sábado, 8 de junio de 2019

PABLO Y YO




Caminaba por las calles del pueblo. Al principio sin rumbo, lentamente, alejándome de la música, perdida en mi mundo. Poco a poco, salí de mi ensimismamiento y empecé a observar las casas de piedra que me rodeaban. Un arco medieval, una placa con una fecha desdibujada, un escudo señorial, unas macetas con geranios que asomaban desde un balcón… Hacía años que no había vuelto al pueblo donde pasé tantos veranos de mi infancia. Sin embargo, todo aquello seguía resultándome familiar. Cada recoveco me traía un recuerdo, pocas cosas habían cambiado. Sí, es verdad que donde antes hubo una alpargatería, ahora vendían teléfonos móviles, y la tienda de helados y golosinas, ahora no era más que un local cerrado con un cartel de «se alquila». Pero la iglesia con restos románicos en su fachada, seguía allí en pie, desafiando el paso de los años y las modas. Y la plaza porticada había conservado su fuente y las farolas de hierro. Hasta la farmacia y la panadería permanecían en el mismo sitio.

No sé por qué había dejado convencerme por Ana. Mi amiga me había llamado después de no sé cuánto tiempo sin hablar y me había invitado a las fiestas del pueblo.

-          Será divertido. Saltaremos las hogueras como cuando éramos pequeñas –me había dicho.

Y yo la creí. O quise creerla. Pero ya nada era igual. Había llegado el día anterior con la intención de pasar una semana en su casa. Y de repente esa semana se me hacía interminable. Es verdad que ella y su marido me habían recibido con cariño. Sus tres hijos no tanto. Eran unos niños muy raros. Bueno, para ser justa, Anita, la del medio, me había caído bien. Pero la mayor era una adolescente rara con pinta de novia de Drácula y el pequeño me miraba raro. Me senté en un banco pensando en una excusa que sonara convincente para adelantar mi marcha sin ofender a mi amiga.

De pronto noté una presencia detrás de mí y me giré sobresaltada.

-          ¿Qué haces aquí? –me preguntó el pequeño raro.

Me miraba con aquellos ojos penetrantes que me hacían sentir incómoda.

-          Pues… -titubée, intentado recordar su nombre.

-          Pablo.

-          ¿Perdona?

-          Que me llamo Pablo –dijo secamente.

-          Ya lo sé –contesté yo más seca.

-          No, no lo sabes. No te acordabas.

Me empezaba a doler el cuello en aquella postura incómoda y me levanté del banco. Además, me daba más seguridad mirarle desde arriba. Y con el banco actuando de barrera continuó la conversación.

-          ¿Qué haces aquí? –repitió.

-          Me aturdía la música. Está muy alta.

-          A mí también.

-          ¿Ah sí? –pregunté extrañada-. Pero ¿no es esa la música que oye la gente de tu edad?

-          Tengo doce años. Esa música es la que le gusta a Clara. A mí no.

Clara, la novia de Drácula. Obviamente, aquellos sonidos atronadores serían de su gusto. Empecé a mirar alrededor. El niño no se iba. No sólo no se iba, sino que se acercó al banco y se sentó. Seguía mirándome con aquellos ojos profundos. Parecía que esperaba que yo dijera algo. Por lo visto era mi turno de palabra.

-          ¿Te gusta venir aquí de vacaciones? –dije por decir algo.

-          No está mal. Estará mejor la semana que viene, que llegan más amigos. Entonces sí me lo paso muy bien.

Asentí con la cabeza. Estaba oscureciendo y las farolas comenzaron a iluminarse. Volví a mirar hacia el lugar de donde procedía la música, en busca de inspiración.

-          ¿Tú no tienes hijos? –preguntó así de repente, sin venir a cuento.

El niño había puesto el dedo en la llaga, el tema del que no me gustaba hablar.

-          No –respondí sin dar más explicaciones. Pero él no se dio por vencido.

-          ¿Por qué no? Te pega tener niños.

Dejé de mirar por encima de su cabeza y empecé a mirarle a él. Sus piernas colgaban del banco de piedra, balanceándose delante y detrás.

-          ¿Me pega? –le dije con una media sonrisa.

Asintió con la cabeza.

-          Esta mañana te he visto jugando en la playa con Anita. Y eres guapa.

Vaya, Pablo empezaba a caerme bien. Entonces me senté a su lado.

