sábado, 29 de abril de 2017

MUSEOS Y FANTASMAS





Quedaban pocos minutos para que cerrara el museo, así que me apresuré a retroceder sobre mis pasos para echar un último vistazo al mapa. Se trataba de la pieza más valiosa de la colección. Un mapa de finales del siglo XV que representaba el mundo hasta entonces conocido. El primero, o de los primeros, en que aparecía dibujado el nuevo continente con bastante precisión. Tanta que diferentes teorías controvertidas rodeaban su historia. Su autor fue, probablemente, un marino cántabro que acompañó a Colón en sus primeros viajes a las Indias.

Me detuve ante la vitrina. Ya apenas quedaba gente en la Sala de los Descubrimientos. Saqué del bolso la libreta y empecé a anotar algunos datos.

-          Es precioso ¿verdad? Y bastante preciso –dijo una voz a mis espaldas.

Creía que estaba sola. Me giré sobresaltada. Un hombre, un poco más joven que yo, de cabellos claros y algo despeinados. Avanzó un paso y se puso a mi lado, sin levantar la vista del mapa. Le miré con recelo. Nunca me ha gustado hablar con desconocidos. A mí de pequeña me dijeron que no hablara con desconocidos y eso he hecho siempre. Giró despacio la cabeza y vi sus ojos. Eran de un azul intenso, como salidos de un trozo de mar. Sonrió y sus ojos chispearon. No dije nada y volví a mirar el mapa. Hice como que seguía tomando notas, a ver si se iba. Pero no, qué va, allí seguía clavado.

-          ¿Te imaginas cómo fue la vida de su autor? – preguntó señalando el mapa-. Cuando zarpaban de Sevilla o de Cádiz no sabían si alguna vez regresarían. Desde la proa miraban hacia atrás, despidiéndose de su tierra. Con nostalgia, sí, pero el deseo de aventuras estaba por encima. Entonces miraban hacia el frente, expectantes ante lo que estaban por vivir.

Los ojos azules le brillaban ahora. Con una mano se echó hacia atrás un mechón que le caía sobre la frente. Luego tiró hacia abajo de los bordes de su jersey rojo. Irradiaba energía y entusiasmo. La verdad es que parecía inofensivo.

-          ¿Qué escribes?

No podía seguir callada, así que contesté.

-          Pues… detalles que me llaman la atención. Los personajes que aparecen representados. Hay varios monarcas de diferentes partes del mundo y estos tres –dije poniendo mi índice sobre el cristal que cubría Asia- parecen los Reyes Magos ¿no? Me parece curioso. Pero el que más me llama la atención es el personaje de arriba del todo.

Miró hacia donde yo señalaba. Un hombre vestido de rojo, caminaba ayudado por un cayado.

-          Parece un autorretrato del autor. Debajo pone su nombre y la fecha.

Me di cuenta entonces de que él llevaba un gran jersey, también de color rojo.

-          No se le parece mucho, pero es él, sí –dijo sonriendo.

Volví a mirar con atención al personaje. Sobre la cabeza asomaba lo que parecía un ángel con una cruz.

-          ¿Qué quieres decir? –pregunté mientras escribía en mi libreta.  

No contestó, así que levanté la mirada. Y ya no estaba. Sorprendida me di la vuelta. Nada. La sala estaba vacía. En ese momento, la megafonía anunció que el museo cerraría sus puertas en cinco minutos. Con la libreta en la mano, me dirigí hacia la salida. Miré hacia atrás. Una mujer joven tiraba de un niño de seis o siete años. Una pareja con pinta de turistas despistados avanzaban apresurados. Ni rastro de mi desconocido.  

Al llegar a la salida, un empleado del museo despedía con amabilidad a los rezagados.

-          Disculpe. ¿Ha visto pasar a un joven de ojos claros que llevaba un jersey  rojo?

El hombre, de pelo canoso, tardó unos segundos en contestar.

-          ¿Con el pelo claro, un poco largo?

-          Sí, exactamente –asentí.

