viernes, 17 de junio de 2016

UNA HISTORIA EN JERUSALÉN


Ya estaba atardeciendo en Jerusalén. Disponía de cuarenta minutos libres antes de la cena, así que me apresuré a cruzar la Puerta Nueva para recorrer las calles del barrio cristiano. Era sábado y las tiendas ya habían cerrado. Algunos rezagados estaban terminando de recoger. Casi no había nadie por la calle, pero no me importaba. Hacía veinticuatro horas que había llegado a Jerusalén y todavía no había tenido la oportunidad de pisar la Ciudad Vieja.  Al día siguiente uno de mis anfitriones me llevaría a conocer los lugares más emblemáticos, pero no podía esperar  tanto. Así que había que aprovechar esa media hora larga de libertad. Como iba sin mapa y carezco del más mínimo sentido de la orientación, decidí caminar veinte minutos fijándome bien en el recorrido y luego retroceder sobre mis pasos.

Ese paseo fue quizás el momento más emocionante del viaje. Porque acababa de llegar, porque iba sin rumbo, porque la luz del atardecer sobre la piedra dorada creaba una atmósfera especial, porque estaba pisando las calles que antes de mí habían recorrido millones de peregrinos y quizás también de escépticos buscando una respuesta… porque no me podía creer que estaba en Jerusalén. Las callejuelas estrechas, llenas de recovecos, desembocaban en otras algo más anchas. Al fondo un arco, unas escaleras gastadas, carteles en hebreo y árabe, a lo lejos la torre de una iglesia, una silla vieja junto a una puerta todavía más vieja, una cruz de madera sobre una ventana… Cada rincón me parece más bonito que el anterior.

Veinte minutos. Giré sobre mis pasos y regresé al centro donde me alojaba, saboreando los últimos momentos de ese paseo encantador que me deja con ganas de más. El lugar donde estoy citada resulta otra sorpresa agradable. Un restaurante en la terraza de un edificio imponente desde el que se disfruta de una vista maravillosa de la Ciudad Vieja. Mis anfitriones son dos palestinos cristianos, Samir y Rami. Se levantan de la mesa en cuanto me ven llegar y me saludan afectuosamente. Me sirven vino y levantamos las copas, brindando por nuestra recién estrenada amistad.

Los camareros, impecables, van trayendo platos porque quieren que pruebe un poco de todo. De vez en cuando, algunas personas se detienen junto a nuestra mesa para charlar. Y así, entre plato y plato, y vasos de vino, Samir y Rami me cuentan cómo vive un palestino cristiano en Israel. Me hablan de sus anhelos, sus experiencias, su historia. Hacia el final de la cena, Samir levanta su copa, esta vez para brindar por una historia imposible: la paz entre judíos y palestinos. Sus ojos profundamente negros se clavan en los míos y el tiempo se detiene. Pero es sólo un espejismo. La cena va llegando a su fin. Cuando nos despedimos, retiene mis manos entre sus manos unos instantes de más.

Al día siguiente, una guía me acompaña a visitar Jerusalén y me va mostrando la ciudad. Comenzamos por la puerta de Jaffa y atravesamos el barrio armenio. Llegamos a la puerta de Sión y de allí nos dirigimos a la iglesia de la Dormición, al Cenáculo, la tumba del rey David, las mezquitas y el Muro de las Lamentaciones. Me llama la atención el recogimiento de muchos judíos que allí rezan… Me detengo junto al Muro y yo también rezo, aunque no tengo nada que lamentar. Por el contrario, doy gracias por lo mucho que he recibido. Nos adentramos en el barrio judío hasta llegar al antiguo Cardo romano y ¡por fin! el Santo Sepulcro. Pero ya no hay tiempo de visitarlo y lo dejo para el día siguiente, que dispongo de casi dos horas libres antes de ir al aeropuerto.  

Efectivamente, seré capaz de llegar a la iglesia del Santo Sepulcro sin perderme. Es pronto y apenas hay gente. Sin mi guía y sin carteles voy descubriendo rincones increíbles, cargados de historia, y adivino lo que representan. En un extremo observo una pequeña construcción cuadrada con dos sacerdotes ortodoxos que custodian la entrada. Una persona entra. Me acerco, sin saber qué hay allí, me permiten entrar y al fondo, hay una pequeñísima estancia rectangular en la que caben sólo cinco o seis personas apretadas. Salen los que estaban allí, arrodillados, entro y yo también me arrodillo. Entonces experimento una paz impresionante, como pocas veces la he sentido. Es una sensación difícil de describir. Sólo puedo decir que Dios estaba allí… y lo sientes. Te rodea, te abraza, y querrías quedarte. Luego supe que ese lugar pequeño es la tumba de Jesús.

