sábado, 18 de marzo de 2017

¿SIN TI NO SOY NADA?


«Sin ti no soy nada»…. subo el volumen de la radio. Piso el acelerador y me vengo arriba cantando con Amaral.

«Los días que pasan

Las luces del alba

Mi alma, mi cuerpo, mi voz

No sirven de nada

Porque yo sin ti no soy nada».

De repente interiorizo las palabras. Levanto el pie. ¿Cómo que sin ti no soy nada? Sí, hombre. Faltaría más. Vale, de cuerdo. Lo confieso. También yo alguna vez he sentido esas puñeteras mariposas en el estómago que parece que no te dejan ni respirar. Te duele el estómago y el causante a por uvas. Si él supiera… Pero claro, la vida no es un cuento de Disney y, por suerte, las mariposas van desapareciendo. Y vuelves a respirar con normalidad.

Cambio de emisora.

«Agua que no bebas, penas y tristezas déjalas correr.

 No vale la pena cuando no te quieren llorar un querer».

Esta me gusta más. A ver. A estas alturas de la vida no me voy a poner la camiseta de que todas deberíamos ser feministas, no. Pero ¿sin ti no soy nada? Tampoco. A pesar de ti, soy todo. Y seguro que muchas de las feministas esas también alguna vez se sintieron una princesa de Disney. Y seguro que muchos de los machitos que pululan nuestra geografía vital alguna vez sintieron que se les cortaba la respiración cuando ella se dignaba a mirarles. Y en ese momento,  no pudieron evitar lanzar un suspiro entrecortado.

Sigo conduciendo. La emisora empieza a perderse y toco el mando buscando otra. Entonces me asalta una pregunta para la que no tengo respuesta. ¿Ellos también sienten mariposas en el estómago? Ni idea. ¿Seremos iguales en eso? ¿O no? Mi escaso conocimiento de la mentalidad masculina no llega a tanto. Empieza a oscurecer y piso el acelerador porque no me gusta conducir de noche. Por fin parece que mi vieja radio capta una emisora. ¡Aleluya! Tiene que ser una señal….

«Now I’ve Heard there was a secret chord

That David played, and it pleased the Lord

But you really don’t care for music, do you?

Hallelujah, hallelujah, hallelujah, hallelujah…»

Ya estoy desvariando ¿Qué señal? Ninguna señal, pero cada vez que oigo la canción de Cohen, con esa voz tan suya, se me pone la carne de gallina y vuelvo a sentir algo parecido a mariposas en el estómago.

Y ahora sí que elevo mi voz en un aleluya, mientras las primeras estrellas van apareciendo. Y ya no tengo miedo.

Marzo 2017

viernes, 10 de marzo de 2017

MI AMOR ¿TE PASA ALGO?


-          Mi amor… ¿te pasa algo?

-          No sé. Tú sabrás.

               (El Apocalipsis, cap.1)

Me llega esto por el whatsapp y me río. Sin embargo, estas dos frases aparentemente tontas me hacen reflexionar que, quizás, no sean tan tontas. Indican una falta de comunicación que tantas veces nos lleva a sufrir situaciones de incomprensión o a creernos que el otro ha decidido hacer –o no hacer- algo para fastidiarnos.

¿Tú sabrás? Pues no, probablemente él no tenga ni idea. Le has dicho que era el cumpleaños de tu madre, o que comprara tal marca de zumo, o que te llamara al salir de la oficina. ¡Y no lo ha hecho!

-          Le importo un carajo. Pasa de todo. ¡Pues se va a enterar! –piensa ella poniendo las manos en jarras como reafirmándose.

Y conforme avanza la tarde se va retroalimentando, jurando por sus muertos odiarle para la eternidad. Hasta que por fin se oye el ruido de las llaves en la cerradura.

-          ¡Ahí está! –piensa ella-. Que se prepare.-Y respira hondo.

Y él, pobre inocente, que no sabe la tormenta que está a punto de caerle encima, entra como un elefante en una cacharrería, armando el ruido de mil demonios de todos los días.
-          Hola! Ya estoy en casa.

