesias creo que algunas siguen abiertas pero me temo que volveré a las misas televisadas. Además, hace un calor terrible y no hay nadie por la calle. Sólo unos cuantos sin techo que deambulan sin rumbo fijo.
-          Es que eres idiota.
Las cuatro palabras han retumbado entre las cuatro paredes de la habitación. Las he dicho yo, me las he dicho a mí, y en un tono elevado, el que se usa cuando uno está molesto.
-          Pues ya no hay remedio, cielo. Hay policía en los accesos a la ciudad, así que ahora te aguantas y apechugas con tus decisiones, aunque sean idiotas.
Mi yo sigue de conversación con mi otro yo. Es lo que tiene el confinamiento, que acabas hablando con las paredes. Literal.
-          Pero tengo terraza –digo esbozando una sonrisa victoriosa.
Así que abro la puerta de la terraza y vuelvo a sacar la mesa y las dos sillas que apenas una hora antes había metido en el salón. Cuando estaba haciendo la maleta a toda prisa y preparando la casa para dejarla cerrada por un tiempo indefinido, desenchufando todo lo enchufable y sacando la comida perecedera de la nevera. Y de repente, me ha venido la idea peregrina de que era un capitán cobarde que estaba abandonando su barco. ¡Un capitán cobarde! Ni más ni menos. En fin, el apego a la tierra, un amor mal entendido, qué sé yo. El caso es que me he quedado, total, puedo teletrabajar desde aquí y tengo la despensa llena. Y tengo terraza. No muy grande, pero es una terraza. Fundamental. A mi alrededor los contagios crecen de manera descontrolada, pero soy una capitana valiente.
Arrastro la mesa blanca de plástico y las dos sillas a juego. Las coloco en el centro, me siento en una de ellas y pongo las piernas sobre la otra. Miro al horizonte. Sí, sí, puedo incluso ver un trozo de horizonte entre dos bloques de pisos.
-          Ya empieza a bajar el calor –me digo como para animarme.

Entonces se levanta de improviso una brisa fresca y el cielo se tiñe de una luz dorada y rojiza, esos tonos maravillosos que ningún pintor ha conseguido reproducir. Poco a poco voy sintiéndome un poco menos molesta con mi otro yo, con la capitana. Sigo mirando al horizonte, relajada. Las golondrinas empiezan a hacer sus giros imposibles de cada tarde. Algunas pasan muy cerca de mí, a toda velocidad, pero de aquí no me muevo. La terraza es mía.