-          Hace muchos años iba a tener un niño… –empecé pero me detuve-. Creo que eres un poco pequeño para hablar de eso.

-          ¡Tengo doce años! –exclamó muy digno-. ¿Murió antes de nacer? A mamá le pasó. Después de mí. Está enterrado aquí, en el cementerio, junto al mar. A veces vamos y ponemos flores. ¿Y luego no tuviste más niños?

No tenía ni idea de que Ana hubiera perdido un bebé. Tampoco ella sabía lo mío. Por unos instantes, me invadió el dolor profundo y recurrente que me envuelve cada vez que recuerdo lo que no quiero recordar. Sentí una mano que se posaba con cuidado sobre la mía.

-          No estés triste. Está en el cielo, con mi hermano.

Me sacudí mi dolor y le miré a los ojos, reconfortada por esas palabras sabias y el calor de aquella mano. Respiré hondo.

-          No, no hubo más niños. Después de aquello me separé y no me he vuelto a casar.   

Nos quedamos en silencio contemplando la luna que ahora lucía en toda su belleza. Entonces comenzaron a llegar unos acordes suaves y alegres.

-          Pablo, creo que han cambiado la música.

-          Sí, esta me gusta. ¿Vamos a bailar con los demás?

Nos estábamos levantando cuando oímos una voz que nos llamaba. Era Ana. Llegaba acalorada.

-          ¿Así que estabais aquí? Os estaba buscando. ¿Pero qué hacéis?

-          Estaba conversando con este hijo tan estupendo que tienes –respondí guiñándole un ojo a Pablo, que me sonrió  con complicidad.

-          ¿Verdad que es un encanto? –dijo mi amiga envolviéndolo en un gran abrazo.

-          Sí que lo es.

Pablo echó a correr hacia la playa y Ana y yo, cogidas del brazo, comenzamos a caminar moviéndonos entre risas al compás de la música. Ya no necesitaba buscar una excusa.



Junio 2019

sábado, 1 de junio de 2019

A VUELTAS CON LAS ELECCIONES Y EL CID


Elecciones en abril, elecciones en mayo, tertulias sin fin, pactos postelectorales, alegrías, decepciones… ¿Por qué se puede decir que Vox es la ultraderecha? ¿Por qué no se dice que Bildu o Podemos es ultraizquierda? Ah no, que ya no se llama así, ahora es Unidas Podemos, incurriendo en un error gramatical. Aunque no es ese el mayor problema de la extrema izquierda. Sobre las espaldas del comunismo recae la responsabilidad de millones de muertes y ejecuciones en diferentes partes del planeta. En Cuba, en Venezuela, en Rusia, en China…. Un sistema que ataca sistemáticamente la libertad y a todo el que piense otra cosa. Pero eso no importa. Si votas al PP, a Ciudadanos o a Vox eres un facha de mierda, pero si votas a la extrema izquierda eres muy guay. Y todos tan contentos. Bueno, unos más que otros.

No suelo escribir artículos de opinión. Prefiero dejar mi imaginación vagando por mundos imaginarios. Resulta mucho más satisfactorio, me divierto e, incluso, llego a entretener a algún lector. Pues hoy voy a ser políticamente incorrecta, y a quien no le guste, que me tache de su lista. Me importa un comino. Siempre he odiado la injusticia, como le pasa a la mayoría de los mortales, o eso pensaba yo. Estoy harta de oír sandeces un día tras otro y ver cómo casi todos los medios de comunicación le hacen el juego a los totalitarios. Sí, a los totalitarios, eso he dicho. Porque es caer en totalitarismos –esa palabra que la ultraizquierda utiliza y no tiene ni idea de su significado- atacar a los que no piensan como tú. Y parece que muchos no se dan cuenta de que eso es atacar las bases, los cimientos de nuestra civilización occidental. Gracias a Dios, lo grande de la democracia es que todos cabemos. Azules, rojos, verdes y castaños. De acuerdo, la democracia puede no ser el sistema perfecto, pero la perfección no es de este mundo, y la democracia es lo que más se aproxima a un mundo en el que la convivencia y el estado de bienestar son posibles. Que se lo pregunten a todos los refugiados que buscan paz y libertad en Europa,  por ejemplo. Algo habremos hecho bien, digo yo.