Se me quedó mirando con una extraña sonrisa antes de volver a hablar.

-          ¿Así que lo ha visto?

-          ¿Qué quiere decir?

-          ¿Junto al mapa de Juan de la Cosa? ¿Ha hablado con usted?

-          Sí, ¿qué pasa? –pregunté un tanto incómoda-. ¿Lo conoce?

-          Pues verá, señorita… -carraspeó antes de seguir-. Conocerlo, lo que se dice conocerlo… Y no, hoy no lo he visto.

-          Pues que sepa usted que todavía queda alguien dentro, se lo digo para que revise antes de cerrar.

-          A ver… ¿cómo le diría yo? Ya sabe cómo son todos estos viejos edificios. De vez en cuando aparecen personas que realmente no están.

Abrí la boca como para decir algo y la volví a cerrar. Me estaba tomando el pelo, claro.

-          No se preocupe. Una experiencia nueva que podrá contar a sus nietos.

Seguí caminando. Me giré y me guiñó un ojo a la vez que encogía los hombros. Levantó una mano en señal de despedida. Salí a la calle. Había empezado a llover. Agradecí las gotas de lluvia sobre mi rostro acalorado.

-          Esto no se queda así. La semana que viene regreso –murmuré para mí-. ¿Cómo que edificios viejos? ¡Venga, hombre!….   

Un trueno retumbó a lo lejos y me apresuré a buscar un taxi.



Abril 2017


sábado, 22 de abril de 2017

ELIGE UN LIBRO





Me encontraba rodeada por la oscuridad. Entre la penumbra me parecía distinguir un pasillo largo. Avancé despacio unos pasos. No sé cómo había llegado hasta allí. Al final se vislumbraba un rayo de luz difusa que se escapaba por debajo de lo que parecía una puerta. Seguí avanzando con cuidado. Sí, era una puerta. Me detuve ante ella, insegura. ¿Qué debía hacer? Por unos instantes me quedé inmóvil, pensando. No podía quedarme allí, sin hacer nada. Miré hacia atrás y sólo seguía la oscuridad. Así que no había más que una opción: empujar la puerta y llegar a la luz. A tientas busqué una cerradura, un pomo, algo que la abriera. Mis manos iban rozando la superficie rugosa, de madera, deduje. Nada. Respiré hondo y empujé, primero con suavidad y luego ya con fuerza. La puerta se abrió, silenciosamente, y yo seguí allí clavada mirando sorprendida, sin atreverme a moverme. ¡Libros! -exclamé en un susurro. Asomé la cabeza y vi más libros. Una enorme sala llena de estanterías de madera sobre las que se apilaban cientos de libros. Mi desasosiego fue desapareciendo y me atreví a entrar. ¡Estaba en una biblioteca! En una preciosa biblioteca. Las cuatro paredes que me rodeaban estaban cubiertas de bellos estantes de madera brillante que albergaban, no cientos, miles de libros.
En un extremo de la sala, se apoyaban un par de escaleras que permitían acceder hasta los últimos estantes. Entorné la puerta y me acerqué a la estantería que tenía a mi derecha. Libros de diferentes tamaños y grosor perfectamente ordenados por orden alfabético. Con suavidad fui pasando mis dedos por los lomos, susurrando los nombres.
-          ¡Jane Austen! -exclamé cogiendo el libro y pasando sus primeras páginas con cuidado-. Es una primera edición –murmuré con asombro.
De pronto sentí que había alguien detrás de mí y me giré de golpe. Un anciano de abundantes cabellos blancos me observaba risueño. El corazón empezó a latirme a toda velocidad, a la vez que me aferraba al libro, como si fuera un escudo.
-          Bienvenida. Soy el bibliotecario –saludó con amabilidad.
Por unos momentos no supe qué decir, hasta que me di cuenta de que había extendido su mano y me apresuré a dársela.
-          Veo que ha elegido un libro –dijo señalando el ejemplar al que seguía aferrada.

