sábado, 23 de junio de 2018

UN SEMÁFORO EN ROJO


Paseo por la playa solitaria. Me detengo para contemplar la puesta de sol. Y me quedo allí clavada, observando cómo la raya del horizonte se traga la bola casi roja en unos pocos segundos. Miro a mi alrededor y suelto una carcajada. ¿Qué demonios hago allí? Me ha dado de repente, así, casi sin pensarlo he metido cuatro cosas en una bolsa y he cogido el coche hasta que he llegado al mar. He huido del asfalto, del gris que lo envuelve todo y del ruido, pero mis fantasmas y mis pensamientos siguen conmigo. No he logrado esquivarlos. Me recuerda a aquella película en la que, casi en la escena final, cuando el protagonista recibe el premio Nobel como reconocimiento a su genialidad matemática, allí siguen sus cuatro fantasmas. A pesar de todos sus magníficos logros y su inteligencia privilegiada, no ha conseguido huir de ellos. Pero sí ha conseguido ignorarlos y seguir adelante, brillantemente además, porque sabe que sólo existen en su mente. Por muy reales que parezcan, ha entendido que no lo son. Así que me imagino que mis fantasmas me acompañarán siempre. Simplemente se trata de ignorarlos. Simplemente.

El día es fresco y sólo me cruzo con un par de jóvenes paseando a un perro y con un grupo de corredores. Todavía quedan casi dos meses para que llegue el verano y la playa se llene de gente. Empieza a oscurecer y mis fantasmas y yo emprendemos el camino de regreso al coche. Tengo que buscar una habitación para pasar la noche. No debería haber ningún problema en esta época del año. Conozco el hotel del pueblo. He estado en un par de ocasiones. Sencillo, limpio. El típico hotel de playa sin grandes pretensiones. Por un momento me invade la intranquilidad. ¿Y si está cerrado? ¿Y si hay una boda y no hay sitio? ¿Cómo se me ha ocurrido venir hasta aquí de repente? Si yo nunca hago estas cosas… Me voy acercando y lo veo a lo lejos. Hay luz. ¡Está abierto! Respiro. Y aparco casi en la puerta. Así que no hay ninguna boda.

Bajo del coche con mi bolsa al hombro y llego hasta la recepción.

-          ¿Tiene reserva? –me pregunta con cierta brusquedad una mujer de edad indefinida.

-          No, no tengo. Pero hay habitaciones libres ¿no?

Tuerce la boca, consulta el ordenador, toca varias teclas y yo contengo la respiración.

-          Sí, tenemos todavía alguna habitación libre.

¿Todavía? Miro alrededor y no veo ni un alma.

-          Menos mal. Qué suerte he tenido –contesto con un tono un tanto impertinente. Que no sé por qué me ha salido así, pero es que la tipa esta parece tonta. Que yo entiendo que se tenga que hacer la interesante para hacerme creer que el hotel está de bote en bote pero en fin…

Con la llave en la mano me dirijo al ascensor, que se abre en ese momento para dejar salir a un matrimonio joven con dos niños pequeños. Me saludan amables. Qué poco cuesta ofrecer una sonrisa y cuánto se agradece. Llego a la habitación, dejo la bolsa encima de la cama y vuelvo a salir. A cinco minutos a pie había un acogedor restaurante italiano que me gustaba. Y efectivamente allí sigue. Aquí nadie me pregunta con tono impertinente si tengo reserva. Mientras saboreo un excelente vino rosado con una dosis justa de pequeñas burbujas, me recreo pensando en que tengo el día siguiente entero para mí solita. Y así fue. Después de dormir como un angelito casi nueve horas seguidas –un placer que casi había olvidado- disfruté del mar, del vermut en una terraza, una siesta sobre la arena y una misa marinera en la pequeña iglesia blanca del pueblo.


El domingo salí del hotel cargada de energía y dispuesta a saborear de mis últimas horas junto al Mediterráneo. Me descalcé al llegar junto a la orilla y emprendí la marcha a buen paso. El sol brillaba, aunque de vez en cuando las nubes lo tapaban y se iba el calor, recordando que estábamos en abril.  Me crucé con el matrimonio y los niños del ascensor, los cuatro felices de la mano, cantando y saltando. Y de pronto, como una nube más, mis fantasmas hicieron acto de presencia. Me empezó a invadir la nostalgia. Y entonces me acordé de él, y del otro él y otro más. Mis tres él me hicieron preguntarme «¿Cómo hubiera sido tu vida si…?». La eterna cuestión. Allí tenía a mis tres fantasmas dispuestos a amargarme la mañana. Sin darme cuenta, había ido aumentando la velocidad hasta echar a correr. Empezó a faltarme el aliento y frené en seco. De pronto, un perro me adelantó corriendo y también frenó, a pocos metros de mí. Se giró y me miró, con la lengua fuera. Miré detrás, buscando al dueño, pero no había nadie. El perro se acercó. No era muy grande, con manchas blancas y negras y me miró con sus ojos muy abiertos, como queriéndome decir algo.

-          Ahora que te veo bien, no llevas collar. Así que no tienes dueño. Pobrecito –le dije en voz alta-. O no pobrecito. Porque hay cada dueño… Seguro que te lo pasas fenomenal haciendo lo que quieres.