Es muy grave que se esté atacando a la libertad, que haya algunos fanáticos –o muchos- que se consideren propietarios indiscutibles de la verdad absoluta, que pretendan no permitir que los no fanáticos tengamos un pensamiento propio. No, por lo visto no hay que pensar, sólo alienarse y adorar al Pensamiento Único y al orden que los fanáticos quieren imponer. Si no estás conmigo, estás contra mí. ¿Por qué? ¿Por qué tenemos que pensar todos igual? Es imposible. Sólo es posible a través de la coacción y el linchamiento, las herramientas de los regímenes totalitarios.

El sol de la tarde me deslumbra, me ilumina con sus rayos… Separo una mano del teclado para apoyar mi mejilla. Cierro los ojos y mi imaginación comienza a vagar otra vez por esos mundos imaginarios, amables y cálidos. Y osa hacerlo sin pedir permiso, totalmente libre. Así que como he perdido su atención, hecho un vistazo al periódico de hace un par de días que no he tenido tiempo de leer en una semana frenética. El Cantar de Mío Cid, reza un titular. Vaya eso es mucho más interesante que las elecciones. La Biblioteca Nacional expondrá el códice -de principios del siglo XIII- que narra las aventuras del héroe que tuvo que abandonar su tierra por falsas acusaciones. Pero hay esperanza y don Rodrigo recuperará su honra y su hogar. Hay esperanza.

Me ha gustado esta reflexión de Luis Alberto de Cuenca: «Y entonces, hoy, mañana, Mío Cid era, es y seguirá siendo el logotipo de lo español: la versión antropomorfa del toro de Osborne empuñando una espada que apunta a las estrellas». Pero claro, esto los del Pensamiento Único no lo podrán entender. Y a lo mejor hasta se molestarán. Que les den. Ellos se lo pierden si no son capaces de dejar que la imaginación vague y se deleite por mundos poblados de héroes libres.



Junio 2019


viernes, 26 de abril de 2019

EL CASTILLO DE LOS ROS (II)


Y como si fuera lo más natural del mundo, un tipo al que has conocido hace un rato, o sea, al que no conoces de nada, se sienta en el borde de tu cama y te dice: «Venga, date prisa que tenemos que aprovechar las horas de sol».

Me quedé mirándolo unos instantes antes de desaparecer por el pasillo hacia el baño que compartía con mis padres. Me mojé la cara y me miré en el espejo mientras me cepillaba el pelo. Mi cansancio se había esfumado como por arte de magia. Me brillaban los ojos y mi palidez habitual casi había desaparecido. El sol del paseo al castillo esa mañana se había quedado conmigo.

-          Vamos, David. Ya estoy –grité desde la puerta del baño.

Me asomé a la habitación de mis padres para anunciarles mi programa de la tarde y antes de que pudieran decir nada me escabullí por las escaleras. Junto a la entrada del hostal había aparcado un clásico jeep verde.

-          Adelante –exclamó abriendo la puerta del copiloto.

-          Vaya, muchas gracias –agradecí sorprendida.

-          Debe de ser el ambiente. Me estaré convirtiendo en un caballero medieval –dijo soltando una carcajada.

Arrancó el viejo jeep y nos lanzamos a la carretera. Detrás de cada curva, el maravilloso paisaje me iba sorprendiendo. David me iba señalando una montaña, un riachuelo, un sendero. Prácticamente no nos cruzamos con ningún coche. Y en aquel momento, por aquella carretera solitaria llena de curvas, sentí una gran felicidad. Hacía mucho tiempo que no me sentía así. Casi no hablábamos, en un silencio que era compañía. Quince minutos más tarde, puso el intermitente y cogió un desvío casi imperceptible. Y allí, frente  nosotros, se alzaba en su humilde majestuosidad una pequeña iglesia románica, al borde del camino. Detuvo el jeep y me miró expectante, como si me estuviera enseñando algo suyo muy querido.

-          ¿Qué te parece? –preguntó expectante, con un movimiento de cabeza hacia la iglesia.

Tardé unos segundos en contestar, intentando asimilar la belleza que se erguía ante nosotros.

-          Es como retroceder en el tiempo.

Junto a la pequeña iglesia, se mantenían en pie algunos muros de viejas edificaciones que habían resistido el paso de los años.

-          Los franceses pasaron por aquí. ¿Te lo puedes creer? –dijo descendiendo del coche-. Llegaron hasta este lugar recóndito, pero no consiguieron arrasar la iglesia. Resistió. Vamos.

Agitó una pesada llave entre sus dedos y se dirigió hacia la puerta.