-          Sí, bueno, disculpe… Ahora mismo lo dejo… -acerté a balbucear.

-          No, no. Puede quedarse a leer, si lo desea. Tenemos unas butacas muy cómodas, allí, bajo la hache. Puede quedarse el tiempo que quiera.
Miré hacia donde señalaba. En mi incertidumbre ante la extraña situación, no me había dado cuenta de que en una esquina se extendía una zona de lectura que, efectivamente, invitaba a quedarse. Nos dirigimos hacia allí y nos sentamos, el uno frente al otro.
-          Si tuviera que elegir un libro, ¿sería ése el elegido? Sentido y sensibilidad. Buena elección, aunque se trate de un título mal traducido.

-          ¿Elegir un libro?

-          Sí –respondió con más fuerza-. Si tuviera que elegir uno solo ¿con cuál se quedaría? –y alzando el brazo, fue señalando con el dedo índice las cuatro paredes que albergaban los miles de libros.
Miré con cariño la portada. Descubrir a Marianne y Elinor había sido uno de los momentos más felices de mi vida. Había leído y releído su historia. Había reído y llorado con ellas, me había enamorado de Edward y del coronel Brandon. Pero ¿elegir uno? Recordé entonces aquella primera lectura de Los tres mosqueteros. Tendría yo unos catorce años. Me atrapó de tal manera que incluso me lo llevé al colegio para leerlo en el recreo, algo que no había hecho nunca. Mis compañeras de clase me miraron extrañadas y me dijeron que era un libro para niños. Intenté explicarles que la serie de dibujos animados de Los tres mosqueperros estaba muy bien, pero que el libro de Dumas era otra cosa muy diferente. No lo entendieron. Una de mis profesoras que oyó la conversación sí lo entendió. Y me animó a seguir leyendo otras obras del mismo autor. Y añadió una serie de escritores que disfrutaría descubriendo como Walter Scott, Emilio Salgari y Julio Verne. Seguí los consejos de mi profesora y, efectivamente, disfruté y pasé horas muy felices. Pero ¿elegir uno? ¿Sólo uno? Y, aunque de otra categoría, cómo dejar fuera El Coyote de Mallorquí, o las colecciones de El Corsario de Hierro, El Guerrero del Antifaz y El Capitán Trueno. ¿Y Tintín? Cómo dejarlo fuera. ¡Mil rayos! ¿Y Foster? ¿Y Kaye? Otros de mis autores británicos de culto ¡Y tantos otros! Imposible elegir uno.
-          Y usted ¿cuál elegiría?
Alcé la vista. La butaca estaba vacía. Miré alrededor de la enorme biblioteca, me incorporé, busqué, pero el bibliotecario de cabellos blancos había desaparecido. Volví a sentarme. Y mientras esperaba su regreso, me puse cómoda, extendí las piernas sobre un taburete de piel y abrí la primera edición de Sentido y sensibilidad. Y empecé a leer, por enésima vez, la historia de las hermanas Dashwood.
Algo sonaba a lo lejos. Un sonido insistente. Abrí los ojos y tardé unos segundos en reaccionar. Estiré la mano y apagué el despertador. Seguía viendo muchos libros, pero no eran los de la maravillosa biblioteca de madera brillante. Estaba en mi habitación, rodeada por mis libros. Un sueño –sonreí-. ¡Ha sido un sueño! Me levanté. Pasé suavemente los dedos por los lomos de mis libros. No, no podría elegir sólo uno.

Abril 2017

sábado, 18 de marzo de 2017

¿SIN TI NO SOY NADA?


«Sin ti no soy nada»…. subo el volumen de la radio. Piso el acelerador y me vengo arriba cantando con Amaral.

«Los días que pasan

Las luces del alba

Mi alma, mi cuerpo, mi voz

No sirven de nada

Porque yo sin ti no soy nada».