Seguí mi camino, ya recuperada de la carrera, y el perro se colocó a mi lado. Me detuve.

-          Vete –exclamé levantando el brazo-. ¡Vete!

Pero no, no se movía. Hasta que yo volví a caminar y entonces él también, a mi lado, moviendo el rabo.

-          Vaya, hombre –mascullé-. ¿Ahora me quieres adoptar? Pues te has equivocado. Yo me vuelvo a Madrid en dos horas.

Continué mi paseo hasta el final de la playa y retrocedí sobre mis pasos, camino del chiringuito donde pensaba comer algo antes de emprender el viaje de regreso. Y el perro conmigo. En un par de ocasiones intenté que se despegara de mí.

-          Lo llevas claro, chaval. Deja de mirarme con esos ojos lastimeros que conmigo no tienes nada que hacer. Pero ¿sabes una cosa? Tengo que agradecerte que me has tenido entretenida y has hecho que mis fantasmas desaparezcan. Se han esfumado.

El perro respondió a mi sonrisa con un par de ladridos amigables, moviendo aún más el rabo. Llegué, o sea llegamos, al chiringuito y me senté en la mesa más próxima al mar. Había gente tomando el aperitivo, la justa para sentirte acompañado, sin multitudes. Lobi –sí, ya tenía nombre, parecía un lobito, pues Lobi- se sentó a mis pies. Suspiré y le miré con resignación. Se acercó el camarero.

-          El perro no puede estar aquí.

Lo que me faltaba.

-          No es mi perro. Me está siguiendo. Y en cualquier caso, estamos en la calle, y estoy en la mesa más apartada. No molesta a nadie ¿no?

-          De acuerdo. Pero que no se mueva de ahí –respondió a la vez que encogía los hombros-. ¿Qué va a ser?

Pensé que el pobre Lobi tendría hambre y ya que iba a dejarlo allí, al menos podría dejarlo alimentado. «Pescado no comerán los perros ¿no?». Pedí un par de tapas para mí y un filete para Lobi. Cuando llegó el plato con la carne, con disimulo le fui dejando trozos a mis pies. Se lo comió todo.

-          No tienes demasiado mal aspecto. Aunque no entiendo nada de perros, probablemente no hará mucho que te habrán abandonado. Me imagino que por eso buscas compañía ¿no? –le dije inclinándome hacia él desde la silla. E incluso le acaricié la cabeza. Y él me lamió la mano-. No te encariñes conmigo, Lobi, siempre salgo huyendo.

Terminé de comer y me dirigí al coche. El perro seguía trotando alegremente junto a mí. Abrí la puerta del coche, me senté y bajé la ventanilla. Lobi empezó a ladrar lastimeramente.

-          Ya está bien. Aquí es cuando tú y yo nos separamos- le dije a la vez que lo ponía en marcha.

 Arranqué. Podía ver por el retrovisor cómo corría detrás. Y el semáforo se puso en rojo. Comenzó a arañar la puerta con desesperación. Tardé cinco segundos en tomar la decisión. Me bajé, abrí el maletero, cogí la toalla de la playa y la puse en el asiento de atrás. Abrí la puerta. Me miró con sus ojos grandes y de un salto se colocó encima de la toalla. «¿Qué demonios estoy haciendo?». Pero ya estaba decidido. No podía abandonarle. No a alguien que me miraba como si toda su vida dependiera de mí. Volví a arrancar el coche y suspirando conecté el manos libres. Me di la vuelta y nuestras miradas se cruzaron. Entonces apoyó la cabeza entre las patas y cerró confiado los ojos. Llamé a mi amiga Marta para que me diera instrucciones de qué hacer con mi nuevo acompañante.



Junio 2018


domingo, 20 de mayo de 2018

CARIÑO, HE VUELTO


-          ¿Volverás?- le pregunté.

Se giró desde la puerta y me miró. Me sostuvo la mirada durante unos segundos. Yo aguanté y alcé un poco la barbilla, casi instintivamente, como queriendo retarle, hasta que apartó la mirada y se volvió a girar. Lo único que oí fue un suspiro a través de la puerta que cerró con cuidado, como hacía siempre. Yo también suspiré. Me quedé allí parada, inmóvil, con los ojos fijos en la cerradura, por si se movía. Pero no se movió. Volví a suspirar, esta vez más fuerte. Y el sonido de mi propio suspiro me sacó de mi ensimismamiento.

Avancé por el pasillo sin ganas, arrastrando los pies. Me asomé al balcón y todavía alcancé a ver su espalda antes de perderse tras la esquina de la calle. Me quedo allí todavía unos minutos, viendo la gente pasar. Cierro los ojos y me dejo abrazar por el sol hasta que el claxon de un coche rompe la magia del momento. Con pereza entro en el salón y una lucecita parpadeante llama mi atención. Es hora de ponerse a trabajar. Me siento frente al ordenador. Allí sigue el artículo a medio hacer que me espera. Leo lo que escribí ayer. «No está mal», pienso. Mis manos rozan el teclado pero mi mente está en blanco. Aparto la vista de la pantalla fría y giro la cabeza hacia la estantería llena de libros, buscando inspiración. De repente, algo llama mi atención. Dentro del orden perfecto de los libros sobresale un álbum de fotos. Me incorporo y me agacho. Él ha debido de coger ese álbum. Lo ha estado mirando antes de marcharse. Tiro de él con cuidado.