-          ¿Tienes la llave? –pregunté sorprendida.

-          Se la he pedido al mosén.

La introdujo con cuidado en la cerradura hasta que encajó y el viejo cerrojo se movió. Empujó la puerta con suavidad y se oyó un chirrido.

-          Tengo que decirle al mosén que hay que poner aceite en esta puerta. Recuérdamelo.

Encendió una linterna y le seguí hacia el interior de la iglesia. El tiempo se había portado bien. Los gruesos muros de piedra conservaban su  prestancia. Al fondo un altar de piedra y tras él, un sencillo retablo que todavía conservaba algo de policromía. El motivo central era una estatua de la virgen con un niño casi inexpresivo sobre su regazo, que levantaba su brazo como bendiciendo a los que le observábamos. Me quedé allí de pie, sin moverme, asimilando la belleza sencilla del lugar.

-          Mira, en la bóveda todavía quedan restos de pintura. Un cielo estrellado.

Iluminó con la linterna hacia el techo y, sobrecogida, me quedé con la boca abierta y la cabeza inclinada hacia arriba, contemplando las pequeñas estrellas blancas y plateadas.

-          ¿No dices nada?

Bajé la cabeza y le miré.

-          Gracias, David. Gracias por este regalo. Creo que es el regalo más bonito que me han hecho nunca. Y se lo debo a un desconocido.

Se acercó y me cogió de la mano. Y así, cogidos de la mano, nos quedamos unos instantes en silencio, mirando hacia arriba.

-          Hasta hace seis horas era un desconocido. Ya no –susurró.

Ahora el silencio se hizo un poco incómodo. ¿Se supone que yo debía decir algo? Contuve la respiración y conseguí hablar.

-          ¿Crees que representa alguna constelación?

-          No lo había pensado. ¿Por qué no? Podría ser. Tendremos que buscar a algún astrónomo. ¿O también sabes sobre estrellas?

Negué con la cabeza sonriendo. Me soltó la mano.

-          Vámonos, que no quiero que nos cierren el supermercado. Tengo la despensa vacía. Y mañana quiero invitaros a comer a ti y a tus padres.

El momento de incomodidad había pasado. Di un último vistazo a aquel lugar mágico.

-          ¿Podremos volver otro día con más tiempo?

Asintió con la cabeza, mientras se dirigía a la puerta. La cerró, volvió a chirriar y echó el cerrojo. Volvimos al coche y ya sin más paradas, unos minutos después llegamos a  Sant Martí, el pueblo que hacía las veces de pequeña capital de la comarca. Tenía casi mil habitantes y las casas de piedra cubiertas de pizarra y teja se extendían rodeadas por las montañas. Las calles estaban animadas, llenas de habitantes y veraneantes que ocupaban las terrazas.

-          ¿Qué les gusta a tus padres? ¿Qué te parece que compre? –preguntó empujando el carrito en el supermercado.

-          No sé, les gusta todo. Lo que tú quieras. ¿Eres buen cocinero?

-          Me defiendo. ¿Una carne buena a la brasa? –dijo cogiendo un paquete envuelto en plástico.

-          Perfecto. Buena idea.

-          Y podríamos hacer unas verduras de acompañamiento, también a la brasa. Y de postre  helado. Mira, este de turrón es local y lo hacen buenísimo.

-          Pues no se hable más –dije metiendo el helado en una bolsa frigorífica.

-          Voy a buscar leche, me falta pan y unas cuantas latas para emergencias.

Cargamos en el maletero las bolsas y me iba a subir al coche cuando propuso que nos tomáramos una cerveza en una de las terrazas. Le seguí hasta una calle lateral, un poco alejada del bullicio de la calle Mayor. Y allí nos sentamos en una terraza encantadora, rodeados de edificios centenarios de piedra. Mientras David entraba a pedir las cervezas, me apoyé contra el respaldo de la silla, estiré las piernas y miré a mi alrededor. La gente sonreía, charlaba, compartía con la familia y amigos esa tarde espléndida de verano. Empecé a reírme sola, imaginándome si hubiera aceptado la invitación de Pilar y ahora me encontrara en un chiringuito pringoso de la playa con el pesado de su marido y sus amigos.

-          ¿De qué te ríes? –preguntó mientras dejaba dos botellines y un paquete de patatas sobre la mesa.

-          No lo quieras saber… Estoy contenta de estar aquí. No me puedo imaginar mejor plan.

