viernes, 2 de febrero de 2018

ENTONCES VOLVÍ A SER YO


Te busco y no te encuentro.

Me parece que estás y desapareces. Quiero llegar y no te alcanzo.

Cuando creo que estoy, ya te has ido. O quizás no has estado nunca.

Creo distinguir tu voz entre el ruido atronador y los silencios.

Me llega como un murmullo a veces y otras es clara y cercana.

Entonces paré, me detuve. Me senté en aquel rincón cálido y me abracé,

escondiendo la cabeza entre mis rodillas. Respiré hondo.

Logré controlar mi espiración entrecortada y, lentamente, se fue acompasando.

Entonces volví a ser yo. Te olvidé y volví a sonreír.

De un salto abandoné mi rincón cálido. Como si de pronto renaciera.

Le olvidé a él y, como si fuera la primera vez, sentí tu caricia.

Y regresé a Ti. A Ti que me esperabas sin preguntas, sin reproches.

Entonces lo entendí. Una vez más. Buscaba una quimera imposible de encontrar.

Me abrí paso entre el estruendo, vencí mis miedos, mis heridas quedaron atrás.

Tú siempre esperas.

Con los brazos en alto, giré y giré entre risas y cantos.

Entonces volví a ser yo. Contigo.



Febrero 2018








sábado, 27 de enero de 2018

TENGO UN PODER MÁGICO


A esta hora nuestra cafetería preferida está tranquila. Mi amiga me ha citado un sábado a una hora un tanto intempestiva porque tiene algo importante que contarme. Son las cuatro de la tarde y hasta dentro de una hora por lo menos la mayoría de los mortales estará de sobremesa o durmiendo plácidamente la siesta, precisamente lo que a mí me gustaría estar haciendo en  estos momentos. Cualquiera de las dos cosas. Pero soy incapaz de resistirme a las llamadas de Marta. Quedar con ella es sinónimo de risas y después de una semana un tanto gris, sé que su última ocurrencia resultará más efectiva que una sesión en el psicólogo.

-          ¿Sabes qué te digo? –exclama inclinándose sobre la mesa de mármol con los ojos muy abiertos.  

-          Dime.

-          He descubierto que tengo poderes mágicos.

            Levanto los ojos de mi taza de té y la miro. Como siempre, está perfecta. No importa el día o la hora pero Marta tiene esa habilidad innata de ponerse cualquier cosa y estar ideal de la muerte. Sus mechas claras que nunca se ponen de color pollo, ni un pelo fuera de sitio. La blusa de seda que cae impecable sobre sus hombros, como hecha a medida. El colgante que lleva le queda justo en el centro del cuello y nunca se mueve de su sitio. Ya hace tiempo que renuncié a estar a su altura. Aun así, en un acto reflejo me llevo la mano al flequillo y miro mi imagen en el espejo que está a su espalda. Por supuesto, se ha rebelado. Prometo que me he peinado y me he pasado la plancha alisadora veinte veces antes de salir de casa.

-          ¿Cómo dices? –Esto sí que no me lo esperaba. Siempre termina sorprendiéndome, a pesar de que nos conocemos desde hace tropecientos años.  

-          Sí, sí. Soy capaz de convertir a príncipes en ranas. Como lo oyes.

Ahora soy yo la que se inclina sobre la mesa de mármol.

-          Explícate mejor.

-          Pues verás. Es muy sencillo. Tengo la facultad de besar a un príncipe y al cabo de poco tiempo se convierte en una rana. ¡Es infalible!

-          Ya…

-          Y como me doy cuenta de que esto ha sucedido en varias ocasiones, he llegado a la conclusión de que tengo ese poder mágico.

Nos miramos y nos echamos a reír.

-          O sea, al revés que en el cuento ¿no? Te recuerdo que lo habitual es justamente lo contrario. La princesa besa a una rana y ésta, por arte de magia, se convierte en príncipe.

-          Exactamente. Pues a mí me pasa al revés –sentencia volviéndose a apoyar en el respaldo de la silla y cruzando los brazos.


Yo imito su movimiento y mantengo una media sonrisa.


-          A ver ¿qué ha pasado con Fernando? Porque hablamos de Fernando ¿no?

-          Pues claro. Es que me encanta que seas mi amiga porque eres la más inteligente de todas las personas que me rodean.

-          Déjate de tonterías y al grano.

-          Pues ya sabes que me gustaba mucho.

-          ¿Te gustaba? ¿En pasado?… ¡Pero si estabas superenamorada y era el hombre de tu vida!

-          Pues ya ves. Una decepción enorme. También Fernando se ha convertido en rana –dice agitando su espectacular melena. Instintivamente,  vuelvo a llevarme la mano al flequillo y peleo sin éxito con mi mechón rebelde.

-          ¿No será que esperas demasiado? A ver, Marta. Que ya tenemos una edad, que ya deberías saber que los príncipes no existen.

            Se me queda mirando, abre mucho los ojos y ladea la cabeza. El colgante, por supuesto, no se mueve de su sitio.

-          Chiqui ¿y me lo dices tú? Que ya vas por el tercer marido… –me dice señalándome con un dedo acusador entre risas.

-          Bueno, yo al menos lo intento –me defiendo.

-          ¿Lo intentas? ¡Tú te tiras en plancha a una piscina vacía!

-          En el caso del segundo te doy la razón. Me tiré en plancha, de acuerdo. Pero con Víctor mira, la cosa va bien.

-          Eso es verdad –concede magnánima.