Me siento en el suelo con el álbum en mi regazo y empiezo a pasar páginas, deteniéndome en algunas y sonrío con nostalgia. Son fotos de hace años, de cuando nos conocimos. Qué jóvenes éramos. Mirábamos a la cámara y reíamos abiertamente, con la fuerza de la juventud que tiene toda una vida por delante llena de sueños. Veo rostros que casi he olvidado, amigos que el tiempo ha ido borrando de nuestro camino. Otros siguen y sé, o intuyo, que seguirán acompañándome siempre. Un ticket viejo de autobús, la entrada de un cine y una servilleta arrugada en la que escribiste incipientes palabras de amor. Nuestro primer viaje juntos, un folleto de una ruta turística y una postal con un paisaje de ensueño.

Dejo el álbum en su sitio, con cuidado, sin que sobresalga, manteniendo la simetría perfecta de mi colección de libros. Me levanto de un salto y me abalanzo sobre el teclado del ordenador. Mis manos han cobrado vida propia y la inspiración ha vuelto a mí. Casi sin pensar, las palabras van saliendo una detrás de otra y encontrando su orden perfecto, formando frases llenas de emoción. De pronto, oigo el chasquido característico de la cerradura, que siempre se encalla. «Hay que llamar al cerrajero», pienso por enésima vez. Con sobresalto me doy la vuelta y te adivino al fondo del pasillo. Oigo tus pasos que se acercan. Te quedas junto a la puerta del salón, mirándome con esa mirada tuya.

-          ¿Has vuelto? … ¡Has vuelto! –exclamo alborozada.

-          Cariño, que la panadería está aquí al lado –responde agitando una barra recién horneada. Su aroma delicioso llega hasta mí y me recuerda que todavía no he desayunado-. Bueno, he tardado un poco más porque me he parado a tomar un café, mientras leía el periódico.

Mis labios dibujan una gran sonrisa.

-          ¿Qué llevas ahí detrás? –pregunto señalando su brazo izquierdo que queda oculto tras la puerta.

-          Adivínalo –me reta guiñando un ojo.

Me incorporo despacio y, sin prisa, llego junto a él. Tiro del brazo y aparece un ramo de flores.

-          Para ti –me dice.

-          ¿De verdad? ¿Para mí?

-          A ver, preciosa. Un día de estos me vas a volver loco. Ya me he dado cuenta de que te estabas montando la película de turno. ¿No podías trabajar en una oficina como todo el mundo en vez de ser escritora?

Yo no sé qué responder. Me quedo allí parada, con el ramo entre mis manos, mirándole con los ojos entornados y una media sonrisa. Se inclina hacia mí y me da un beso en la punta de la nariz.

-          Voy a preparar el café. Porque no has desayunado, claro. Dame las flores que las pongo en agua. Tú sigue escribiendo y te aviso.

Continuo donde lo dejé. La musa sigue junto a mí.

-          Pues funciona ¿sabes? –grito para que me oiga desde la cocina, mientras sigo escribiendo a toda velocidad-. Mis películas funcionan.

Unos minutos después me llega el aroma evocador del café y el silbido de Fernando.



Mayo 2018

sábado, 28 de abril de 2018

ROSAS EN ABRIL




Llego a casa, un poco acalorada después de subir a pie los tres pisos. Nunca me he fiado del ascensor. Emite sonidos poco tranquilizadores. Y además es más lento que yo. Fernando se ríe cuando me ve con la lengua fuera, esperándole frente a la puerta de nuestra casa. Él coge el ascensor y yo subo a todo correr los tres pisos. Y suelo llegar la primera. Hace sólo unos meses que vivimos aquí, o sea, hace sólo unos meses que nos casamos. A pesar de que el ambiente en las calles de Madrid se hace cada vez más irrespirable y a veces me sorprendo, a plena luz del día, mirando con desconfianza y miedo a mi alrededor, yo intento seguir haciendo mi vida normal.

Me detengo a tomar aire, mientras busco en el bolso las llaves. «Qué raro», pienso al abrir la puerta. El sombrero de Fernando está en el perchero de la entrada. Demasiado pronto para que haya llegado a casa. Pero si está el sombrero, está él.

-          ¿Fernando? –pregunto al aire recorriendo el pasillo que desemboca en el salón-. ¿Fernando? –repito intentando elevar un poco la voz.

Sin embargo, por algún motivo que desconozco, mi voz es poco más que un susurro. Hay un ambiente opresor, algo sorprendente en mi queridísima casa, esa que he ido decorando con tanta ilusión estos meses. Mi santuario, mi remanso de paz, mi hogar feliz contigo. De repente hay algo que no debería estar aquí. Llego al salón y te veo. Estás asomado a la ventana, fumando, y no te das la vuelta. Un escalofrío me recorre el cuerpo.