Bajo el sol brillante de Jerusalén, con una mezcla de emociones, regreso al hotel. Otro Rami me espera para llevarme hasta el aeropuerto de Tel Aviv. Con pena me alejo de Jerusalén, deseando regresar. Y mientras desde la ventanilla veo el paisaje, me acompaña mi experiencia en el Santo Sepulcro, la sensación de paz, el atardecer de mi paseo solitario por la Ciudad Vieja... Y los ojos negros de Samir, claro.



Junio 2016

sábado, 28 de mayo de 2016

CUANDO TE CONOCÍ


Al principio no le llamó la atención. No era su tipo. Era el típico guaperas, un malote con un toque bohemio. A ella le gustaba el orden, la tranquilidad y, desde luego, él desprendía cualquier cosa menos paz y seguridad.
-          Una niña mona, con cara angelical -pensó él-. Aburrida. Nada que hacer.
Tenían amigos comunes y compartían gustos y aficiones, así que sus caminos se terminaban cruzando frecuentemente. Y él era simpático y divertido. Le hacía reír.
-          Tiene encanto y un algo de misterio- reconoció él.
Y resultó que ni ella era tan angelical ni él tan malote. Y así, cruce tras cruce, sus caminos se encontraron. Aquel día, un sábado de diciembre, un grupo de amigos con inquietudes literarias se había reunido con la intención de fundar una asociación cultural. Allí estaban los dos. Al terminar la reunión se quedaron varios rezagados charlando, dos chicas y cuatro chicos, y decidieron ir a tomar algo. Bajaron caminando hacia la Castellana buscando una parada. Unos minutos después, el grupo subió al autobús y se dirigió hacia el fondo, que estaba vacío. Blanca iba la primera y se sentó junto a la ventanilla. A su lado su amiga y en el asiento justo delante ¿quién si no? Él. Qué detalle, así podría observarle tranquilamente. Entre anécdotas y risas, protagonizadas sobre todo por él,  llegaron a su destino. Alguien había dicho que por allí conocía un bar de moda. Entraron. De fondo sonaba una canción de Gabinete Caligari. Estaba lleno pero encontraron mesa en el piso de abajo. Juan se adelantó y se sentó con prisas al lado de Blanca, pero ella ya sólo tenía ojos para él, para Julio. No podía creerlo. Después de casi un año desde que se habían conocido, por fin detectaba señales claras. Él no paraba de mirarla, aunque desviaba la mirada cuando se daba cuenta de que ella lo notaba. Y cuando contaba sus historias, parecía que lo hiciera sólo para ella, como esperando su aprobación. De hecho, parecía que cada uno intentara contar una gracia mayor que la anterior para impresionar a las chicas.
Estaban relajados. Hasta ese día sólo habían tenido confianza cuando hablaban por teléfono, cuando no había nadie más delante. En esos momentos parecía como si se conocieran de toda la vida. Pero por alguna extraña reacción, cuando había gente se esquivaban. Hasta ese día.
-          La verdad es que un gran contador de historias. Nadie me hace reír como él –tuvo que reconocerse a sí misma.
Llegó el momento de la despedida y de desearse feliz Navidad. Blanca estaría unos días fuera. Él le prometió que la llamaría a la vuelta de vacaciones. «No me llamará, lo sé», pensó con pesimismo. Pero llamó. Tardó más de lo que había dicho, pero llamó.
-          Perdona, estaba con exámenes.

-          No, si no tienes que disculparte. No tienes ninguna obligación de llamarme – dijo ella en plan digno.

-          Quería invitarte a cenar.

-          No tienes por qué hacerlo – más digna todavía. A ver si se iba a pensar que no tenía nada mejor que hacer... Pero ¿por qué le salía ponerse borde??

-          Quiero hacerlo, déjate de tonterías.

Silencio. «¿Me estará tomando el pelo?», pensó ella desconfiada. Y él, «¿estaré haciendo el ridículo y está saliendo con otro?».
-          Claro que si no quieres verme…- empezó él.