De repente interiorizo las palabras. Levanto el pie. ¿Cómo que sin ti no soy nada? Sí, hombre. Faltaría más. Vale, de cuerdo. Lo confieso. También yo alguna vez he sentido esas puñeteras mariposas en el estómago que parece que no te dejan ni respirar. Te duele el estómago y el causante a por uvas. Si él supiera… Pero claro, la vida no es un cuento de Disney y, por suerte, las mariposas van desapareciendo. Y vuelves a respirar con normalidad.

Cambio de emisora.

«Agua que no bebas, penas y tristezas déjalas correr.

 No vale la pena cuando no te quieren llorar un querer».

Esta me gusta más. A ver. A estas alturas de la vida no me voy a poner la camiseta de que todas deberíamos ser feministas, no. Pero ¿sin ti no soy nada? Tampoco. A pesar de ti, soy todo. Y seguro que muchas de las feministas esas también alguna vez se sintieron una princesa de Disney. Y seguro que muchos de los machitos que pululan nuestra geografía vital alguna vez sintieron que se les cortaba la respiración cuando ella se dignaba a mirarles. Y en ese momento,  no pudieron evitar lanzar un suspiro entrecortado.

Sigo conduciendo. La emisora empieza a perderse y toco el mando buscando otra. Entonces me asalta una pregunta para la que no tengo respuesta. ¿Ellos también sienten mariposas en el estómago? Ni idea. ¿Seremos iguales en eso? ¿O no? Mi escaso conocimiento de la mentalidad masculina no llega a tanto. Empieza a oscurecer y piso el acelerador porque no me gusta conducir de noche. Por fin parece que mi vieja radio capta una emisora. ¡Aleluya! Tiene que ser una señal….

«Now I’ve Heard there was a secret chord

That David played, and it pleased the Lord

But you really don’t care for music, do you?

Hallelujah, hallelujah, hallelujah, hallelujah…»

Ya estoy desvariando ¿Qué señal? Ninguna señal, pero cada vez que oigo la canción de Cohen, con esa voz tan suya, se me pone la carne de gallina y vuelvo a sentir algo parecido a mariposas en el estómago.

Y ahora sí que elevo mi voz en un aleluya, mientras las primeras estrellas van apareciendo. Y ya no tengo miedo.

Marzo 2017

viernes, 10 de marzo de 2017

MI AMOR ¿TE PASA ALGO?


-          Mi amor… ¿te pasa algo?

-          No sé. Tú sabrás.

               (El Apocalipsis, cap.1)

Me llega esto por el whatsapp y me río. Sin embargo, estas dos frases aparentemente tontas me hacen reflexionar que, quizás, no sean tan tontas. Indican una falta de comunicación que tantas veces nos lleva a sufrir situaciones de incomprensión o a creernos que el otro ha decidido hacer –o no hacer- algo para fastidiarnos.

¿Tú sabrás? Pues no, probablemente él no tenga ni idea. Le has dicho que era el cumpleaños de tu madre, o que comprara tal marca de zumo, o que te llamara al salir de la oficina. ¡Y no lo ha hecho!

-          Le importo un carajo. Pasa de todo. ¡Pues se va a enterar! –piensa ella poniendo las manos en jarras como reafirmándose.

Y conforme avanza la tarde se va retroalimentando, jurando por sus muertos odiarle para la eternidad. Hasta que por fin se oye el ruido de las llaves en la cerradura.

-          ¡Ahí está! –piensa ella-. Que se prepare.-Y respira hondo.

Y él, pobre inocente, que no sabe la tormenta que está a punto de caerle encima, entra como un elefante en una cacharrería, armando el ruido de mil demonios de todos los días.
-          Hola! Ya estoy en casa.

Va soltando con estruendo todo lo que lleva encima de la mesa de la cocina: las llaves de casa, las llaves del coche, el móvil, unas cuantas monedas, un puñado de caramelos… Repite el saludo un poco más alto. Nada. Silencio. Ya un poco mosqueado abre la puerta del salón y allí está ella, de espaldas, mirando por la ventana. Se gira lentamente hasta clavarle la mirada. Y es entonces cuando él pregunta:
-          Mi amor… ¿te pasa algo?
Y ella:
-          No sé. Tú sabrás.