-          ¿Fernando? –digo por tercera vez desde la puerta. Y me quedo allí clavada, sin poder dar un paso más, como si las piernas no me quisieran obedecer.

Te giras lentamente. Mi estómago se sigue encogiendo lleno de mariposas cada vez que te veo. A pesar de no ser más alto de la media, tu porte siempre ha hecho que parezcas más alto. Tu pelo negro habitualmente peinado hacia atrás, impecable, fijado con un montón de gomina, está hoy diferente, casi despeinado. De hecho todo tú pareces diferente. Me dedicas una sonrisa, débil, pero que aun así es capaz de alcanzar tus ojos e iluminar tu rostro. Tú tampoco te mueves. Te quedas allí, apoyado contra la ventana.

-          ¿Te has vuelto loco? ¿Qué haces con esa camisa azul? –exclamo agitando mis manos hacia él-. Si te ven los del Frente…

-          No voy a salir de casa con ella –dices interrumpiéndome-. Sólo me la quería probar.

-          ¿Por qué? ¿Qué razón hay para que la quieras probar?

-          ¿Tiene que haber una razón? –pregunta nervioso mirando al suelo.

-          ¡Por supuesto! Ni siquiera sabía que la tenías –me detengo unos segundos observándole con atención-. La verdad es que estás guapo, te queda bien.

Da un paso y aplasta la colilla contra un cenicero. Y se queda observando el humo que lentamente se cuela por la ventana. Hasta que por fin levanta la cabeza y me mira fijamente, con intensidad.

-          Nena, tenemos que hablar.

No me ha gustado nada ese tono. Es de tenemos que hablar no presagia nada bueno. ¿Hay otra? No, qué tontería. Ese pensamiento cruza mi mente sólo unas décimas de segundo y desaparece con la misma velocidad.

-          ¿Qué ha pasado? –acierto a preguntar, sintiendo que la garganta se me seca.

-          A ti no te puedo engañar. Eras demasiado lista, lo averiguarías todo. Además, eres mi mujer y no quiero ocultarte nada. Pero tampoco te lo puedo contar todo.

-          ¿De qué estás hablando?

-          Vamos a sentarnos ¿sí?

Y sentados en el sofá, el uno junto al otro, con mis manos entre las tuyas, me van llegando  palabras que no quiero oír. Como si de un sueño se tratara, me llegan retazos de tu discurso. Plan. Liberación. José Antonio. Alicante. Prisión. Hasta que de repente, ese torrente de palabras encajan como en un rompecabezas y el sol se abre paso entre la niebla que por unos minutos ha bloqueado mi cerebro.

-          ¿Pero te has vuelto totalmente loco? –acierto a balbucear.

Grito, lloro, suelto mis manos de entre tus manos, te alejo de mí, golpeo tu pecho con rabia.

-          ¡Entiéndelo, por favor! Es mi amigo. Tenemos que hacer algo, si no lo matarán. Si no supiera que hay muchas posibilidades de éxito no lo haría.

Seco mis lágrimas y miro hacia la ventana. Sigue luciendo el sol en esta mañana de julio.

-          Así que tú y tus amigos os ponéis la camisa azul, os vais a Alicante, os infiltráis en la cárcel, liberáis a José Antonio y a no sé quién más y os volvéis a Madrid, así, tan ricamente, como quien va de excursión –suelto de carrerilla.

Le miro sin entender. Pero parece que lo he entendido. Sólo me he equivocado en lo de volver a Madrid. A dónde se marchan después de la excursión a Alicante es algo que, por lo visto, no me puede decir. Por lo visto, cuanto menos sepa mejor, por mi seguridad. ¿Por mi seguridad? ¿Pero has pensado en mí en algún momento de toda la película esta?

-          Si las cosas se ponen feas, vete a casa de tu hermano. Él está bien relacionado con todo el mundo que cuenta. Con él estarás segura.

Me atrajo hacia él y yo le golpeé el pecho con rabia hasta que no tuve más fuerzas. A la mañana siguiente, cuando los primeros rayos de sol empezaban a entrar por la ventana, acompañé a Fernando hasta la puerta. Me abracé a él, con desesperación al principio. Luego me abandoné entre sus brazos, sus besos y sus caricias. Y ese abrazo, nuestro abrazo, fue el abrazo más bonito de la historia de los abrazos.

-          Volveré, nena –me susurró al oído-. Cuando desesperes piensa en mí, intensamente, y sabrás que yo sigo en este mundo y que volveré junto a ti. No lo olvides.

No lo consiguieron. A José Antonio lo mataron unos meses después. Y de Fernando no supe nada. Pasaba el tiempo sin saber si estaba vivo o muerto.

Durante mucho tiempo le odié. Y ese odio me ayudó a mantenerme viva. En abril del 37, el día de mi cumpleaños, recibí un ramo de rosas rojas. Sin tarjeta. Yo sabía que era de él. Entonces mi odio dejó paso a la esperanza. Otro año pasó. En abril del 38 volví a recibir el ramo anónimo. Y eso me ayudó a soportar el vacío y el más duro de los inviernos. En abril del 39 el ramo de rosas rojas me lo trajo él. Volvía junto a mí, esta vez para siempre.