-          No, no es eso. Es que yo también tengo exámenes. Pero bueno, me puedo organizar.
Y se organizó, por supuesto. Dos días después, mientras le esperaba en la Plaza de Castilla, intentaba calmarse. Tampoco había motivo para estar nerviosa, qué va. Simplemente había quedado con el chico que le gustaba, al que no veía desde hacía casi dos meses, con el malote que seguro que tenía alguna novia por ahí, aunque había resultado que no era tan malote. A los cinco minutos llegó corriendo y pidiendo disculpas. Le puso un paquete envuelto en papel brillante en las manos antes de que ella pudiera decir nada.
-          ¿Y esto qué es? – preguntó sorprendida.

-          Un regalo. Para ti –contestó con timidez.
Una enorme sonrisa iluminó su rostro angelical. Y sin parar de hablar y reír bajaron por la Castellana. 

-          ¿Que Julio y Blanca están saliendo? –comentó extrañado uno de sus amigos.- ¡Si no pegan nada!

-          Al contrario. Están hechos el uno para el otro, aunque no sé si llegarán a darse cuenta –vaticinó otro que conocía bien a ambos.

De aquel grupo, de aquellos cinco universitarios que fueron al bar de moda donde ponían música de Gabinete, a dos de ellos los perdería de vista al cabo de un tiempo. Otros dos seguirían siendo sus amigos muchos años después. Y el quinto… pues seguiría siendo él. Apareciendo y desapareciendo de su vida intermitentemente, como todo lo bueno en esta vida. Porque si te acostumbras a lo bueno a lo mejor no lo valoras ¿no?... ¿o sí?... Quién sabe…
Mayo 2016

viernes, 13 de mayo de 2016

EL TEATRO, OTRA HISTORIA IMPOSIBLE


Comenzó a sentir un sudor frío. La respiración se iba acelerando. De repente se quedó en blanco. Pero no iba a permitir que los nervios estropearan ese momento, su momento. Apretó los puños, miró al frente y se concentró para acompasar la respiración. Una inhalación profunda, seguida de una fuerte exhalación. Cerró los ojos unos instantes y se llevó la mano al corazón. Poco a poco volvía a su ritmo habitual. Abrió los ojos al notar que había alguien a su lado. Alguien que repetía las mismas respiraciones y le sonreía transmitiéndole seguridad. Al girar la cabeza, su mirada se topó con un viejo espejo. Por un momento no se reconoció. Una peluca rubia platino con un elegante recogido, los labios rojos y una suave falda de vuelo. Era ella pero no ella. Estaba a punto de salir al escenario y convertirse en otra persona. De hecho, ya llevaba varios meses conviviendo con Margot, llevando vidas paralelas, abandonando el ritmo frenético habitual cuando se ponía aquella peluca rubio platino. Entonces, ya no era ella, creaba un personaje a su medida y –cómo explicarlo- eran sus momentos más felices. Y sabía que, aunque en ese momento no recordara nada del texto que llevaba trabajando varios meses, en cuanto pisara el escenario, una descarga de adrenalina recorrería su cuerpo y, como por arte de magia, se convertiría en aquella rubia elegante y hablaría y se movería como ella, con seguridad, dejando atrás sus miedos. Como por arte de magia.
Desde que tenía uso de razón había querido ser actriz. Evidentemente, cuando lo planteó en casa sus padres le dijeron sí, claro, cariño. No digas tonterías.
-          No son tonterías, es como me siento más feliz – exclamó.
De nada sirvieron los ruegos y lloros. Y un buen día de octubre se encontró sentada en la última fila de un aula rodeada de gente desconocida. Las primeras semanas en la universidad fueron aburridas. Llegaba, no hablaba con nadie, se sentaba en la última fila y miraba al profesor de turno con cara de estar enfadada con el mundo. Pero aquello era aburrido. Al pasar las semanas, fue trabando relación con esas otras chicas que se reían mucho y atendían poco y también se sentaban atrás. Hasta que un día vio un cartel junto a la puerta de la cafetería, casi oculto por las docenas de papeles que se amontonaban sobre el tablón. Se hacen pruebas para el grupo de teatro universitario.
El corazón le empezó a latir con fuerza… Las pruebas eran el viernes, sólo dos días después… Lo volvió a leer para asegurarse de que tenía la información correcta. Después de dos días muy largos se presentó en el pequeño salón de actos de la universidad. Con timidez asomó la cabeza por la puerta entreabierta. Unos cuantos estudiantes, no muchos, hablaban entre ellos. Avanzó despacio hacia ellos, sin saber muy bien qué hacer hasta que de repente una joven alta y simpática se dirigió a ella. Le pidió el nombre y lo anotó en un cuaderno. Entonces, un hombre algo mayor que el resto, pidió a todos que se sentaran en la primera fila y comenzó a hablar. Ella le escuchaba extasiada. Y feliz. Sabía que por fin había encontrado su sitio.
El viernes siguiente, muchos no volvieron pero los que allí estaban permanecieron juntos durante siete maravillosos años. Compartiendo vivencias con Tennessee Williams, Shakespeare, Moliére, Simon, Alejandro Casona, los Álvarez Quintero, Mihura y tantos otros.
Veinte años después volvía a tener la oportunidad de ponerse la peluca rubia y no lo había dudado. Quizás su vida era muy distinta a cómo la había imaginado en sus años universitarios, sin embargo su pasión por el teatro seguía siendo la misma. Se había entregado una vez más a ese amor imposible. Una respiración profunda más…. Su compañero le cogió la mano, le guiñó un ojo y juntos, con paso seguro, se dirigieron al centro del escenario.
Mayo 2016