Va soltando con estruendo todo lo que lleva encima de la mesa de la cocina: las llaves de casa, las llaves del coche, el móvil, unas cuantas monedas, un puñado de caramelos… Repite el saludo un poco más alto. Nada. Silencio. Ya un poco mosqueado abre la puerta del salón y allí está ella, de espaldas, mirando por la ventana. Se gira lentamente hasta clavarle la mirada. Y es entonces cuando él pregunta:
-          Mi amor… ¿te pasa algo?
Y ella:
-          No sé. Tú sabrás.

Un minuto de silencio tenso, hasta que él dice, con ese tono impertinente que le sale tan bien:
-          Perdona, que no tengo bola de cristal. Tú me dirás…

Y entonces estalla la tormenta. A lo mejor ella tiene razón, o no, o probablemente en parte. Porque lo que para ella es importante, quizás para él sea una chorrada. Pero si él hubiera puesto atención a esa chorrada, la habría hecho muy feliz con muy poco. Y si ella no presupusiera que él tenía ganas de fastidiar y le pidiera, con serenidad, que hiciera un esfuerzo por ponerse en el lugar del otro, los dos se habrían ahorrado un mal rato. Viva la igualdad.

Hace unos días tuve la inmensa suerte de asistir a un seminario estupendo. Iba con mucha pereza y refunfuñando al pensar en el montón de trabajo que se iría acumulando mientras escuchaba una sarta de tonterías. Sin embargo, pasé dos de los mejores días del año. Sí, ya sé que el año no ha hecho más que empezar, pero probablemente será de lo mejorcito. Aprendí, una vez más, lo importante que es la escucha, no prejuzgar y el valor de la mirada. De cómo miramos al otro, al prójimo. De mirar más allá.  Durante dos días me sentí yo. Opinando en libertad, sin ser juzgada. Me sentí querida y respetada. Fue un soplo de aire fresco en medio de mi tormenta diaria. Sé que esos días estaba dentro de una burbuja, dentro de una preciosa burbuja en la que yo también me liberé de mis estúpidos prejuicios. Y entendí al otro, a mi prójimo. Y pensé, quizás inocentemente, que un mundo mejor es posible. Vislumbré la luz al final del túnel. Entendí que las tormentas, por largas que sean, al final pasan y que el mundo no se ha confabulado contra mi humilde persona. Entendí que mi ombligo no es el centro del mundo. Se trata de empezar por ahí. Y salir corriendo de las personas tóxicas. Eso no lo dijeron en el curso pero, después de hacer un trabajo de introspección, lo añado yo de mi cosecha, Así que, compañías tóxicas, me piro vampiro. Y a mi mochila tóxica le digo: «Ahí te quedas».

Claro, ahora tengo que ver cómo se hace eso de manera práctica pero, digo yo, que una vez diagnosticada la cuestión, sabré encontrar el cómo.

En fin, que estaba yo en estas meditaciones cuando mi querido y viejo Golf me ha dejado tirada. Tal cual. Pero el pobre lo ha hecho sin querer. Y como me ha pillado con un pie todavía dentro de la burbuja, no me he cabreado con el mundo ni con la Volkswagen. Le he dicho al tipo de la grúa que, por favor, lo tratara con cariño. Y con una sonrisa nostálgica en los labios, he visto cómo se iba alejando mi compañero fiel, recordando tantos momentos compartidos. Suspiro. Quizás haya llegado el momento del cambio.



Marzo 2017


viernes, 10 de febrero de 2017

CUANDO NO TE CONOCÍA


Se detuvo nerviosa ante la puerta del viejo estudio de la tía Olga. No, rectificó, de su estudio. Hacía sólo una semana, a la salida de la iglesia, un hombre que se había presentado con un fuerte apretón de manos como el abogado, le dijo así de golpe: «Su tía le ha dejado su casa, como me imagino que ya sabría… Vaya, deduzco por su cara que no lo sabía». Cuatro pares de ojos se posaron entonces sobre ella: sus padres, doña Dolores –la amiga de su tía- y su nieto Manuel. De eso hacía ya una semana.

Sabía que su tía pintaba, por supuesto. Algunos de sus cuadros decoraban las paredes de aquella casa que ahora, inesperadamente, era suya. Sin embargo, cuando había ido a visitarla, apenas había entrado en el estudio. Todos los veranos reservaba una semana para pasarla en aquel precioso rincón de Huesca, casi en la frontera con Lérida. Durante aquellos días, alejada del ruido y las prisas de la capital, disfrutaba de la compañía de su tía y recordaba especialmente las sobremesas después de la cena en el porche trasero. Y al fondo del jardín, asomaba una antigua edificación que hacía las veces de estudio.