Un minuto de silencio tenso, hasta que él dice, con ese tono impertinente que le sale tan bien:
-          Perdona, que no tengo bola de cristal. Tú me dirás…

Y entonces estalla la tormenta. A lo mejor ella tiene razón, o no, o probablemente en parte. Porque lo que para ella es importante, quizás para él sea una chorrada. Pero si él hubiera puesto atención a esa chorrada, la habría hecho muy feliz con muy poco. Y si ella no presupusiera que él tenía ganas de fastidiar y le pidiera, con serenidad, que hiciera un esfuerzo por ponerse en el lugar del otro, los dos se habrían ahorrado un mal rato. Viva la igualdad.

Hace unos días tuve la inmensa suerte de asistir a un seminario estupendo. Iba con mucha pereza y refunfuñando al pensar en el montón de trabajo que se iría acumulando mientras escuchaba una sarta de tonterías. Sin embargo, pasé dos de los mejores días del año. Sí, ya sé que el año no ha hecho más que empezar, pero probablemente será de lo mejorcito. Aprendí, una vez más, lo importante que es la escucha, no prejuzgar y el valor de la mirada. De cómo miramos al otro, al prójimo. De mirar más allá.  Durante dos días me sentí yo. Opinando en libertad, sin ser juzgada. Me sentí querida y respetada. Fue un soplo de aire fresco en medio de mi tormenta diaria. Sé que esos días estaba dentro de una burbuja, dentro de una preciosa burbuja en la que yo también me liberé de mis estúpidos prejuicios. Y entendí al otro, a mi prójimo. Y pensé, quizás inocentemente, que un mundo mejor es posible. Vislumbré la luz al final del túnel. Entendí que las tormentas, por largas que sean, al final pasan y que el mundo no se ha confabulado contra mi humilde persona. Entendí que mi ombligo no es el centro del mundo. Se trata de empezar por ahí. Y salir corriendo de las personas tóxicas. Eso no lo dijeron en el curso pero, después de hacer un trabajo de introspección, lo añado yo de mi cosecha, Así que, compañías tóxicas, me piro vampiro. Y a mi mochila tóxica le digo: «Ahí te quedas».

Claro, ahora tengo que ver cómo se hace eso de manera práctica pero, digo yo, que una vez diagnosticada la cuestión, sabré encontrar el cómo.

En fin, que estaba yo en estas meditaciones cuando mi querido y viejo Golf me ha dejado tirada. Tal cual. Pero el pobre lo ha hecho sin querer. Y como me ha pillado con un pie todavía dentro de la burbuja, no me he cabreado con el mundo ni con la Volkswagen. Le he dicho al tipo de la grúa que, por favor, lo tratara con cariño. Y con una sonrisa nostálgica en los labios, he visto cómo se iba alejando mi compañero fiel, recordando tantos momentos compartidos. Suspiro. Quizás haya llegado el momento del cambio.



Marzo 2017


viernes, 10 de febrero de 2017

CUANDO NO TE CONOCÍA


Se detuvo nerviosa ante la puerta del viejo estudio de la tía Olga. No, rectificó, de su estudio. Hacía sólo una semana, a la salida de la iglesia, un hombre que se había presentado con un fuerte apretón de manos como el abogado, le dijo así de golpe: «Su tía le ha dejado su casa, como me imagino que ya sabría… Vaya, deduzco por su cara que no lo sabía». Cuatro pares de ojos se posaron entonces sobre ella: sus padres, doña Dolores –la amiga de su tía- y su nieto Manuel. De eso hacía ya una semana.

Sabía que su tía pintaba, por supuesto. Algunos de sus cuadros decoraban las paredes de aquella casa que ahora, inesperadamente, era suya. Sin embargo, cuando había ido a visitarla, apenas había entrado en el estudio. Todos los veranos reservaba una semana para pasarla en aquel precioso rincón de Huesca, casi en la frontera con Lérida. Durante aquellos días, alejada del ruido y las prisas de la capital, disfrutaba de la compañía de su tía y recordaba especialmente las sobremesas después de la cena en el porche trasero. Y al fondo del jardín, asomaba una antigua edificación que hacía las veces de estudio.