-          ¿Vecina? Hola, ¿estás ahí?
Me giro sobresaltada hacia donde procede la voz, detrás del tabique metálico que me separa de la terraza de al lado. Se oye el ruido de una silla que es arrastrada.
-          Hola –respondo, mirando al tabique, sin saber muy bien qué decir.
Entonces una cabeza sonriente asoma por encima.
-          Me había parecido oír algo. Qué alegría saber que estás aquí.
Me pongo en pie y miro hacia arriba.
-          Hola Elena. Sí, me he quedado –le digo a mi vecina. Debe de tener más o menos mi edad. Habré cruzado con ella veinte palabras desde que vivo aquí. No por antipatía ni nada por el estilo, sólo que no coincidimos, vivimos en escaleras diferentes  -así que no nos encontramos en el ascensor- y tenemos un tabique metálico que nos separa.
-          Pues no te puedes imaginar la alegría y la tranquilidad que me da saber que estás aquí. Así me siento un poco menos sola.
-          Tienes toda la razón. A mí también me alegra mucho saber que estás ahí… Bueno, si necesitas algo, ya sabes dónde estoy –añado tras un silencio.
-          A lo mejor te parece una tontería… bueno, no sé… o no te parece bien.
-          ¿El qué? –le pregunto con curiosidad.
-          No, no es nada –responde sin mucho convencimiento.
-          Venga, dime. ¿Necesitas algo? Tengo la nevera llena.
Mi vecina mira al horizonte, contempla por unos instantes la puesta de sol, coge aire y empieza a hablar a toda velocidad
-          ¿Te apetecería pasar a mi terraza y nos tomamos una cerveza juntas? Y así podemos charlar un rato. Con la mascarilla puesta, por supuesto, y con distancia. ¿Tú crees que es una temeridad? Yo de verdad que estoy teniendo muchísimo cuidado, no creo que esté contagiada. Pero es que otro confinamiento, tan seguido después del primero... Es para volverse loca.
Sólo lo pienso unos segundos.
-          ¿Sabes que te digo? Que me parece una idea estupenda, vecina.
-          ¿De verdad? –exclama-. Pues cuando quieras. ¿Ahora o dentro de un rato?
-          ¿Para qué vamos a esperar? Voy para allá. Escalera tres ¿verdad?
Asiente con la cabeza. Me dice que no lleve nada, mientras baja de la silla, y desde el otro lado del tabique añade que tiene un montón de botellines y latas de aperitivos. Echo un último vistazo a la maravillosa puesta de sol y me pregunto si desde la terraza de mi vecina se verá igual de bien. Entro en el salón, cierro la puerta de la terraza y me digo en voz bajita: «Pues no ha sido tan mala idea quedarme. Por lo menos una persona se ha alegrado de mi decisión». Mi estado de ánimo ha cambiado y mis dos yo se han reconciliado.
Cojo el bolso que había dejado encima del sofá, la mascarilla, el bote de gel y mi mirada se detiene en el mueble que está en una esquina del salón. Es un viejo escritorio lacado en negro, con motivos chinos. Había pensado dedicarle hoy mi atención, sobre todo al último cajón. Allí esperan amontonadas cartas, papeles y fotos antiguas, el legado familiar. Tendrán que seguir esperando un poco más. Parece que nunca encuentro el tiempo para ordenar y clasificar todos esos recuerdos, o quizás no quiera encontrarlo. No sé bien qué me espera entre esa montaña de sobres, cajas y álbumes. Tan sólo he entreabierto ese cajón un par de veces, lentamente, como si fuera parte de una ceremonia. Quizás todavía no esté preparada para zambullirme en el pasado. De momento, voy a disfrutar de una cerveza fría y voy a charlar con Elena, que creo que me va a caer bien. Presiento que esta va a ser la primera de muchas cervezas compartidas en los próximos días.

Julio 2020


viernes, 26 de junio de 2020

LA CULPA DE LLAMARSE JUNÍPERO, CRISTÓBAL O MIGUEL. UN POCO DE HISTORIA






En septiembre de 2015, el papa Francisco canonizó a fray Junípero Serra con ocasión de su viaje a Estados unidos. Ya entonces surgieron algunas voces discrepantes que pretendían eliminar su huella en California, en nombre de no se sabe qué simbolismo de opresión. El franciscano, además de predicar, defendió los derechos de los indios, tal y como se relata en la biografía que escribió fray Francisco Palou, otro mallorquín que le acompañó hasta California. Sin embargo, algunos estadounidenses desconocen su propia historia y no parece que tengan mucho interés en salir de su ignorancia. Igual que algunos españoles. La ignorancia no entiende de nacionalidades.

Los primeros estudios sobre la historia española en la frontera sur de Estados Unidos datan de principios del siglo XX. En 1917 Herbert Bolton publicó un artículo en el que mostraba la importancia de las raíces españolas en la historia de Estados Unidos. Aun así, algunos historiadores siguieron obviando la evidencia y defendiendo una fundación exclusivamente anglosajona. En cualquier caso, Bolton creó escuela y son numerosos los trabajos que hoy en día se siguen publicando sobre las fronteras españolas.