-          ¿Debo sentirme halagado? –preguntó levantando una ceja. Me había dado cuenta de que ese era un gesto característico suyo.

-          Sí –respondí sin dudarlo-. Mi querido desconocido, puedes sentirte halagado.

-          Pues esto vamos a tener que solucionarlo, mi querida María.

-          ¿El qué?

-          Pues que seamos desconocidos. Así que mientras nos tomamos estas cervezas, vamos a ponernos al día. Yo te cuento la historia de mi vida y tú me cuentas la tuya. Y dentro de una hora, ya no seremos desconocidos.

Y así fue. Una hora y un par de cervezas después, tenía la sensación de conocerlo bien. David ya no era un desconocido. Incluso… Era una sensación extraña, era como… Él supo leer mis pensamientos.

-          Es como si te hubiera estado esperando.

Cuando regresábamos hacia el coche, volvió a cogerme de la mano. Y yo, paseando por las calles de Sant Martí y contemplando las montañas que siglos atrás habían contemplado mis antepasados, entendí menos que nunca que las hubieran abandonado para no regresar. Pero entendí también que, precisamente por eso, yo había regresado.



            Abril 2019

sábado, 6 de abril de 2019

EL CASTILLO DE LOS ROS (I)


A lo lejos contemplé el castillo. Bueno, lo que quedaba de él. Me fui acercando con paso ligero. Un imponente muro derruido, por cuyas grietas asomaban algunos pequeños arbustos, se alzaba desafiando el paso de los siglos. Al llegar, instintivamente pasé una mano sobre las piedras rugosas. Transmitían el calor de aquel día del inicio de verano. Y algo más. Cerré los ojos tratando de imaginar cómo habría sido siglos atrás cuando, según el cronista de la comarca, había estado ocupado por mis antepasados.

Me había desplazado hasta ese pequeño pueblo de los Pirineos a pasar unos días de descanso con mis padres. Siempre habíamos hablado de buscar el lugar de donde procedían nuestros tatarabuelos. Y parecía que lo habíamos encontrado. Las historias que mi abuelo había escuchado a su padre, y que él había relatado a mi madre y ésta a mí, coincidían con los relatos que el cronista nos había contado hacía tan sólo un rato.

-          La tradición oral, esa que pasa de padres a hijos, de generación en generación, suele encerrar una gran parte de verdad –nos dijo.

Mi madre había contactado con él, después de ir tirando de un hilo. Un hilo fino y enmarañado y, al final, lo había conseguido. Y así, ese plan que siempre acababa posponiéndose se había hecho realidad. Casi sin pensarlo me había unido a la expedición. No tenía ningún plan mejor. Mis hermanos estaban navegando por el Mediterráneo en un velero alquilado. Plan sólo para chicos. Mi mejor amiga, ya no era mi mejor amiga. Mis otras amigas, en la playa con maridos e hijos.

-          Vente con nosotros –me había dicho Pilar-. En el apartamento hay sitio.

Lo pensé, sólo unos segundos. Me imaginé una semana aguantando al capullo de su marido y me entraron escalofríos. Un encanto, Pilar. Le agradecí que se acordara de su amiga solitaria y rechacé la invitación con tacto.  

-          Tengo que acompañar a mis padres. Les hace ilusión –puse como excusa, sin inmutarme.

-          Siempre pensando en los demás -sentí que me ponía un poco roja cuando dijo esto-. Vente y conocerás a los amigos de Miguel. Hay un par de ellos que se acaban de separar.

Pensé en los amigos de Miguel y me entraron más escalofríos. Así que sin pensarlo más, metí un par de jerseys y vaqueros en la maleta, calzado de montaña y un chubasquero. Consulté el mapa con mis padres, decidimos cuál era la mejor ruta y me puse al volante por aquella estrecha carretera de montaña. Llegamos a última hora de la tarde al pueblo donde estaba el ayuntamiento, el colegio, la farmacia y un pequeño hostal. En el de mis tatarabuelos sólo había un bar, por lo visto. Ros estaba a unos pocos kilómetros pero tendría que esperar hasta el día siguiente. Amaneció un día precioso, con esa luz limpia que sólo se encuentra en la montaña y después de desayunar, expectantes, volvimos a coger el coche. Quince minutos por una carretera serpenteante que atravesaba un paisaje maravilloso. La carretera quedaba encajonada entre un pequeño río y una enorme pared de roca. Antes nuestros ojos discurrían rocas de formas caprichosas, bosques de un verde brillante y un par de pequeñas iglesias románicas, espectaculares en su sencillez, que en otro momento pararíamos a verlas. Pero a las once nos esperaba Marc Vila, el cronista, en la plaza de Ros.