Estaba parada, observando desde la entrada los artilugios que se amontonaban en el suelo. Botes de pintura, pinceles, cajas, lienzos, un par de caballetes... De repente había sentido un estremecimiento.
-          ¡Qué tontería! –dijo en voz alta, como queriendo ahuyentar esa sensación extraña.
Apoyó la mano en el interruptor y la enorme estancia quedó iluminada. Ahora podía ver que había  unos cuantos cuadros apoyados  contra la pared. Con determinación, se acercó y comenzó a girarlos. El primero era una pintura de una mujer joven, de espaldas, asomada a una ventana. Giró el siguiente cuadro. Esa misma mujer, con su melena clara y su cuerpo esbelto, la observaba fijamente. Había algo en su rostro que le resultaba vagamente familiar. En el siguiente cuadro la mujer miraba sonriente a un joven moreno, de aspecto taciturno. Su rostro quedaba difuminado entre el humo de un cigarrillo. Sintió un escalofrío que intentó olvidar dirigiéndose al siguiente cuadro. Ahora era él quien daba la espalda, mientras ella extendía su brazo, como intentando alcanzarlo.

¿Quiénes son? ¿Por qué su tía había dibujado a las mismas personas? Se disponía a coger otro cuadro cuando, de repente, oyó un crujido y, sobresaltada, se giró hacia la puerta. Allí, una sombra se enmarcaba bajo el arco de la entrada. Contra la oscuridad de la noche sólo distinguía con claridad la llama anaranjada de un cigarrillo. Por un momento se quedó paralizada, abrazada al lienzo.
La sombra avanzó un paso.

-          Hola Carmen. Pasaba por aquí… -comenzó a decir- y, bueno, he visto luz y…
-          ¡Por Dios, Manuel!  –exclamó elevando la voz.
-          Vaya, te he asustado. Lo siento, yo… –comenzó a disculparse.
-          ¿Es que no sabes llamar al timbre?
-          He llamado, de verdad, pero se ve que desde aquí no se oye.

Ella se quedó mirándolo.

-          ¿Qué tienes ahí? –dijo señalando el cuadro que estrechaba contra su cuerpo.
-          ¿El qué? –preguntó aturdida. Miró a donde él señalaba.
-          Ah, el cuadro. Bueno, no sé, estoy revisando las cosas de mi tía y estoy mirando sus cuadros y… -se paró en seco- ¡Y nada! ¿Por qué te tengo que dar explicaciones?
-          A ver, sé que el fin de semana pasado no empezamos con buen pie. Pero verás, es que me ha mandado mi abuela para que vengas a cenar a casa. Si te apetece, claro. -Un nuevo silencio-. Pero vamos, que si prefieres quedarte aquí sola con tus recuerdos, yo no te lo voy a impedir, no te preocupes.  

Manuel se giró, tiró la colilla hacia el jardín y la aplastó con más ímpetu del necesario.
-          ¡Espera!
Él volvió a entrar en el estudio.
-          Son cuadros que pintó mi tía. Y siempre se repiten las mismas personas ¿ves? –dijo señalando los cuadros que había ido colocando contra la pared-. Iba a darle la vuelta a éste, cuando casi me matas del susto.
Él se acercó y los observó con detenimiento.

-          Son bonitos… Transmiten… -se interrumpió buscando la palabra adecuada-. Desde luego, no te dejan indiferente. ¿Quiénes son?
-          No tengo ni idea.
-          Dale la vuelta.

Ella le miró sin entender.
-          Al que tienes ahí agarrado -señaló sonriendo.
-          Sí, claro.- Se agachó y lo colocó en el espacio que le correspondía.
Otra vez ellos. Esta vez se abrazaban con fuerza. Él seguía dando la espalda y ella tenía la cabeza ladeada. Manuel se acercó. Miró a los desconocidos y luego se quedó observando a Carmen  fijamente.
-          ¿Qué pasa? –preguntó incómoda-. ¿Por qué me miras así?