Existen varias estatuas de San Junípero. Hay una incluso en el Capitolio de Washington, que representa al estado de California. Junto a él destaca también la estatua del padre Eusebio Kino, un jesuita italiano que en 1687 evangelizó Arizona, en la frontera norte de Nueva España, y fue un gran defensor de los pimas, sus habitantes. Antes de llegar al que sería su destino definitivo, Kino había fundado las primeras misiones en la actual Baja California. Además había dibujado los primeros mapas correctos de la zona –era cartógrafo- demostrando que se trataba de una península, y no una isla, como era creencia generalizada. De hecho, gran parte de las cuarenta expediciones que llevó a cabo por la Pimería –la tierra incógnita que se extendía al norte de la provincia de Sonora- tuvo como objetivo demostrar que era península y localizar, por tanto, el paso por tierra que debía conectar las misiones de California y la Pimería. Estas exploraciones quedaron recogidas en su diario, Favores celestiales. Muchos años más tarde, tras la expulsión de la Compañía de Jesús, San Junípero fue fundando misiones hacia el norte de California, continuando así la labor iniciada por Kino y un puñado de jesuitas.

Carece de sentido, por tanto, derribar la estatua de San Junípero, como tampoco la tiene derribar las de Colón, Juan de Oñate o Cervantes. Nada tienen que ver con el racismo. Juzgar el pasado con criterios del siglo XXI sólo puede llevar a error. ¿Destruimos el Coliseo romano o las pirámides –egipcias o mexicanas- como símbolos de gobiernos totalitarios y opresores?

Estas líneas pretender ser tan sólo un breve apunte histórico. No vamos a entrar a profundizar en temas obvios como el mestizaje –existente en la América española y no en la anglosajona, con cifras objetivas que hablan por sí solas-, las leyes de segregación racial –anglosajonas exclusivamente-, o la deslegitimación que trae consigo la violencia. No se trata de decir que unos fueron buenísimos y otros malísimos, porque no sería un argumento científico. Se trata de tener un mínimo sentido común y de construir, no de destruir con argumentos falaces. 

Resulta sorprendente que se pueda echar la culpa a Colón de problemas estructurales actuales de la sociedad estadounidense. Todavía resulta más sorprendente que una turba violenta haga suyos argumentos inventados. La Historia es la que es.


«La verdad os hará libres» (Juan 8:31).
                                                                                                                                                             Junio 2020


miércoles, 15 de abril de 2020

CUARTA SEMANA. CUANDO UN MURCIÉLAGO ESTORNUDÓ EN CHINA




Y ya van cuatro semanas de encierro. Cuántos cumpleaños en reclusión, aunque eso es lo de menos. Lo importante es poder celebrarlos, claro, así que dando gracias por poder celebrar uno más, que soy una de esas muchas personas que en estos días celebran su cumpleaños. Y sorprendentemente, me he sentido muy acompañada. Diría que he recibido más llamadas y mensajes personales que nunca, algunos inesperados. Me han llamado amigos de Italia, Reino Unido, República Checa… es lo que tiene la aldea global. Y lo siento por los podemitas y afines, pero eso no es malo. De hecho, diría que la globalización es intrínseca al ser humano. Desde el inicio de la Historia el hombre se mueve, se traslada, se adentra en territorios inexplorados… Los hay que no han salido nunca de la cueva, pero desde que el mundo es mundo, las personas se mueven por la curiosidad, el deseo de conocimiento, la búsqueda de la verdad, el gusto por la aventura, la necesidad, el poder… Y si te quedas en la cueva encerrado, te pierdes muchas cosas. Que no es malo, que cada uno haga lo que quiera, faltaría más, aunque es innegable que hay un motor que empuja al hombre a salir de su entorno y buscar nuevos horizontes. Que se lo pregunten a los que se subieron a tres carabelas hace quinientos años y se echaron mar adentro, o a los misioneros que en el siglo XVI traspasaban las fronteras de Nueva España y se adentraban en tierra incógnita, o a tantos viajeros y exploradores que buscaban respuestas a lo largo de los siglos, o a los líderes de los grandes imperios de la antigüedad, para los que sus fronteras nunca eran lo suficientemente grandes. 


Eran otros tiempos. Ahora de golpe ha cambiado todo. De un día a otro esos horizontes casi infinitos se han visto restringidos a las cuatro paredes de una casa, los que tenemos suerte de tenerla. Y todo porque un murciélago estornudó en un lugar recóndito de China. Ya… ¿No les parece de verdad un insulto a la inteligencia? Sí, ya lo sé… A lo largo de la historia ha habido pestes devastadoras. También hay quien cree que se trata de un castigo divino, como si volviéramos a la antigüedad, o sea, a la época histórica antigua, esa en la que los hombres achacaban a la intervención de los dioses todo aquello para lo que no encontraban explicación. 