No fue difícil dar con él. En la plaza sólo había dos hombres y uno iba vestido de cura, así que tenía que ser el otro. El cronista y el mosén. Las fuerzas vivas nos daban la bienvenida. La verdad es que nos acogieron muy amablemente. También ellos estaban expectantes, siempre pensaron que ya no quedaban descendientes de los Ros. Y allí estábamos nosotros, dispuestos a comprobar si éramos los mismos Ros que hacía muchos años bajaron desde la montaña a la ciudad. Y no regresaron. Miré a mi alrededor. No podía entender por qué no regresaron. El pueblo era pequeño, tenía censados veinte habitantes, aunque en verano llegaban hasta casi doscientos. Gente que como mis tatarabuelos se habían ido a la ciudad pero en verano y en vacaciones regresaban. Era todo de piedra y madera. Una arquitectura tradicional que te envolvía con su encanto. No, no entendía por qué no regresaron.

-          Piense que el transporte de entonces no era el de ahora. Ni las carreteras- me dijo Marc Vila, ya en su casa, tomando un café y un bizcocho riquísimo que había preparado su mujer.

-          Tiene usted una casa preciosa –le dije. La verdad es que cada vez me estaba alegrando más de haberme unido al plan de mis padres. Había empezado el viaje con un poco de pereza, casi como último recurso, y ante mí se estaba abriendo un mundo desconocido y fascinante.

Al llegar a su casa nos había sorprendido una vista increíble. El salón tenía una gran cristalera que asomaba al valle. Y allí estábamos sentados alrededor de la sólida mesa de madera los seis: el cronista, su mujer, el mosén, mis padres y yo. Rescatando historias del pasado. Y sus historias coincidían con las que mi abuelo nos había contado. Incluso detalles sorprendentes. Así que todo parecía indicar que los Ros habíamos regresado a Ros, más de dos siglos después de haberlo abandonado.

El mosén y el cronista estaban encantados y decidieron que iban a presentarnos al resto del pueblo, que a esa hora estaría en el bar. Sin embargo, ese plan ya no me entusiasmaba tanto. Tener que conocer a un montón de gente así de golpe, se me hacía cuesta arriba. Siempre ha sido así, me bloqueo. Miré a mis padres, igualmente encantados con haber encontrado los orígenes de sus antepasados. Y me excusé. Que yo también estaba encantada, pero necesitaba un poco de aire y ejercicio, después de estar dos horas sentada.

-          Yo, si no les importa, me voy a ver el castillo que he visto que hay a la entrada del  pueblo y luego me uno. Es que después de lo que hemos hablado, tengo muchísimas ganas de verlo. Le echo un vistazo y les veo en el bar en unos minutos.

Mi padre alzó una ceja y mi madre me miró extrañada. Que yo no sé por qué a estas alturas de la vida se siguen sorprendiendo de tener una hija poco sociable. Así que antes de que pudieran decir nada, con una gran sonrisa para no ofender a nadie, exclamé un afable hasta luego y me dirigí a paso ligero hacia donde me imaginaba que salía el sendero para el castillo. Y por eso estaba allí, sola, en lo que quedaba de ese castillo perdido donde acaba una carretera de montaña del Pirineo. Saqué el móvil y me puse a hacer fotos. Y luego, me senté en una piedra a contemplar el castillo, la montaña, el valle. Volví a cerrar los ojos, dejándome acariciar por el sol. Qué paz.

-          Hola

Me incorporé de un salto con el corazón latiendo a toda velocidad.

-          Perdón, te he asustado.

-          ¡Por Dios! Casi me matas del susto.

-          Soy David. Y tú debes de ser María Ros ¿no?

Le miré con recelo. Era un joven moreno, con el pelo un poco largo. No era guapo pero tenía una sonrisa agradable que iluminaba su rostro.

-          ¿Cómo sabes cómo me llamo?

-          Eres la noticia del día. Tú y tus padres. En el pueblo no se habla de otra cosa –me miró y soltó una carcajada-. Bueno, la verdad es que juego con ventaja. Tus padres me han pedido que venga a buscarte. Os quedáis a comer. En el bar están preparando la comida y todos te están esperando.