Estaba parada, observando desde la entrada los artilugios que se amontonaban en el suelo. Botes de pintura, pinceles, cajas, lienzos, un par de caballetes... De repente había sentido un estremecimiento.
-          ¡Qué tontería! –dijo en voz alta, como queriendo ahuyentar esa sensación extraña.
Apoyó la mano en el interruptor y la enorme estancia quedó iluminada. Ahora podía ver que había  unos cuantos cuadros apoyados  contra la pared. Con determinación, se acercó y comenzó a girarlos. El primero era una pintura de una mujer joven, de espaldas, asomada a una ventana. Giró el siguiente cuadro. Esa misma mujer, con su melena clara y su cuerpo esbelto, la observaba fijamente. Había algo en su rostro que le resultaba vagamente familiar. En el siguiente cuadro la mujer miraba sonriente a un joven moreno, de aspecto taciturno. Su rostro quedaba difuminado entre el humo de un cigarrillo. Sintió un escalofrío que intentó olvidar dirigiéndose al siguiente cuadro. Ahora era él quien daba la espalda, mientras ella extendía su brazo, como intentando alcanzarlo.

¿Quiénes son? ¿Por qué su tía había dibujado a las mismas personas? Se disponía a coger otro cuadro cuando, de repente, oyó un crujido y, sobresaltada, se giró hacia la puerta. Allí, una sombra se enmarcaba bajo el arco de la entrada. Contra la oscuridad de la noche sólo distinguía con claridad la llama anaranjada de un cigarrillo. Por un momento se quedó paralizada, abrazada al lienzo.
La sombra avanzó un paso.

-          Hola Carmen. Pasaba por aquí… -comenzó a decir- y, bueno, he visto luz y…
-          ¡Por Dios, Manuel!  –exclamó elevando la voz.
-          Vaya, te he asustado. Lo siento, yo… –comenzó a disculparse.
-          ¿Es que no sabes llamar al timbre?
-          He llamado, de verdad, pero se ve que desde aquí no se oye.

Ella se quedó mirándolo.

-          ¿Qué tienes ahí? –dijo señalando el cuadro que estrechaba contra su cuerpo.
-          ¿El qué? –preguntó aturdida. Miró a donde él señalaba.
-          Ah, el cuadro. Bueno, no sé, estoy revisando las cosas de mi tía y estoy mirando sus cuadros y… -se paró en seco- ¡Y nada! ¿Por qué te tengo que dar explicaciones?
-          A ver, sé que el fin de semana pasado no empezamos con buen pie. Pero verás, es que me ha mandado mi abuela para que vengas a cenar a casa. Si te apetece, claro. -Un nuevo silencio-. Pero vamos, que si prefieres quedarte aquí sola con tus recuerdos, yo no te lo voy a impedir, no te preocupes.  

Manuel se giró, tiró la colilla hacia el jardín y la aplastó con más ímpetu del necesario.
-          ¡Espera!
Él volvió a entrar en el estudio.
-          Son cuadros que pintó mi tía. Y siempre se repiten las mismas personas ¿ves? –dijo señalando los cuadros que había ido colocando contra la pared-. Iba a darle la vuelta a éste, cuando casi me matas del susto.
Él se acercó y los observó con detenimiento.

-          Son bonitos… Transmiten… -se interrumpió buscando la palabra adecuada-. Desde luego, no te dejan indiferente. ¿Quiénes son?
-          No tengo ni idea.
-          Dale la vuelta.