Abril 2018

sábado, 7 de abril de 2018

EL CHICO SIN NOMBRE


Todo empezó en ese momento. Te miré, me miraste y el mundo se detuvo. Unos segundos. Es increíble cómo unos pocos segundos bastan para cambiarte la vida entera. Empecé a mirar nerviosa a mi alrededor. Me giré. Quizás había alguna mujer estupenda detrás y yo me estaba equivocando. No había nadie detrás, sólo un camarero gordo con bigote y no creo que le miraras a él, no. Respiré hondo y me volví a girar. Seguías allí, no eras un espejismo. Entonces sonreíste y sentí un nudo en el estómago. Esas molestas maripositas que de repente no te dejan respirar. Hacía mucho que no me visitaban, pero era capaz de reconocerlas perfectamente. Es como montar en bicicleta. Por mucho tiempo que pase, no se olvida. Las maripositas tampoco. Llevaban años reposando en el fondo de mi estómago y de pronto habían vuelto a la vida. Me las imaginaba de todos los colores, revoloteando alegremente. Se me secó la boca y no pude contestar a tu sonrisa. Claro síntoma de falta de entrenamiento.

-          Marta… ¡Marta! ¿Me quieres hacer caso? 

Mi amiga me tiró de la manga para captar mi atención. Y la captó, claro. Había debido de estar contándome algo y no me había enterado. Aterricé y la miré.

-          Si, perdóname. ¿Decías?

-          ¿Cómo que decías? ¿Se puede saber dónde estabas?

Di un trago a mi refresco. En ese momento se nos unió Patricia, que llegaba casi sin respiración.

-          Chicas, disculpad el retraso. Me ha llamado mi madre justo cuando estaba saliendo y se ha alargado la conversación –dijo mientras nos daba un par de besos-. ¿Me he perdido algo? Voy a pedir una cerveza.

Le cedí mi sitio y me quedé de espaldas al chico de la sonrisa. Llamó al camarero y, unos instantes después, ya con la cerveza en la mano, se giró y se apoyó contra la barra. De repente sonrió y levantó el brazo como saludando a alguien. Me di la vuelta y vi que el amigo del chico de la sonrisa también levantaba el brazo. Los dos comenzaron a acercarse.

-          ¿Quién es? –pregunté nerviosa en voz baja.

-          Es Paco, un compañero del trabajo. Muy simpático y soltero, por cierto. El otro ni idea –le dio tiempo a decir.

Después de exclamaciones, fíjate qué casualidad y presentaciones, se decidió que pediríamos al camarero una mesa para picar algo.

-          Mientras se vacía una mesa ¿queréis algo? Voy a pedir –preguntó el tal Paco.

Miré a mi refresco. Necesitaba algo más fuertecito que una Coca-Cola.

-          Una copa de rosado, por favor –acerté a decir.


La voz me había salido normal. Gracias a Dios. Pero seguía sin poder dominar mi cabeza que se había quedado inclinada mirando fijamente el fondo del vaso del refresco, mientras mis amigas charlaban con el chico de la sonrisa. Además no había logrado entender su nombre. Genial.

Ya con la copa en la mano, sentí que recuperaba la serenidad, aunque todavía no le había dado ni un trago, y logré levantar la cabeza y mirar al chico sin nombre. Parecía cómodo hablando con mis amigas.

-          Marta ¿estás aquí o en la luna? –preguntó Patricia-. ¿Te pasa algo?

-          Hoy está en la luna –respondió encantadora mi otra amiga por mí.

Las miré y respondí con una media sonrisa que no se preocuparan por mí, que ya estaba en fase de aterrizaje. El chico de la sonrisa salió en mi auxilio.

-          Pues a mí me gustan las chicas que están en la luna. Seguro que has encontrado algo interesante por allí ¿verdad?

Paco y Patricia no paraban de contar batallitas del trabajo que, con el desparpajo de ella, resultaban amenas. Unos minutos después, el camarero del bigote señalaba una mesa. Los cinco nos dirigimos hacia allí y él retiró una silla para mí. Había topado con un caballero andante. Mis mariposas seguían revoloteando. Azules, rosas, blancas… hasta había algunas de un color verde brillante. Me acomodé en la silla que me ofrecía y se sentó a mi lado. Y ahora sí que le devolví una sonrisa. Con un retraso de una media hora, de acuerdo, pero se la devolví. Y el chico sin nombre seguía sonriéndome.



Abril 2018

sábado, 10 de marzo de 2018

¿POR QUÉ NO TE DISTE LA VUELTA?


De repente, después de tantos años, estás ahí, justo delante de mí. Claro, no recordaba que eras amigo de Pablo. Y si Pablo celebraba una fiesta a lo grande por su cincuenta cumpleaños, no iba a dejar de invitarte. De hecho, lo conocí por ti. Pero no se me había ocurrido, no se me había pasado por la cabeza ni por un momento. Hace mucho tiempo que desapareciste de mi mente. Es curioso cómo alguien que ha sido tan importante en tu vida puede desaparecer sin dejar rastro. Bueno, un poco de rastro sí, durante muchos meses. Tardé en arrancarte de mi cabeza. Fue un proceso lento, pero poco a poco tu imagen se fue diluyendo, haciéndose borrosa hasta disolverse. Como si no hubieras existido nunca. Todo esto soy capaz de pensarlo en cuestión de segundos, los que los dos necesitamos para recuperar el movimiento y la respiración.