-          ¿Todos?

Debí de poner cara de susto, otra vez.

-          Todos son unas veinte personas. No te preocupes. Gente muy normal, que no muerde.

-          Lo siento, no soy muy sociable. Pero vamos- dije comenzando a caminar.

-          No hace falta que seas sociable. Tú sólo sonríe y ya está.

No dije nada. Continué caminando, apresurando el paso.

-          ¿Te gusta el vino? ¿Y la longaniza?

Asentí con la cabeza.

-          Pues sólo tienes que sonreír, beber y comer.

-          Vale. Creo que eso lo puedo hacer. ¿Tú te quedas? –le pregunté. No le conocía pero me daba seguridad.

-          Sí, yo me quedo.

-          Vale –suspiré aliviada.

-          Pasado mañana son las fiestas de Ros. ¿Vendrás?

-          No sabía que fueran las fiestas. Bueno, a ver…

-          Vendrás. Vale la pena. Recreamos un mercado medieval y un historiador local presentará su libro sobre los cátaros.

-          ¿Los cátaros? –antes de que contestará continué-. Sé quiénes eran los cátaros, por supuesto, soy historiadora... Claro, lo he leído en algún sitio… algunos se refugiaron en Ros ¿verdad?

-          Efectivamente. Y el tatarabuelo de tu tatarabuelo les acogió. 

-     En el caso de que efectivamente fuera mi tatarabuelo, lo cual está todavía por demostrar –dije encogiendo los hombros.

Llegamos al bar. Algunas personas estaban sentadas en unas mesas fuera, al sol. Mis padres estaban dentro, junto a la barra, rodeados por un grupo. Fueron haciendo las presentaciones y yo sonreía educadamente. David me guiñó un ojo desde el extremo de la barra y esbozó una sonrisa, levantando el pulgar.  A los pocos minutos se acercó con un vaso de vino.

-          Lo estás haciendo muy bien –me susurró burlón.

Cogí el vaso e hice ademán de tirárselo por encima. Me estaba empezando a divertir. Fue todo más fácil de lo que había imaginado. Pasaron casi dos horas volando. Nos despedimos con la promesa de volver para las fiestas. Regresamos al hostal con la intención de descansar un rato antes de salir a caminar un rato. No tenía sueño, pero me eché en la cama con un libro que había encontrado en el salón del hostal sobre caminatas por la zona. No llevaba ni media hora leyendo cuando una cabeza asomó por la puerta de la habitación.

-          Hola

-          David, por favor –exclamé sobresaltada-. ¿Es que siempre tienes que ir asustando a la gente?

-          Parece que sólo tengo ese efecto en ti. Tengo que ir a Sant Martí a comprar. Está a media hora y por el camino hay una iglesia románica que te va a encantar, señora historiadora. ¿Te vienes? –preguntó con toda la naturalidad del mundo.

Sonreí y, sin pensarlo, dije que sí. Decididamente, aquellas vacaciones eran muy diferentes a lo que había esperado.



Abril 2019


viernes, 15 de febrero de 2019

REBAJAS Y SAN VALENTÍN


Me miró con cara de no creérselo.

-          ¿Dices que tiene cuarenta y tantos, no se ha casado nunca y es majo? Imposible. Tendrá algún secreto oscuro.

-          A ver, Ana. Que yo también tengo cuarenta y tantos, no me he casado y soy maja. ¿O no?

-          Pero eso es diferente –respondió tajante.

-          ¿Cómo que diferente? –le pregunté acercando un poco más la silla al borde la mesa.

Se llevó la taza a los labios, yo creo que para ganar un poco de tiempo antes de contestar.

-          Pues sí, diferente. Porque en una mujer no es lo mismo.

-          Ya estamos con el feminismo exacerbado –exclamé cruzando los brazos.

-          No es cuestión de feminismo. Es que una mujer… pues eso, que no es lo mismo. Para nosotras es cuestión de suerte pero ellos… -se encogió de hombros.

Me quedé mirando a mi amiga unos instantes. Era la imagen de la mujer triunfadora. Guapa, atractiva, con una melena estupenda, tirando a rubia. Casada, claro, felizmente. Madre de dos niños, bueno, ya no tan niños. Con un buen trabajo y el mismo marido desde hacía veinte años.

-          Tú no has tenido y ya está.

-          Oye, que yo me considero una mujer muy afortunada –exclamé un poco indignada.