domingo, 1 de mayo de 2016

LA FLACA (O ¿AMISTAD ENTRE MUJERES Y HOMBRES II?) Colaboración de José Manuel Ferradas


Cuando mencionan su nombre se me despierta un mohín mientras ladeo mi cara y brota una sonrisa como hablando a la mañana.
 
Yo conocí a la flaca. Y aún la conozco. Y aún sigo descifrando cómo pudieron meter tanto talento en tan espigado espacio.  

En tiempos quise colarme entre los pliegues de sus enaguas. Confundí el camino pero todos sabemos cómo se las gasta el corazón cuando de sentir se trata. Puse sitio a sus murallas y me evadió con la facilidad que aporta la limpieza de su mente clara. Y se fue.  Y compró en los bazares tiempo y metros a los que llamó distancia. Distancia para vivir. Distancia que los dioses me regalaron para que yo pensara. 

Todo es mas fácil cuando ya ha pasado. Tiende a perder emoción pero gana en sentimiento. Siempre consideré que es mas importante, mucho mas importante, querer bien que apasionadamente. Es más veraz. Los pulsos cobran su ritmo y olvidan, puede que definitivamente, los saltos al vacío que generan las explosiones amorosas de los comienzos. 

Ella fue quien me enseñó. Ella me mostró el camino. Con la sutileza firme de sus ojos melancólicos domó las redes que encadenaban mi alma. Y me convirtió, como si nada midiera el peso de mi espalda, en amante de su espíritu. Guardián de su mirada. Hermano de sus sueños. Alumno de sus lamentos. Aprendiz de sus silencios tan cargados de romanzas.  

Aún se ruboriza cuando manifiesto mi eterno amor a su figura. A su leyenda. A su realidad mas perfecta. A ella. A lo que ella representa. Es mi abrazo a esa historia que nació de una contienda. La fruta mas dulce que brotó de un no hasta convertirse en la morada de un si con distinta perspectiva. Cuando un no se convirtió en el inicio de una maravillosa vida de amistad. 

Tomó un tarugo de leña apenas desbrozada. Y pulió cada veta, cada espina que por sus lados colgara. Transformó lo agreste en sutil, lo árido en terciopelo. Supo armarse de paciencia. Aquella que le dice al tiempo que nada es para un instante salvo los trances pequeños. Que el futuro se amasa entre los dedos del hambre que manejan los platos por llenar de sueños. 

Hoy somos amigos. Amigos sin tregua ni añoranza. Amigos sin reloj ni calendario. Y sé que la quiero feliz sin el egoísmo de los celos que todo lo empañan. Que cuando el presente se espacia sigo con la certeza de que su vida es mi casa. Que sus logros son mi premio y sus penas mi reto para consolarlas. 

Y fue capaz de tallarlo con la sola fuerza del agua y el filo cariñoso de una preciosa navaja.

José Manuel Ferradas
Abril 2016

viernes, 22 de abril de 2016

¿AMISTAD ENTRE MUJERES Y HOMBRES?