Supongo que se me ha quedado la misma expresión que la que estoy viendo reflejada en tu rostro. Más bien diría que no hay expresión, te has convertido en una piedra. Y yo en otra. Tienes canas, has engordado un poco, no demasiado, y los ojos un poco más pequeños, aunque conservan el brillo que de repente recuerdo. Reaccionamos casi a la vez. Me voy convirtiendo en tu espejo. Sonríes, y yo sonrío. Avanzas un paso, y yo otro. Abres la boca, y yo lo intento pero no se abre. Y todo el rato me llega machaconamente una frase desde algún rincón de mi cerebro. ¿Por qué no te diste la vuelta?

Avanzas otro paso. Yo ya no soy tu espejo y me quedo clavada después de mi primer paso.

-          ¡Eva! ¡No puede ser! ¿Eres tú? –exclama envolviéndome en un abrazo. Me dejo abrazar, mis brazos pasan de mis órdenes y se quedan colgando a ambos lados de mi cuerpo.

Se aparta un poco y me observa. En silencio. Empiezo a ser consciente de cada una de mis más leves arrugas. ¿Cómo me encontrará? Han pasado veinte años. Esboza una media sonrisa, con algo de timidez.

-          Estás… preciosa –dice casi en un susurro-. Apenas has cambiado.

-          Sí, bueno, ya, tan educado como siempre -¡He recuperado el habla!

-          No, no es educación, te lo aseguro. Estás como te recuerdo. Igual, con veinte años más, pero para mí estás igual.

No sé qué decir. Sonrío con timidez y miro al suelo. A ver, nena, ¿quieres subir la cabeza que ya eres una mujer de mediana edad? Entonces consigo levantar la cabeza y volver a mirarle. ¿Por qué no te diste la vuelta?

-          Yo tengo aquí una acumulación de grasa que antes no estaba –dice golpeándose el estómago.

Me río.

-          Estás igual, Charlie. Vale, te ha salido un poco de tripa, con veinte años más, pero igual.

-          ¿Vamos a pedir algo a la barra? Bueno, si te apetece, quiero decir… -se calla.

-          Claro que sí. Habrá que brindar ¿no?

Se pide un gin-tonic en copa de balón. No, en eso no ha cambiado. Yo pido un rosado. Me mira extrañado. Sí, yo he cambiado. «He dejado el alcohol duro», le digo bromeando. Nos acomodamos en la barra y me pregunta qué ha sido de mi vida. ¿Te has casado? ¿Cuántos niños tienes? En fin, lo típico. No, no me he casado y no tengo niños, no. Qué le vamos a hacer. Me vuelve a mirar extrañado, él sabe lo mucho que deseaba ser madre, pero no estaba de Dios, así que para qué lamentarse... ¿Por qué no te diste la vuelta?

-          Yo tengo dos.

-          Enséñame alguna foto.

-          No, no quiero aburrirte.

-          Venga, no te hagas de rogar. De verdad quiero saber qué has sido capaz de producir.

Suelta una carcajada y va despareciendo la tensión. Enciende el móvil y me enseña a sus niños. Dos chicos muy guapos con cara de pillos.

-          Se te parecen. ¿Qué edad tienen?

-          Ocho y seis. Me casé hace diez años. Un poco tardío. -Da un sorbo largo a su copa y cuando va a hablar, cambia de opinión y se vuelve a llevar la copia a los labios. Por fin la nombra-.  Marga no ha podido venir porque el pequeño estaba con fiebre y ha preferido no dejarle con la canguro.

Manifiesto mi preocupación y seguimos bebiendo en silencio, en compañía. ¿Por qué no te diste la vuelta? Se van acercando amigos, se suceden las exclamaciones, los encuentros y las risas. Alguien pide otra ronda y me encuentro con una segunda copa de vino en la mano. Suena a todo volumen el Cumpleaños feliz, se apagan las luces del bar y alguien saca una tarta llena de velitas y bengalas. Aprovecho para escabullirme a fumar. El silencio y el fresco de la noche me hacen bien. Todavía llueve. Suspiro y cierro los ojos. Los abro inmediatamente. No me había dado cuenta de que se me estaba subiendo el vino. Una voz a mi espalda me sobresalta.

-          ¿Me das uno?

Me giro pero ya sé que es él.

-          ¿Sigues fumando?

-          No, lo dejé hace doce años, cuando conocí a Marga. Pero después de ver a toda la panda y de tararear todas las canciones de los ochenta, me apetece uno.

Le alargo el paquete, saca uno y le acerco el mechero encendido. Se apaga. Vuelvo a encender y él sujeta mis manos para que la llama no se apague. Y de repente surge como de la nada una pregunta que estalla en mis oídos.

-          ¿Por qué no te diste la vuelta?

Ha sido él, ha sido Charlie quien ha hablado. Esta vez no he sido yo ni mi cerebro que lleva toda la noche machacándome con la frase dichosa. Nuestras manos siguen entrelazadas pero la llama se apaga.