Él tardó unos segundos en contestar.
-          Amor… Eso es lo que transmiten. Y te pareces a ella.
-          ¿Pero qué dices? ¿Amor? –se giró hacia el siguiente cuadro. Otra vez les daban la espalda, la melena clara de ella y el cabello oscuro de él, con los brazos entrelazados-. Date la vuelta.
-          ¿Que me dé la vuelta? –preguntó elevando una ceja.
-          Sí, por favor.

Él obedeció rechistando. Carmen observó los cuadros una vez más, dirigió su mirada a la espalda de Manuel y permaneció en silencio durante un rato.
-          Amor… Esto lo has preparado tú ¿no?
-          ¿Que he preparado el qué? –preguntó mirándola extrañado, hasta que entendió lo que quería decir-. No digas tonterías. He estado toda la semana en Huesca, acabo de llegar.

La luz comenzó a parpadear.
-          Hay que cambiar esa bombilla… Bueno, entonces ¿aceptas la invitación para cenar? La invitación de mi abuela, quiero decir –dijo riéndose.
-          Claro, no le voy a hacer un feo a Dolores.
-          Y a lo mejor, mañana te invito yo y así podemos intentar averiguar quiénes son estos dos.

Ella se detuvo intentando girar la cerradura que se resistía.
-          A lo mejor –dijo dándole la espalda para que no viera su sonrisa.


Febrero 2017


sábado, 28 de enero de 2017

COSAS QUE HE LEÍDO


Desde hace unos días me he topado en la prensa en varias ocasiones con un palabro nuevo, de esos políticamente correctos que de repente hacen furor. No se sabe por qué, todo el mundo lo empieza a usar y si no lo haces parece que eres de otra galaxia. Zona segura. Que ustedes dirán «pues no es un palabro nuevo». Y así de primeras no lo parece. Pero se engañan. Porque lo que sí es nuevo es el enorme contenido que ocultan dos simples palabritas. Con zona segura se refieren ahora algunas universidades de Estados Unidos y el Reino Unido a un espacio que se reserva a ser muuuuy políticamente correcto. Donde debes medir muy bien tus palabras antes de abrir la boca, porque todo lo que digas puede ser usado en tu contra. Un estrés, vamos. Pues por lo visto son espacios en las universidades donde se pretende que los gays y transexuales estén tranquilos y nadie se meta con ellos. Y yo me pregunto, sorprendida, ¿pero de verdad eso pasa? ¿Es necesario habilitar espacios especiales?

Por lo visto, varias universidades españolas están recibiendo un cuestionario de algunas universidades yanquis en las que preguntan si la institución tiene habilitadas zonas seguras, baños para transexuales, baños mixtos y demás chorradas. Yo trabajo en una universidad y puedo asegurar que no se discrimina a nadie por su sexo, raza, religión o creencias. Y me cuesta imaginar que no sea igual en cualquier universidad europea. Vale que siempre hay algún cafre pero ¿de verdad es necesario llevar tatuado en la frente a quién quieres o dejas de querer?

También leo que en un instituto de Filosofía y estudios orientales de una universidad de Londres un grupo de alumnos ha solicitado que se elimine del temario a los filósofos blancos, porque es discriminador. O sea, que Sócrates, Platón, Aristóteles y demás amigos son una panda de indeseables y no tienen nada que contarnos. Yo me empecé a reír cuando lo leí. Y casi acabo llorando cuando la noticia termina diciendo que lo están estudiando. No puede ser… vuelvo a leer… pues parece que puede ser… Pero ¿nos hemos vuelto locos?

Reflexionando perpleja sobre estos temas que parece que el sol deba girar en torno a ellos para evitar un cataclismo mundial, comienzo a perder mi paz interior. Menos mal que, providencialmente, cae en mis manos un artículo de Enrique Rojas titulado «Cómo potenciar la inteligencia». Ni qué decir tiene que me lo leo de cabo a rabo y mi paz interior se va reequilibrando poco a poco. Y ya terminamos de solucionarlo con la lectura de otro artículo, «El síndrome de Afrodita».

Reproduzco a continuación un párrafo:

«¿Qué es lo que sugiero? Que esa mujer, viendo cómo están las cosas y siendo realista, plantee su vida al margen de la posibilidad de encontrar un hombre, centrándose en su trabajo, en la amistad, en la cultura, en la espiritualidad… que deje de ser una prioridad encontrar un hombre, ya que eso puede convertirse en obsesivo y esto puede destruir a una mujer. Es una pena que hablar así, pero son los tiempos que corren, es un signo de nuestros días».