Ella le miró sin entender.
-          Al que tienes ahí agarrado -señaló sonriendo.
-          Sí, claro.- Se agachó y lo colocó en el espacio que le correspondía.
Otra vez ellos. Esta vez se abrazaban con fuerza. Él seguía dando la espalda y ella tenía la cabeza ladeada. Manuel se acercó. Miró a los desconocidos y luego se quedó observando a Carmen  fijamente.
-          ¿Qué pasa? –preguntó incómoda-. ¿Por qué me miras así?

Él tardó unos segundos en contestar.
-          Amor… Eso es lo que transmiten. Y te pareces a ella.
-          ¿Pero qué dices? ¿Amor? –se giró hacia el siguiente cuadro. Otra vez les daban la espalda, la melena clara de ella y el cabello oscuro de él, con los brazos entrelazados-. Date la vuelta.
-          ¿Que me dé la vuelta? –preguntó elevando una ceja.
-          Sí, por favor.

Él obedeció rechistando. Carmen observó los cuadros una vez más, dirigió su mirada a la espalda de Manuel y permaneció en silencio durante un rato.
-          Amor… Esto lo has preparado tú ¿no?
-          ¿Que he preparado el qué? –preguntó mirándola extrañado, hasta que entendió lo que quería decir-. No digas tonterías. He estado toda la semana en Huesca, acabo de llegar.

La luz comenzó a parpadear.
-          Hay que cambiar esa bombilla… Bueno, entonces ¿aceptas la invitación para cenar? La invitación de mi abuela, quiero decir –dijo riéndose.
-          Claro, no le voy a hacer un feo a Dolores.
-          Y a lo mejor, mañana te invito yo y así podemos intentar averiguar quiénes son estos dos.

Ella se detuvo intentando girar la cerradura que se resistía.
-          A lo mejor –dijo dándole la espalda para que no viera su sonrisa.


Febrero 2017


sábado, 28 de enero de 2017

COSAS QUE HE LEÍDO


Desde hace unos días me he topado en la prensa en varias ocasiones con un palabro nuevo, de esos políticamente correctos que de repente hacen furor. No se sabe por qué, todo el mundo lo empieza a usar y si no lo haces parece que eres de otra galaxia. Zona segura. Que ustedes dirán «pues no es un palabro nuevo». Y así de primeras no lo parece. Pero se engañan. Porque lo que sí es nuevo es el enorme contenido que ocultan dos simples palabritas. Con zona segura se refieren ahora algunas universidades de Estados Unidos y el Reino Unido a un espacio que se reserva a ser muuuuy políticamente correcto. Donde debes medir muy bien tus palabras antes de abrir la boca, porque todo lo que digas puede ser usado en tu contra. Un estrés, vamos. Pues por lo visto son espacios en las universidades donde se pretende que los gays y transexuales estén tranquilos y nadie se meta con ellos. Y yo me pregunto, sorprendida, ¿pero de verdad eso pasa? ¿Es necesario habilitar espacios especiales?

Por lo visto, varias universidades españolas están recibiendo un cuestionario de algunas universidades yanquis en las que preguntan si la institución tiene habilitadas zonas seguras, baños para transexuales, baños mixtos y demás chorradas. Yo trabajo en una universidad y puedo asegurar que no se discrimina a nadie por su sexo, raza, religión o creencias. Y me cuesta imaginar que no sea igual en cualquier universidad europea. Vale que siempre hay algún cafre pero ¿de verdad es necesario llevar tatuado en la frente a quién quieres o dejas de querer?

También leo que en un instituto de Filosofía y estudios orientales de una universidad de Londres un grupo de alumnos ha solicitado que se elimine del temario a los filósofos blancos, porque es discriminador. O sea, que Sócrates, Platón, Aristóteles y demás amigos son una panda de indeseables y no tienen nada que contarnos. Yo me empecé a reír cuando lo leí. Y casi acabo llorando cuando la noticia termina diciendo que lo están estudiando. No puede ser… vuelvo a leer… pues parece que puede ser… Pero ¿nos hemos vuelto locos?