-          ¿Cómo dices? –acierto a balbucear.

-          Sí, que por qué no te diste la vuelta. El día que nos despedimos –suelta mis manos y con el pie golpea el suelo-. Ahora todo sería distinto.

No puede ser. Empiezo a entender su pregunta... ¿Por qué no te diste la vuelta?

-          Entonces ¿te diste la vuelta? –susurro.

Me mira y sacude la cabeza, como si le hubiera dado una bofetada.

-          Entonces ¿te diste la vuelta? –susurra.

Los dos asentimos con la cabeza, lentamente. Nos miramos como nos mirábamos hace veinte años.

-          ¡Te diste la vuelta! –exclamamos a la vez.

¡Pero yo me giré y tú seguiste caminando como si nada! Yo igual, me di la vuelta y tú como si no te importara nada, ¡te alejabas tan tranquilo! Hablamos atropelladamente, interrumpiéndonos y diciendo lo mismo. Me quita el mechero de las manos y se enciende el cigarrillo. Exhala el humo lentamente y lo va siguiendo con la mirada. Pasa su brazo por mi hombro y así, en silencio, contemplamos el humo que se desvanece entre los reflejos de la lluvia a la luz de las farolas.

Me alegra saber que te diste la vuelta, aunque sea veinte años después, aunque ya no cambie nada.

-          ¿Entramos? No va a quedar tarta –le digo.

Y entramos juntos, en silencio, en compañía.



Marzo 2018

sábado, 3 de marzo de 2018

EL DÍA QUE CONOCÍ A JAMES DEAN



-          ¿Sabes qué te digo? –me preguntó de repente.

Después de ponernos al día durante una hora, Marta y yo llevábamos un par de minutos calladas, viendo caer la lluvia incesante. Habíamos elegido una mesa junto a la cristalera en aquella cafetería de diseño del centro. Veíamos pasar paraguas de colores, que ponían un poco de alegría en aquella tarde gris. Se estaba bien allí, sentadas las dos, con una mantita sobre las piernas, cortesía del local.


-          Ya sé que el príncipe azul no existe ¿de acuerdo? Lo sé. Así que no te pienses que me he vuelto loca –dijo mientras daba vueltas con la cucharilla a una segunda taza de té humeante.

Aparté la mirada de la cristalera y apoyé el codo en la mesa, para sujetarme la cabeza. La miré a los ojos, levantando un poco las cejas. Así que después de hablar del trabajo, de salud y del último libro que había leído, ahora tocaba lo interesante.

-          ¿Te acuerdas de cuando estuve en Estados Unidos hace un par de años? Tuve que ir por trabajo unos días

Asentí con la cabeza. Aproveché la pausa para llamar a la camarera y pedir otra taza de té.

-          Pues me sucedió una cosa muy curiosa que no te he contado. Bueno, la verdad es que no se la he contado a nadie porque es un poco raro y se van a pensar que estoy desequilibrada.

-          Marta, me estás asustando.

-          Y no es para menos. Yo también me asusté un poco, no te creas.

-          ¿Y? –exclamé gesticulando con las dos manos-. ¿Quieres empezar la historia?

Se inclinó hacia adelante, miró un momento hacia la calle y por fin siguió hablando.

-          Serían las ocho de la tarde. Ya sabes que allí cenan antes. Bueno, en todas partes se cena antes que en España –dijo con una sonrisa-. Bajé al restaurante del hotel y pedí una hamburguesa. Había poca gente. Era domingo y era el típico hotel funcional, para gente que está de paso por trabajo. Pero muy moderno y agradable. Si alguna vez vuelvo a Washington me quedaría allí otra vez. Bueno, el caso es que me traen la hamburguesa y allí estoy yo observando esa cosa inmensa que no sabes por dónde empezar ni cómo comerla de lo gorda que es.

En ese momento, la camarera depositó con cuidado sobre la mesa una jarra de porcelana blanca y un platito con dos rodajas finas de limón. Levanté la tapa y acerqué la cara al humo que se escapaba.

-          Se supone que no debes hacer eso. Así el té no quedará en su punto.

-          No seas maniática. Venga, sigue.

-          Pues estaba yo allí maquinando la estrategia para atacar, cuando levanté la vista porque me sentía observada. ¿Sabes esa sensación de que alguien te está mirando?

Asentí a la vez que cogía una de las rodajas de limón y me la llevaba a la boca.

-           Bea, el limón es para que lo tomes con el té. Mezclado, no así.

-          ¿Quieres dejar de decirme cómo debo tomar el té? Que no estamos en Windsor –dije riéndome.

-          Bueno, pues efectivamente había un tipo en la mesa de al lado que me miraba divertido, como si hubiera adivinado lo que pasaba por mi cabeza. Por un momento me quedé cortada, pero la verdad es que la situación era graciosa. Mi cara debía de ser un poema. Así que los dos nos empezamos a reír.

-          ¿Ligaste en Washington y no me lo habías contado? –pregunté sorprendida. A Marta le falta el tiempo para contarme todas sus batallitas románticas.