¿Una pena?... ¡Qué pena! Paz interior recuperada casi al cien por cien. Me leo el pasaje del Evangelio de hoy, las bienaventuranzas, y ahora… ¡sí!! Paz interior recuperada al cien por cien. ¡Prueba superada!



Enero 2017

viernes, 23 de diciembre de 2016

¡¡FELIZ NAVIDAD!!!!


José alzó la mirada al cielo, preocupado. La noche se acercaba y ya brillaban las primeras estrellas. Había una que brillaba con más intensidad, una estrella desconocida. Era extraño. Parecía como si llevara todo el día persiguiéndolos. O quizás guiándolos. Movió la cabeza como queriendo apartar esa idea absurda de su cabeza. Y siguió caminando, a la vez que tiraba con suavidad de la mula. Se giró un momento y su mirada acarició el rostro dulce de María. No se había quejado ni una sola vez. Él sonrió, intentando disimular su preocupación. Sabía que el momento se acercaba. Había perdido la cuenta de las puertas a las que había llamado pidiendo cobijo para esa noche. Pero ninguna se había abierto para acogerles.

De pronto, la estrella extraña se hizo más brillante, o eso le pareció. Se había detenido justo encima de otra puerta. Una casa sencilla. «No puedo perder nada por volver a intentarlo. María necesita descansar» pensó. José era un hombre de fe, había superado muchos momentos difíciles y no se iba a rendir ahora, cuando ella más le necesitaba.

Levantó la mano y antes de llegar a golpearla, la puerta se abrió. La sombra de una mujer de mediana edad se proyectó sobre el suelo.

-          ¿Qué deseas? –preguntó con amabilidad.

-          Buscamos un lugar para pasar la noche. Mi esposa necesita descansar. ¿Tendrías lugar para nosotros? Puedo pagarte… por favor…

-          El niño está en camino –dijo observándola.

-          No causaremos problemas.

-          En mi casa no hay sitio. Se alojan unos parientes pero ¡espera! –se apresuró a decir al ver que el hombre se giraba para marchar. –Puedo ofreceros lo que tengo, un pesebre. No es el mejor lugar pero la paja está limpia y el buey os dará calor. Es muy viejo e inofensivo. Se alegrará de tener compañía –añadió sonriendo.

José y María miraron hacia el lugar que les indicaba la mujer. Efectivamente no era el mejor alojamiento pero la noche ya estaba encima. José miró a María y ésta asintió.

-          Te lo agradecemos. Para una noche es suficiente.

-          Id a instalaros y ahora os llevaré algo de comer.

La estrella seguía detenida sobre el pesebre. Era ya como una vieja amiga y José sintió una gran paz. Ayudó con cuidado a descender a María. El buey, que dormitaba al fondo del pesebre, se desperezó al verlos llegar. Se acomodaron y aquel lugar cálido, iluminado por la estrella, les pareció un lugar precioso después del largo día. Y muy poco después llegó el Niño. Un niño que cambiaría la Historia y se quedaría para siempre. Él puede convertir en posibles las historias más imposibles.

¡FELIZ NAVIDAD!!!

24 diciembre 2016

martes, 6 de diciembre de 2016

A UN DESCONOCIDO


Sonaba una música de fondo que la muchedumbre coreaba. Miles de personas caminaban por la gran avenida entre banderas y pancartas. Más parecía una fiesta que una manifestación. Grupos de amigos y familias se iban uniendo desde las calles aledañas que desembocaban en la avenida principal. Clara, su hermana Carmen y dos amigos habían decidido acercarse. Una decisión de último momento pero allí estaban. Avanzaban entre la multitud y, de vez en cuando, comentaban entre ellos algo que les había llamado la atención.

-          ¿Aquel de allí no es Luis Tudela? –preguntó Javier, el más alto de los dos.

-          ¿Dónde? –dijo Fernando estirando el cuello.

-          Sí, hombre, allí –dijo señalando hacia un punto indefinido entre la multitud-. Debajo de la bandera aquella enorme.

-          Ah, sí. Pues desde aquí no te sabría decir… Podría ser, sí –añadió estirando aún más el cuello.

-          ¿Quién es Luis Tudela? –quiso saber Carmen.