Reflexionando perpleja sobre estos temas que parece que el sol deba girar en torno a ellos para evitar un cataclismo mundial, comienzo a perder mi paz interior. Menos mal que, providencialmente, cae en mis manos un artículo de Enrique Rojas titulado «Cómo potenciar la inteligencia». Ni qué decir tiene que me lo leo de cabo a rabo y mi paz interior se va reequilibrando poco a poco. Y ya terminamos de solucionarlo con la lectura de otro artículo, «El síndrome de Afrodita».

Reproduzco a continuación un párrafo:

«¿Qué es lo que sugiero? Que esa mujer, viendo cómo están las cosas y siendo realista, plantee su vida al margen de la posibilidad de encontrar un hombre, centrándose en su trabajo, en la amistad, en la cultura, en la espiritualidad… que deje de ser una prioridad encontrar un hombre, ya que eso puede convertirse en obsesivo y esto puede destruir a una mujer. Es una pena que hablar así, pero son los tiempos que corren, es un signo de nuestros días».

¿Una pena?... ¡Qué pena! Paz interior recuperada casi al cien por cien. Me leo el pasaje del Evangelio de hoy, las bienaventuranzas, y ahora… ¡sí!! Paz interior recuperada al cien por cien. ¡Prueba superada!



Enero 2017

viernes, 23 de diciembre de 2016

¡¡FELIZ NAVIDAD!!!!


José alzó la mirada al cielo, preocupado. La noche se acercaba y ya brillaban las primeras estrellas. Había una que brillaba con más intensidad, una estrella desconocida. Era extraño. Parecía como si llevara todo el día persiguiéndolos. O quizás guiándolos. Movió la cabeza como queriendo apartar esa idea absurda de su cabeza. Y siguió caminando, a la vez que tiraba con suavidad de la mula. Se giró un momento y su mirada acarició el rostro dulce de María. No se había quejado ni una sola vez. Él sonrió, intentando disimular su preocupación. Sabía que el momento se acercaba. Había perdido la cuenta de las puertas a las que había llamado pidiendo cobijo para esa noche. Pero ninguna se había abierto para acogerles.

De pronto, la estrella extraña se hizo más brillante, o eso le pareció. Se había detenido justo encima de otra puerta. Una casa sencilla. «No puedo perder nada por volver a intentarlo. María necesita descansar» pensó. José era un hombre de fe, había superado muchos momentos difíciles y no se iba a rendir ahora, cuando ella más le necesitaba.

Levantó la mano y antes de llegar a golpearla, la puerta se abrió. La sombra de una mujer de mediana edad se proyectó sobre el suelo.

-          ¿Qué deseas? –preguntó con amabilidad.

-          Buscamos un lugar para pasar la noche. Mi esposa necesita descansar. ¿Tendrías lugar para nosotros? Puedo pagarte… por favor…

-          El niño está en camino –dijo observándola.

-          No causaremos problemas.

-          En mi casa no hay sitio. Se alojan unos parientes pero ¡espera! –se apresuró a decir al ver que el hombre se giraba para marchar. –Puedo ofreceros lo que tengo, un pesebre. No es el mejor lugar pero la paja está limpia y el buey os dará calor. Es muy viejo e inofensivo. Se alegrará de tener compañía –añadió sonriendo.

José y María miraron hacia el lugar que les indicaba la mujer. Efectivamente no era el mejor alojamiento pero la noche ya estaba encima. José miró a María y ésta asintió.

-          Te lo agradecemos. Para una noche es suficiente.

-          Id a instalaros y ahora os llevaré algo de comer.

La estrella seguía detenida sobre el pesebre. Era ya como una vieja amiga y José sintió una gran paz. Ayudó con cuidado a descender a María. El buey, que dormitaba al fondo del pesebre, se desperezó al verlos llegar. Se acomodaron y aquel lugar cálido, iluminado por la estrella, les pareció un lugar precioso después del largo día. Y muy poco después llegó el Niño. Un niño que cambiaría la Historia y se quedaría para siempre. Él puede convertir en posibles las historias más imposibles.

¡FELIZ NAVIDAD!!!

24 diciembre 2016