Ninguna de estas explicaciones me convence. Casualmente, son las principales capitales económicas del mundo occidental las que se han resfriado por el estornudo del murciélago chino. Milán, Barcelona, Madrid, París, Berlín, Bruselas, Londres, Nueva York, Washington, etc… ¿Han visto el mapa de la expansión del bicho en Estados Unidos? Casualmente, los estados más afectados son Nueva York, Washington, California, Texas y Florida. O sea, los más ricos. Por lo visto, en Dakota, Wisconsin y Kansas la cosa no está tan mal. Y no ha pasado nada ni en Pekín ni en Shangai. Ya, claro. Serán teorías conspiranoicas. 


A ver, es verdad que la capacidad de reacción en los diferentes países es fundamental. Y que en España, probablemente los hermanos Marx -Groucho, Harpo, Chico y Zeppo, aclaro por si acaso- lo habrían hecho bastante mejor que la panda de ineptos que tenemos al frente, incluidos los supuestos expertos. ¿Expertos en qué? ¿En irresponsabilidad? 


Aparto los ojos de la pantalla del ordenador. Miro por la ventana. Aunque está diluviando, recuerdo con nostalgia un cumpleaños que reunió a toda la familia junto al mar, no hace tanto, cuando vivíamos felices e inconscientes en nuestra falsa seguridad. O a lo mejor no era falsa. A lo mejor estamos viviendo un espejismo. Rezo para que el espejismo pase cuanto antes, para que Dios nos dé fortaleza y para que podamos volver a pasear junto al mar, con libertad.



Abril 2020

sábado, 28 de marzo de 2020

SEGUNDA SEMANA




Segunda semana. Debo confesar que se me ha pasado rápido. Quizá se deba a que he perdido la realidad del tiempo, no lo sé. O que siempre me ha gustado estar en casa y no me aburro. La verdad es que mis días están muy llenos, en parte debido al teletrabajo. Me estoy ganando mi nómina. Y que dure. Pero por supuesto, no puedo decir que encuentre nada positivo en la situación. A pesar de que estos días viva en mi burbuja y el virus todavía no me haya golpeado con gravedad, aunque por supuesto ha golpeado. Al menos, así es hoy, mientras escribo estas líneas. Pero ¿mañana? Lo siento, no soy de esos optimistas natos que son capaces de encontrar el decálogo de la felicidad en medio de tanta miseria.


Echo muchas cosas de menos. Quién no. Intento no pensar mucho en ellas, pero al ponerme a escribir no tengo más remedio que hacerlo. Espero poder resistirlo. Vamos allá. Lo que más echo de menos es vivir sin ansiedad permanente. Es cierto que desde hace dos semanas no he tenido que volver a tomarme un lexatín. Poco a poco, voy consiguiendo mantener a raya la ansiedad, supongo que gracias al poder de la oración. Nunca había rezado tanto. Sin embargo, está ahí, como una espada de Damocles. Cada vez que alzo la vista, la veo apuntando sobre mi cabeza, irremisiblemente. Ansiedad y angustia ante el dolor y la situación que no hace falta explicar. Pero también provocadas por el hecho de sabernos en manos de gobernantes ineptos. Las personas medianamente inteligentes se rodean de un equipo de gente válida. Los mediocres tienen miedo a la excelencia porque su mediocridad les lleva a percibir esa excelencia como una amenaza. Y así nos va. La angustia de la incertidumbre y la improvisación. Quizás gracias a la iniciativa privada salgamos de este oscuro túnel.  