-          Tú y yo somos la prueba de que la amistad entre un hombre y una mujer es posible –dijo mirándome a los ojos y alzando su vaso-. Y creo que eso merece un brindis.

-          ¡Brindo por eso! –exclamé haciendo chocar los vasos.

Sí, nuestra amistad merecía definitivamente un brindis, aunque fuera con zumo de naranjas recién exprimidas. Sonreí con cariño a mi viejo amigo. La edad no era la causa de que no brindáramos con alcohol. La noche anterior él había estado celebrando el cincuenta cumpleaños de un amigo, en ese mismo local, y la fiesta se había alargado hasta las tantas. Y yo había salido a cenar con otro viejo y querido amigo -y su mujer- y entre copas de vino y recuerdos, había llegado tarde al hotel. Además, eran las once de la mañana.
A Paolo y a Nino los conocí en un curso de inglés en la Universidad de Edimburgo hace muchos años.
-          ¿Cuántos? Espera que haga memoria… Yo tenía diecinueve y tú uno más, así que  dentro de unos meses, el próximo verano, hará… ¡treinta años! ¿Es posible? 

-          Treinta años, Belencita. Y aquí seguimos tú y yo, solteros los dos y disfrutando de nuestra amistad.

-          ¿Y tienes novia ahora?

-          Bueno. Sí, hay una chica…

-          ¿Edad?

-           Joven

-          ¿Cómo de joven? -pregunté riéndome.

-          Mucho más joven. Ya sabes que soy la encarnación de Peter Pan, así que no me quiere ninguna de mi edad- explicó entre risas- ¿Y tú?

Miré alrededor, admirando la preciosa decoración art decó. Estábamos sentados junto a un ventanal que daba a la Piazza Cavour.  
-          Bueno, ya sabes que las relaciones siempre me han dado un poco de pereza, o quizás de miedo, no sé. Pero estoy estupendamente.

-          Con Nino hubo algo –dijo poniendo cara de estar enterado de todo.

-          No, no hubo nada. Bueno, no pongas esa cara. Podría haberlo habido, sí. Pero no podía ser. Éramos muy jóvenes, él en Roma, yo en Madrid… ¿Sabes que hasta el año pasado nunca hablamos de eso? Vino a Madrid a una reunión y salimos a cenar, como habíamos hecho otras veces, pero esta vez, no sé por qué, hablamos. Y los dos reconocimos que sí, que algo había, pero no fue. Y mucho mejor así, porque seguramente por eso seguimos siendo amigos, tantos años después. Fin de la historia –dije llevándome el vaso a los labios, seca después de la parrafada-. Pero me gustó saber que no habían sido imaginaciones mías.

Recordé el día anterior. Había sucedido una cosa muy graciosa. Muy curiosa. Una de esas "casualidades" que nos persiguen. Por la mañana había ido a visitar una universidad a las afueras de Roma. Allí tenía que ver a un colega, con el que tengo ya una cierta amistad. Durante la comida, surgió en la conversación que era napolitano. Yo estaba convencida de que era de Roma, pero no, napolitano de pura cepa. Así que le conté que hace años, durante el famoso curso en Edimburgo, me había hecho amiga de tres italianos, pero con uno de ellos, que era de Nápoles, había perdido el contacto. Nino seguía en contacto con él, aunque sólo para felicitarse la Navidad y poco más. Bien, pues resultó que mi amigo Roberto… ¡era su tío!  Increíble pero cierto. Inmediatamente le llamamos, claro. Y entre risas recordamos aquel fin de semana en que Paolo, Nino y yo habíamos ido a verle. Al volver a Madrid rebusqué entre mis fotos y la encontré. Allí estábamos los cuatro, treinta años más jóvenes, en su terraza con vistas a la bahía de Nápoles. Cuando esa noche quedé con Nino y le conté la historia, no daba crédito. Volvimos a llamar a Roberto, claro.
Así que afirmo, la amistad entre hombres y mujeres es posible, por supuesto. Es cierto que a veces existe un interés romántico de una de las dos partes. Pero sólo de una... Bueno, rectifico; a veces de las dos pero por lo que sea, no tocaba... Y en muchos casos solamente al principio. Existen entonces dos posibilidades: o dejas de ver a esa persona porque te duele, o lo superas y eliges la amistad. Tengo más amigas que amigos, sí. Aunque pensándolo bien, tampoco muchas más. Tengo varios amigos que siempre han sido eso, amigos. Y por eso siguen siéndolo treinta años después, en Roma y en Madrid. Creo que con los ex resulta más difícil mantener después una amistad. Aunque cada historia es un mundo.
No sé si será que al acercarse el medio siglo, vamos tomando perspectiva. O que estos últimos días he comprobado cómo esos viejos amigos nos hemos unido, en una piña, en torno a un amigo que lo necesitaba. Ha sido como una avalancha de sentimientos. He comprobado que, aunque la vida es como un tren en el que tú vas siempre, y hay gente que va subiendo, y otros van bajando, algunos siempre han estado ahí, en ese tren contigo. No sé por qué pero estos últimos meses he mirado hacia atrás en varias ocasiones y, muchos de aquellas personas que conocí en el Madrid de los ochenta, que disfrutamos de aquellos años de la movida, de nuestra primera y brillante juventud, siguen a mi lado. Algunos incluso ensalzan la amistad en las redes, públicamente, sin pudor. Será que es viernes, que llueve, que vengo de tomar un café con uno de esos amigos al que hace tiempo que no veía, que una hoja en blanco me hipnotiza y me obliga a golpear el teclado para intentar dar voz a esa avalancha de estos días, será… ¡Brindo por vosotros! Por los de siempre.
Abril 2016
 