-          Un compañero del colegio. No lo conocéis.

-          Pues desde aquí no os va a ver.

-          La verdad es que es raro que no nos hayamos encontrado todavía con nadie. Es curioso, pero en las manifestaciones, a pesar del gentío, siempre acabamos viendo a un montón de gente conocida –añadió Clara-. Y eso es parte del encanto de las manifestaciones, que ves a gente que no veías hacía mucho tiempo y acabamos por ahí de cañas recordando batallitas.

Siguieron caminado un tramo en silencio, entre el bullicio.

-          Estaba pensando… ¿qué os parece si nos quedamos a un lado? En el lateral de la avenida a partir de este punto hay una especie de pequeña ladera y desde ahí podemos ver pasar a la gente –sugirió Javier.

Los cuatro amigos se miraron y asintieron a la vez. Javier fue abriendo paso, mientras los otros le seguían en fila. Sin demasiada dificultad llegaron al punto que éste había señalado. Efectivamente, en el lado derecho de la avenida discurría paralela una zona ajardinada que se elevaba ligeramente hasta formar una especie de repisa, sobre la que se situaron. Desde ese punto se podía apreciar claramente la riada de gente, las pancartas y las banderas. Los cuatro observaban sonrientes, contagiados del ambiente festivo. Las dos hermanas se balanceaban suavemente al ritmo de la música hasta que de pronto… fue como si la música se hubiera detenido. Clara se quedó inmóvil. Contuvo la respiración, como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. A la cabecera de una de las pancartas iba él, un absoluto desconocido pero… ¡qué sensación tan rara! Era como si lo conociera, aunque estaba segura de no haberlo visto nunca antes. Aquel joven alto, con el cabello claro y ligeramente largo… No podía ser….

-          Pero ¿estoy idiota o qué me pasa? Es como si me hubiera flechado de repente de un tipo que veo allá a lo lejos… -pensó, a la vez que instintivamente se cambiaba de sitio y se ponía en un extremo, al lado de Carmen, como si no quisiera que él pudiera pensar que uno de los dos podía ser su novio.

Entonces él giró de pronto la cabeza y se quedó mirándola, al mismo tiempo que enmudecía una consigna que pocos segundos antes había empezado a corear. Sus miradas se cruzaron y se quedaron clavadas unos segundos, unos minutos tal vez. Porque el ralentizó el paso, obligando a todos los que transportaban la pancarta a aminorar el ritmo.

-          ¿Qué pasa, Clara? –preguntó su hermana, al ver su expresión.
-          No sé –logró balbucir-. ¿Lo ves? ¿El chico alto de la pancarta?

Carmen miró hacia donde intuyó que su hermana miraba y enseguida entendió de quién hablaba.

-          ¿El que te está mirando? ¿Lo conoces?
-          No… -susurró mientras veía cómo se alejaba inexorablemente. Todavía él giró la cabeza un par de veces y sus miradas volvieron a encontrarse hasta que se perdió entre la multitud, dejándola con una sensación de vacío.
-          ¿Qué ha pasado?
-          No lo sé, una cosa extrañísima. Es como si me hubiera enamorado en cinco segundos de alguien que no conozco y a quien nunca conoceré…

Carmen la miró con cara rara un momento, luego se quedó pensativa y exclamó:

-          ¡Baudelaire!
-          ¿Cómo?
-          Bueno, a lo mejor no es tan raro. A Baudelaire le pasó.

Ahora era Clara quien la miraba extrañada.

-          No entiendo nada.
-          ¿No conoces el poema de Baudelaire?

Su hermana negó con la cabeza.

-          A una transeúnte, se llama. Dice algo así:

La calle aturdidora en torno de mí aullaba.
alta, fina, de luto dolor majestuoso,
una mujer pasó que con gesto fastuoso
recogía las blondas que su andar balanceaba.

Ágil y noble, con sus piernas de escultura.
Por mi parte bebí, como un loco crispado
en su pupila, cielo de huracán preñado,
placer mortal y a un tiempo fascinante dulzura.

¡Un relámpago…y noche! Fugitiva beldad
cuya mirada me ha vuelto de golpe renacer.
¿No he de volver a verte sino en la eternidad?