Echo de menos cosas tan importantes como el simple hecho de salir a pasear, de ver y abrazar a las personas que quiero, de poder ir a una iglesia o comer lo que quiera sin temor a que se acabe. También hay cosas menos importantes como sentarme en una terraza al sol con mis amigos, ir al gimnasio y recorrer kilómetros, libremente, visitando esos rincones maravillosos de la España vacía. Echo de menos mi capacidad de concentración que no se atreve a salir, amenazada por esa espada. Mi creatividad también ha desaparecido. Se encuentra agazapada en algún rincón de mi alma, esperando tiempos mejores, supongo. 


Es verdad que sigo teniendo mucho. De eso no me olvido y soy consciente y agradecida. El Papa nos hace el regalo de una bendición al mundo, que podemos seguir en directo. Siento un poco de paz… El Pingüino ofrece un mini concierto por las redes y consigue arrancarme una sonrisa. Vale, sí, ya sé. No pega nada que el Papa y el cantante aparezcan en el mismo párrafo, pero tenemos tiempo para lo trascendental y lo mundano. 


Se acercan las ocho. Puntualmente, acudiré a la cita diaria que ya forma parte de nuestra rutina. Agradezco profundamente a un vecino anónimo que ha conseguido unos mega altavoces que hacen que las palmas se alarguen durante casi quince minutos. Cada día, después de los dos minutos de bravos y aplausos, enciende la música que resuena por todo el barrio. Se oye a lo lejos, pero se oye, y veo a mis vecinos asomados a las ventanas esos minutos que dura la música y entonces pensamos que podremos resistir.



Marzo 2020

domingo, 15 de marzo de 2020

PRIMER DÍA DE CONFINAMIENTO Y LEXATÍN



Una pesadilla, un mal sueño… Vengo de asomarme a la ventana del salón y aplaudir con todas mis fuerzas al personal sanitario y demás personas que están trabajando para que algún día podamos despertar otra vez a la vida.


Sábado, primer día. La mañana se me ha pasado volando. Me he levantado temprano y he desayunado con mucha calma, pensando que tengo por delante muchos días, mucho tiempo. He pasado revista al botiquín y he ordenado el armario del baño, donde guardo cremas, colonias y potingues varios. A las diez y media estaba en el supermercado cargando alimentos para las próximas semanas. Deambulo por los pasillos empujando el carro como una zombi, con el corazón palpitando a toda prisa. Nunca había hecho una compra así de gigante. Luego he parado en la farmacia. «Seguro que me olvido algo», pienso. Pues habrá que pasar con lo que hay. Vuelvo a casa recorriendo una gran avenida en una mañana de marzo soleada, primaveral. Las calles que normalmente estarían repletas, están casi vacías. 


El resto de la mañana transcurre entre botes de alcohol y lejía, limpiando teclados, móvil y superficies. Y llega la hora de comer. Veo una película y ya son las seis. Salgo a dar una vuelta, aprovechando los últimos momentos de libertad, porque el presidente de la nación se hace de rogar, horas de retraso en dar instrucciones, perdiendo así un tiempo precioso de la batalla. Sé que probablemente no debería haber salido, pero en mi defensa diré que el corazón cada vez me late más deprisa, sólo han sido unos minutos, que apenas había gente por la calle. Saboreo esos minutos.  


Entonces, por primera vez en mi casa, rezamos el rosario juntos, en familia, frente a una imagen dulce de la Virgen. La velocidad de mi corazón aminora un poco, pero al rato vuelve a latir desbocado. Los que me conocen bien saben que sólo tomo lexatín cuando me subo a un escenario. Miedo escénico. O sea, sólo un par de veces al año. Y cuando tengo que coger un vuelo de larga duración, algo que sólo hago por trabajo, nunca por placer. Otro par de veces. Pero ayer me tuve que tomar una pastilla de esas porque, lo confieso, no era capaz de controlar mi ansiedad. Hoy parece que no va a hacer falta. Hemos vuelto a rezar junto a la Virgen y hemos vuelto a salir a la ventana. 


Primer y segundo día. Te das cuenta de quién te quiere, a quién le importas. Y a quién quieres tú. Todavía me faltan por hacer unas cuantas llamadas a gente que quiero. 

Llueve, ya es de noche. Mañana empieza el tercer día.

Cuidaos mucho.


Marzo 2020