viernes, 8 de abril de 2016

LOS SECRETOS Y AQUELLA FIESTA DE LOS 80




Se detuvo en la entrada y observó con sorpresa el local, casi irreconocible. Estaba completamente transformado. La iluminación tenue disimulaba algunos desconchados en las paredes que parecían más blancas que de costumbre. En la del fondo, alguien había pegado fotos en las que asomaba rostros sonrientes de los amigos en diferentes situaciones: una excursión, en la universidad, un acto cultural, otras fiestas… y en todas ellas un protagonista: Javier, que ese día cumplía veintidós años. Guirnaldas de colores colgaban del techo. De fondo sonaba suavemente la música de Los Secretos.   

-          ¿Qué haces ahí parada, Blanca? – le preguntó uno de los pocos invitados que ya había llegado, acercándose con una sonrisa en su cara redonda y un cubata en la mano–. En aquella mesa están las bebidas. ¿Qué te pongo?

-          Hola Luis ¿Qué tal? Pues una coca-cola, gracias.

-          Pero le añadimos un poco de alegría ¿no? – dijo guiñando un ojo.

-          ¡Jaja! De momento una coca-cola está bien. A la siguiente le añadimos un poco de ron. ¿Ya estás bebiendo? – preguntó alzando un dedo acusador.

-          Venga, venga… ¡que es viernes!!

-          Coca-cola solita – y tras una pausa teatral añadió: De momento.
Se acercaron a la mesa donde se concentraban los primeros invitados rodeando al cumpleañero. - «¡Muchas felicidades, Javier!» – le dijo alargando la mano para entregarle su regalo.
Él abrió con cuidado el paquete, procurando no rasgar el precioso papel tipo florentino que ocultaba una agenda Moleskine.
-          Para que tomes notas de todos esos viajes maravillosos que deseas realizar.