¡Lejos de aquí! ¡O muy tarde! ¡O jamás ha de ser!
Pues donde voy no sabes, yo ignoro adónde huiste.
¡Tú, a quien yo hubiese amado, tú, que lo comprendiste!


-          Te ha pasado lo mismo que le pasó a Baudelaire... Al chico de la pancarta también le ha pasado.

Clara permaneció en silencio unos instantes, asimilando los versos que su hermana acaba de recitar.

-          ¿Por qué dices que también le ha pasado?
-          Por cómo te miraba… Él lo supo, como la transeúnte.
-          ¿Y ahora qué?
-          Ahora nada, me temo. Otra de tus historias imposibles. A lo mejor te puede servir de inspiración.
-          ¿Te puedo decir una tontería?
-          ¡Dispara! –dijo entre risas.
-          ¿Sabes que me reconfortan mucho esos versos? ¿Me los puedes volver a repetir?

Carmen comenzó a recitarlos hasta que la voz de Fernando la interrumpió:

-          Baudelaire ¿no?
-          ¿Conoces el poema?
-          Sí… -y añadió mirando al suelo-. No os lo vais a creer, pero a mí me pasó una vez.
-          ¿Ah sí? –exclamó Carmen, burlona-. Cuenta, cuenta…

De pronto, Javier levantó la mano a la vez que exclamaba:

-          ¡Mira! Es Luis Tudela. Nos hace señas para que vayamos. Vamos, chicas, que os va a caer bien y es la hora del aperitivo.

Efectivamente, acabaron tomando cañas y rememorando batallitas. Incluso Fernando, en un aparte, se armó de valor y relató la historia de su transeúnte a las chicas. Y del desconocido nunca más se supo.



Diciembre 2016

viernes, 25 de noviembre de 2016

SI... KIPLING Y UNOS VERSOS IMPOSIBLES


¿Por qué será…? Que desde ayer me persiguen los versos del famoso poema de Kipling, If, y hoy va y me salta el mensajito del facebook de que tienes un recuerdo. Voy a ver el recuerdo y resulta que es una entrada del blog que publiqué hace un año. Y en esa entrada mencionaba, precisamente, el poema de Kipling. Ya estamos con las casualidades dichosas…

Así que releo los versos por enésima vez y algunos encajan con cómo me siento hoy. Eso no es casualidad. Son muchos versos, así que entra dentro de lo normal que alguno se adapte a mí. O a cualquiera de nosotros.

Si tienes en ti mismo una fe que te niegan

Y no desprecias nunca las dudas que ellos tengan.

Si esperas en tu puesto sin fatiga en la espera;

Si engañado, no engañas; (…)


A pesar de que algunos de mis principios puedan ser discutidos por el pensamiento único, sigo fiel a ellos. Aunque me puedan suponer situaciones complicadas. Aunque haya quien me mire por encima del hombro, con aire de superioridad moral.


Si sueñas y los sueños no te hacen su esclavo;

Si piensas y rechazas lo que piensas en vano.

Bueno, esto ya es más complicado, lo confieso. No he perdido la mala costumbre de soñar despierta, aunque es cierto que cada vez menos. La vida te vuelve realista. Y los pajaritos cada vez son menos. Pero ahí están, de vez en cuando los oigo piar y me uno con entusiasmo a su coro. Hasta que una voz sube por encima de los piopíos y me dice que ya vale, aterriza guapa. Y yo obediente aterrizo. En esos casos –no falla- suelo correr al ordenador y me pongo a escribir lo primero que se me pasa por la cabeza. Como ahora. ¡Es una liberación con la que disfruto tanto!


Si llenas el minuto inexorable y cierto

De sesenta segundos que te lleven al cielo…

Lo que yo decía. Un minuto de felicidad, el cielo, la cabeza en las nubes… esos sesenta segundos  metafóricos que van llenando una vida. Pero estos «si» encadenados me llevan a revivir situaciones que quizás habría cambiado. Y añado por mi cuenta un interrogante ¿Y si en vez de…? Lo cual no es inteligente, porque el pasado está donde tiene que estar. Y no se puede cambiar. Pero a veces, los sueños me hacen su esclava... Hasta que el móvil vibra y regreso a la tierra. Y ahí estoy un rato tranquilita hasta que otro «si» me vuelve a perseguir y me lanza hacia el cielo en busca de un sueño imposible.



Noviembre 2016