-          Verás, empezó a hablar conmigo, que de dónde era y tal y cuál. Y el caso es que su cara me sonaba. Entonces le trajeron a él también una hamburguesa, todavía más grande que la mía. Y me dio las instrucciones de cómo comerla.

-          Y todo esto ¿cada uno en una mesa diferente?

-          Sí, pero estaba muy cerca y como apenas había nadie, no había ruido y podíamos mantener una conversación perfectamente. Así que empezamos a comer, entre risas.  Buenísima la hamburguesa, por cierto. Y entre trozo y trozo pues hablábamos un poco. Y yo lo miraba y sabía que lo había visto en alguna parte pero no conseguía ubicarlo. Además, había poca luz.

-          ¿Era guapo? ¿Era joven? –pregunté con curiosidad.

-          Sí, sí, muy guapo. Como un príncipe de cuento… Cuando te diga quién era, te vas a morir -dijo alargando la mano a mi tetera-. No te importa ¿no?

-          No, claro que no. Venga, sigue. ¿Quién era?

Bajó la mirada y se concentró en servirse el té.

-          Es que no me vas a creer… -volvió a callarse y me miró fijamente. Yo aguardaba expectante-. Pues de repente caí. ¡Que tenía delante a James Dean!

-          Martita, ¿qué me estás contando?

-          Sabía que no me ibas a creer, por eso no te lo había contado. Pero sí, era él. Y me quedé parada, mirándolo, con la boca abierta. Y supongo que se dio cuenta de que lo había reconocido porque se debió de sentir incómodo, o no sé, y se levantó y muy educadamente se despidió de mí.

Abrí la boca pero mi amiga había cogido carrerilla y no me dejó hablar.

-          Yo seguía con la boca abierta y con un trozo de hamburguesa pinchada en el tenedor en mi mano paralizada. Entonces al llegar a la puerta, se giró, me guiñó un ojo, sonrió con una sonrisa para dejarte tonta y se fue.

-          Marta… -empecé pero me interrumpió.

-          No me mires así, Bea. Ya sabes que se rumoreó que realmente no había muerto. Y había gente que decía que lo había visto. ¡Era él! Inconfundible.

-          A ver, ahora tendría ochenta y tantos. ¿No te das cuenta de que no puede ser?

-          Ya, eso es lo raro. Que tendría unos cuarenta años. Pero era él.

Aparté la taza y puse las manos sobre la mesa. La miré moviendo la cabeza. Marta me sostuvo la mirada unos segundos hasta que no aguantó más y explotó una carcajada.

-          ¿Te lo has creído? –consiguió decir entre lágrimas.

-          Marta, estás fatal –sentencié llevándome las manos a la cabeza, incapaz yo también de aguantar una carcajada-. ¿A qué ha venido esto?

Entre risas, cada vez más calmada, consiguió explicarme que era un ejercicio para su clase de teatro. Casi le tiro la tetera a la cabeza.

-          Pero ¿cómo se te ha ocurrido?

-          Es que hace unos días leí que iban a subastar la cazadora roja que llevaba en Rebelde sin causa. Y una cosa ha llevado a la otra y me he inspirado -respondió satisfecha.

Seguíamos riéndonos cuando de pronto entró una ráfaga de viento frío. Instintivamente miramos hacia la puerta abierta de la cafetería. Y allí, nos sorprendió la visión fugaz de un ligero tupé y una espalda cubierta de una cazadora roja, tipo bomber, que se alejaba. Por unos segundos nos quedamos paralizadas. Marta  fue la primera en reaccionar.

-          ¡Ve pagando y yo le sigo! Cuando salgas llámame –exclamó a la vez que se ponía apresuradamente la gabardina y salía corriendo.

Me levanté de un salto, agarré mi abrigo, el paraguas, la bufanda, el bolso y me fui a la barra a pedir la cuenta. Los minutos se me hacían eternos. Rebusqué nerviosa en el bolso hasta que encontré la cartera. Por fin pagué y me dirigí a toda prisa hacia la salida. Me di de bruces con Marta. Estaba empapada y con el pelo chorreando pegado a la cara.

-          ¡Lo he perdido! –exclamó angustiada.

-          ¿Cómo que lo has perdido? ¡Que llevaba una cazadora roja! Eso se ve a distancia.

-          ¿Tú has visto la que está cayendo? ¡No se ve nada!

Efectivamente, ahora caía una tromba de agua. Parecía que se hubiera abierto el cielo. Miré con recelo a mi alrededor.

-          ¿Qué? Esto es parte del ejercicio ¿no? Un compañero de clase haciendo el numerito –pregunté ya un poco molesta.

Marta sacudió enérgicamente la cabeza, llevándose las manos a la cara para retirar las gotas que le caían sobre los ojos.  

-          ¡Te prometo que no! De verdad que estoy tan sorprendida como tú. Por favor, créeme.

Mi amiga es buena actriz, pero su angustia parecía real. Aun así, nunca supe qué creer. Ella siempre ha negado que el tipo de la cazadora roja fuera parte del experimento. Y la verdad es que, aunque no le pude ver más que unos segundos, se parecía a James Dean. En fin, estas cosas sólo me pasan con Marta. Y no voy a contar a nadie esta historia porque se van a pensar que la desequilibrada soy yo.



Marzo 2018