Javier agradeció efusivamente el obsequio, mientras pasaba las páginas y le pedía una dedicatoria.  Y poco a poco fueron llegando todos. Francisco, que a sus veintitrés años seguía arrastrando asignaturas de 2º, 3º y 4º de Derecho; Manuel, con sus andares desgarbados y su pelo siempre desordenado; Carlos, el responsable del grupo; José Ignacio, el donjuán oficial; Juan Luis, que ya estaba trabajando en un despacho de abogados, aunque no sabía si duraría mucho porque cometía un error tras otro… Blanca observaba a sus amigos con cariño. Los había conocido un par de años antes en el bar de la facultad y desde entonces se veían todas las semanas. La habían adoptado como su «pastora». Así la llamaban porque era ella la que se preocupaba de mantenerlos unidos, especialmente las noches en que se pasaban con la bebida. Procuraba que no se metieran en demasiados líos y cuando alguno de ellos empezaba a tambalearse lo subía a su coche y lo llevaba a casa. Invariablemente, muchos sábados a última hora de la mañana recibía una llamada que se repetía: «Blanca ¿cómo llegué anoche a casa? ¡No me acuerdo de nada!». Y entre carcajadas, rememorando las mejores jugadas de la noche anterior, la respuesta era siempre la misma: «Pues te llevé yo, quién si no. Con la ayuda de.. -Fulanito o Menganito- porque no te tenías en pie». «Santa Blanca, nuestra pastora. ¿Qué sería de nosotros sin ti? Bueno ¿cuál es el plan para hoy?».
Al poco rato empezaron a llegar las chicas del grupo, que también las había, aunque en menor número. Alicia, que seguía teniendo en casa los problemas propios de una adolescencia que supuestamente ya había dejado atrás; Fernanda, la sexy estupenda; Mercedes, que hablaba poco pero reía mucho, y Marta, la mejor amiga de Blanca. Ellas cinco eran las fijas del grupo. Luego estaban las novias que iban y venían. La mayoría duraba poco tiempo, pero siempre era divertido ver caras nuevas y cotillear sobre el último ligue de José Ignacio.
-          Por cierto ¿sabes quién me ha preguntado por ti? – le susurró de pronto éste al oído.- Sí, sí, no me mires con cara de no haber roto un plato… Esta tarde me ha llamado Julio. Quería saber ibas a venir.

-          ¿Ah sí? ¿Y tú qué le has dicho? –dijo como no dándole importancia y procurando que no se notara que su corazón había empezada a latir a mil revoluciones.

-          Pues que venías, claro, y que no fuera tonto y viniera él también. Vaya, hablando del rey de Roma…- exclamó levantando los ojos hacia la entrada.
Ella se giró un poco, disimuladamente, y sí, allí estaba él, su historia imposible. Mis piernas tiemblan cuando entras en esta habitación. Mi voz se quiebra, te hablo y digo cosas sin ilación. Era una de esas personas carismáticas que tienen la facultad innata de llenar el espacio con su presencia. Blanca admiraba su aplomo y su seguridad, además de encontrarlo endiabladamente guapo. Una vez que se lo presentó a su hermana, sin embargo, no se lo pareció tanto. «Bueno, a mí me gustan más los rubios, ya sabes». Desde que lo había conocido casi dos años antes, ya no había tenido ojos para nadie más. Sobre un vidrio mojado escribí su nombre pensando en ella (o en él)… Una pena, porque Carlos y Juan Luis eran muy majos y ya le habían echado los tejos en varias ocasiones, pero nada que hacer.

Cuando estaba con él era de lo más contradictoria y se enfadaba consigo misma porque no actuaba con la coherencia y organización con que lo hacía siempre. Odiaba esta sensación de estar tan enganchada a alguien. Le hacía perder su libertad, su paz interior. Así que a menudo era borde con él, de manera inconsciente. En cambio otras veces, era encantadora y se creaban momentos mágicos. Déjame, no juegues más conmigo, esta vez en serio te lo digo, tuviste una oportunidad y la dejaste escapar. Porque claro, si ella se portaba así, también era porque él no se aclaraba.
Julio se acercó sonriendo, con un poco menos de su aplomo habitual, y le estampó dos besos en las mejillas.

-          Vaya, volvemos a encontrarnos ¡Qué casualidad!

-          Sí, qué casualidad –dijo, mientras José Ignacio desde atrás le guiñaba un ojo.

Cada vez que tú me miras he vuelto a nacer, cada vez que tú respiras me haces sentir bien… Los Secretos seguían sonando, con esa facilidad de meter el dedo en la llaga. ¿Cuál sonaba ahora?... Noche es de noche otra vez, y no te volveré a ver. Me miraste a los ojos y no supe qué decir, yo no tengo palabras para ti. Así se sentía ella, no sabía qué decir. Y parecía que él tampoco.
Se unieron al grupo, poco a poco se fueron relajando, y las risas y la complicidad volvieron a aparecer.
He roto todos mis poemas,
los de tristezas y de penas,
lo he pensado y hoy sin dudar vuelvo a tu lado.
Ayúdame y te habré ayudado,
que hoy he soñado en otra vida,
en otro mundo, pero a tu lado.
De pronto, en medio de la fiesta, se oyó la voz de Blanca, fuerte y clara: «¿Alguien puede cambiar de una vez la música, por favor???».
Desde el otro extremo de la habitación, Juan Luis exclamó: «¡Tus deseos son órdenes! ¿Qué quieres que ponga?». «No sé… ¿Alaska? ¿Cumpleaños feliz?»… Y Julio se quedó mirándola, fijamente, con sus ojos de gato.