-          Sí, claro que sí –concedió-. Me refiero a la cuestión de hombres. Que ahí no has tenido mucha suerte. Si es que te tenías que haber casado con Paco, que estaba loco por ti. Y este otro chico… el de Teruel… ¿cómo se llamaba?

-          Alfredo –respondí arqueando las cejas.

-          ¡Eso! Alfredo… Me gustaba mucho para ti.

-          Ya, el problema es que a mí no tanto. ¿Quieres dejar ya de hacer repaso de mi pasado amoroso anterior a la fatídica barrera de los treinta?

-          En fin…No has encontrado a tu príncipe azul –sentenció mientras se echaba más azúcar al café.

La miré con cara de no entender nada.

-          El príncipe azul no existe. Siento ser portadora de malas noticias –dije con ironía-. Blanca Nieves y la Bella Durmiente son cuentos, historias, leyendas de la tradición europea que encierran una serie de símbolos…

-          Vale, vale. No empieces con tu vena intelectual –me interrumpió-. ¿Más café?

Asentí distraída y se apresuró a llamar al camarero.

-          Pues a mí me ha parecido muy agradable y muy normal. ¡A ver si a partir de los cuarenta no se puede ser normal!

-          ¿Dónde lo has conocido?

-          En una librería.

-          Ya… ¿No podrías conocer hombres en el gimnasio, o en un bar de opas como hace la gente normal? En una librería, ni más ni menos –y se echó a reír.

En ese momento, trajeron el café y aproveché para respirar hondo antes de contestar a mi querida Ana. Es mi amiga de toda la vida pero nunca le ha gustado leer. Y a pesar de eso nuestra amistad ha permanecido intacta a lo largo de los años, lo cual es un mérito por parte de las dos.

-          ¿Y qué tienes en contra de los libros?

-          No tengo nada en contra, cielo. Si Luis me tiene la casa llena de libros y no digo nada. Mientras él se encargue de limpiar el polvo de las estanterías, no hay problema. Pero digo yo, que conocer a alguien en una librería, da un poco de grima.

Me eché a reír. Ana no tenía remedio y a estas alturas de la vida, no pretendía cambiarla.

-          Bueno, a ver, pero cómo ha sido la cosa. ¿Habéis hablado?

-          Sí, claro. Hemos comprado el mismo libro, y ahí es cuando hemos empezado a hablar. Y nos hemos tomado un café porque en la librería hay una pequeña cafetería. Y al final me ha pedido el número de teléfono.

Ana se me quedó mirando unos instantes antes de seguir.

-          ¿Cómo se apellida?

-          No lo sé.

-          ¿Ves? Oculta algo –sentenció agitando la cucharilla.

-          O sea, que según tú, si no se ha encontrado al hombre o la mujer de tu vida antes de los treinta, no hay nada que hacer ¿no?

-          A ver, no digo que no pueda haber excepciones pero yo diría que estadísticamente es así.

-          ¿Y quién ha hecho esa estadística?

-          No te lo tomes al pie de la letra. Tú ya entiendes lo que quiero decir.

-          Si lo he entendido. Que están todos pillados, casados, con cinco hijos, una amante por lo menos y varios oscuros secretos.

Miré a mi alrededor. Efectivamente, las mesas estaban ocupadas por parejas, de todas las edades, y por grupos de mujeres. Ya, esa era la estadística de mi amiga. Quizá no estuviera tan desencaminada.

-          ¿Y esa bolsa? –pregunté señalando la silla que estaba junto a ella.

-          Ah sí, he estado en las rebajas y he encontrado dos chollos. Mira qué monada –me dijo orgullosa sacando de la bolsa un par de camisas.

Las contemplé, alabé su buen gusto, agarré mi bolso y me puse en pie.

-          ¿A dónde vas?

-          Me voy a El Corte Inglés.

-          ¿Ahora? ¿Así de repente? –preguntó sorprendida.

-          ¿No dicen que si no está en El Corte Inglés es que no existe? Pues me voy  a ver si encuentro un chollo de cuarenta y tantos, soltero, sin hijos, buena gente y sin esqueletos en el armario. Y encima, si no me gusta, lo puedo devolver y me reembolsan el dinero.

Ana volvió a meter las camisas en la bolsa y se puso el abrigo.

-          Pues te acompaño porque no me fío un pelo de ti.

Y cogidas del brazo, salimos de la cafetería dispuestas a fundir la tarjeta. 


Febrero 2019