                                                                                                          Abril 2016

sábado, 2 de abril de 2016

BILOCACIONES EN TEXAS




Tal día como hoy, hace 414 años, nació en Ágreda, un pueblo de la provincia de Soria, María Coronel Arana, que pasaría a la historia como Sor María Jesús de Ágreda. Oí hablar por primera vez de esta monja concepcionista hace ya muchos años, en la universidad, ya que fue consejera del rey Felipe IV. Se conservan cientos de cartas que el monarca y la religiosa intercambiaron a lo largo de varios años. Lo curioso del caso es que María nunca abandonó su localidad natal ni recibió una instrucción fuera de lo común y, aun así, se convirtió en su asesora, no sólo en cuestiones espirituales, sino también en cuestiones de estado. Felipe IV le consultaba sobre temas de política, a ella, a una mujer en apariencia sencilla. Y no termina aquí lo sorprendente de la vida de Sor María. Cuando los misioneros franciscanos llegaron a Texas y Nuevo México por primera vez, se encontraron con unos indios ya evangelizados. Los jumanos sabían responder a las preguntas que les hacían sobre la religión católica. Sorprendidos ante lo que en teoría era un primer contacto con misioneros, ellos respondían que una dama de azul ya les había instruido en la fe.   

            Casualmente ayer, la víspera de la fecha del nacimiento de Sor María, su nombre salió en una cena con amigas. Para mi sorpresa, ninguna de ellas había oído hablar nunca de ella. «¿Bilocaciones? ¿Qué es eso exactamente?». Así que les conté la historia. Por encima, claro, no quería ser pesada con los temas históricos que me apasionan en una noche de viernes entre amigas, pero no pude evitar empezar a hablar con emoción. «Pero sí conoceréis la novela de Javier Sierra sobre el tema ¿no?». Pues no, tampoco. Sonreí, me llevé la copa de rosado a los labios y me lancé. «Fray Alonso de Benavides, uno de los franciscanos que misionaba en la frontera norte, empezó a investigar sobre la dama de azul y las pistas le llevaron, a su regreso a España, hasta Ágreda. Allí se entrevistó con la monja y concluyó que ella era la dama azul de los jumanos. Sor María Jesús describió con detalle el territorio americano que Benavides había visitado. Algo imposible, puesto que ella nunca había estado allí. Decía que lo recordaba como si fueran sueños. Pero todo cuadraba. Debido a lo insólito del caso, fue incluso investigada por la Inquisición. Así que parece ser que Sor María pudo estar, a través de las bilocaciones, en América. Aunque, obviamente, no es un hecho frecuente, hay más casos de bilocaciones en la historia de la Iglesia. Destacan sobre todo fray Martín de Porres y el padre Pío de Pietrelcina, dos personajes extraordinarios, por los que siento gran admiración». Mis buenas amigas no me habían interrumpido y habían escuchado con atención. «Si queréis saber algo más de esta historia sin tener que recurrir a ensayos históricos o religiosos, os recomiendo que leáis La dama azul. Es una novela muy amena e interesante. A mí me encantó».

            Esta mañana, desayunando con mis padres y mi hermano, les he preguntado si conocían la historia de Sor María Jesús de Ágreda y sí, la conocían. Menos mal. Es más, mi hermano me ha mirado sorprendido y me ha dicho: «¿Por qué preguntas por ella? Precisamente mañana en mi programa de radio hablo de su historia». Vaya… ¿casualidades? Yo lo llamo más bien Providencia. Y lo más gracioso de todo ha sido cuando al cabo de un rato me llama insistentemente desde su habitación. Estaba mirando la pantalla de su teléfono. «¿Sabes de quién es hoy el cumpleaños?», me pregunta sonriendo. Me concentro, hago repaso a la familia más próxima… no… amigos… «No sé, me rindo ¿de quién?». Me muestra el móvil y responde: «El 2 de abril de 1602, o sea, un día como hoy hace 414 años, nació Sor María Jesús de Ágreda». Nos quedamos mirando sorprendidos. ¿Casualidad?… Y entre risas hemos exclamado a la vez: «¡Es la Providencia!».
2 abril 2016