            En ese momento se abre la puerta de la cafetería y entra un grupo de amigos. Cuatro hombres. El local sigue prácticamente vacío pero después de otear unos segundos el horizonte, toman posiciones justo en la mesa de al lado. Les miro con fastidio, pero Marta les sonríe con su sonrisa encantadora. Es infalible. Y saludan. Yo aprovecho para seguir hablando, a ver si captan que esto es una conversación entre amigas y no son bienvenidos.

-          El rubio se parece un poco a Fernando. Es del estilo ¿verdad? –me dice en voz baja.

Con disimulo miro al grupo a través del espejo.

-          No se parece en nada... Anda ¿por qué no quedas con él y hacéis las paces? Fernando es muy buen tío. Y te quiere. Pues ya está. Deja de besar a príncipes. ¿Para qué? Si todos se convierten en ranas.

            Las dos nos quedamos en silencio. Parece que mis palabras le hacen reflexionar. Apoyo la cabeza en mi brazo y sigo mirando a través del espejo. Contemplo los reflejos de los cientos de cristalitos brillantes que cuelgan de las lámparas de araña y pienso que habrán sido testigos de un sinfín de conversaciones como esta. Y por un momento quisiera ser Alicia y sumergirme en su interior y vivir aventuras absurdas. Hasta que el sonido del móvil me saca de mi ensoñación.

-          Es mi rana –digo sonriendo-. Dice que por qué no os venís tú y tu rana a cenar esta noche. ¿Te apetece?

-          Qué cielo. La verdad es que los cuatro juntos lo pasamos bien… Entonces ¿qué hago?

-          Esa decisión sólo la puedes tomar tú. Yo no te quiero influir. Si no estás bien, tampoco se trata de aguantar. –Ahora me siento un poco culpable.

            Marta vuelve a agitar su melena de anuncio y automáticamente cuatro cabezas se giran hacia nosotras. Ella sonríe complacida.

-          La verdad es que tienes razón. Con eso de las ranas, quiero decir.

Saca el móvil del bolso y sonríe con dulzura.

-          Mensaje de Fernando –se detiene unos segundos mientras lo lee. Y levanta la mirada con seguridad-. De acuerdo. Dile a tu rana que mi rana y yo aceptamos encantados la invitación.

            Entonces se levanta de repente y me envuelve en un abrazo, a la vez que exclama: «¡No sé qué haría sin ti, chiqui!».



Enero 2018

sábado, 13 de enero de 2018

DIME ALGO...



-          Dime algo…

-          ¿Algo? -pregunta él torciendo el gesto.

-          Sí, algo. Alguna palabra, un vocablo, una exclamación.

Él mira con cara de no entender. Ella sacude los brazos dejando las palmas hacia arriba, como queriendo animarle con ese gesto.

-          Perdón, pero no te entiendo. ¿Qué se supone que tengo que decir? Porque por la forma en que me estás mirando, ya sé que voy a meter la pata fijo.

Ella vuelve a agitar los brazos. Él sigue sin entender. Entonces se lleva las manos a la cabeza.

-          ¿Te gusta o no te gusta?

-          No, si la voy a liar –calla unos instantes y luego se lanza-. Claro que me gusta.

-          ¿El qué te gusta? –pregunta expectante.

-          Pues, pues…. –se aclara la garganta-. Pues eso, que me gusta.

-          ¿Podrías ser más explícito?

-          Pues lo que se supone que me tenga que gustar. Si a ti te gusta, a mí me gusta.

Sonríe satisfecho, seguro de haber acertado en la respuesta.

-          Hombre, Luis. Eso es muy vago.

-          A ver, que tú siempre has tenido buen gusto.

-          Bueno, eso no te lo discuto –asiente con una media sonrisa-. Pero me gustaría saber tu opinión.

Él resopla, mira a su alrededor en un intento desesperado hasta que sus ojos se detienen en el periódico que hay sobre la mesa. Se aferra a él como un clavo ardiendo.

-          Vamos a ver qué película hay esta noche en la tele ¿te parece? –dice pasando las páginas hasta llegar a la programación-. A ver… mira, aquí hay una de suspense que seguro que te gusta.

-          Ya, precisamente de eso hablábamos. De gustar. Ahora no cambies de tema. ¡Que me ha costado casi cincuenta euros!

Respira hondo, levanta despacio la mirada del periódico y la mira fijamente.

-          ¿Cincuenta euros?

-          ¿Te parece mucho? Si tienes en cuenta que me han cortado y aclarado un poco el tono, tampoco es tanto.

Entonces sus ojos se iluminan y sus labios dibujan una gran sonrisa.

-          ¡Pues claro que me gusta! Estás guapísima –exclama acercándose a ella y acariciándole el cabello.

-          No te habías dado cuenta –dice agitando un dedo acusador entre carcajadas-. Eres un desastre. ¿Tú crees que si me pusiera un loro en la cabeza te darías cuenta?

-          No exageres. Yo te veo igual de estupenda que esta mañana. O sea, igual de guapa que siempre.

-          No sé si tomármelo como un cumplido.

-          Es un cumplido. Te lo aseguro –afirma con vehemencia.

En sus ojos lee con claridad que se trata de un cumplido. «De acuerdo, no se ha dado cuenta de que he ido a la peluquería, pero sólo él es capaz de mirarme así y conseguir que se me haga un nudo en el estómago».

-          Entonces ¿qué peli has dicho que podíamos ver?



Enero 2018

viernes, 15 de diciembre de 2017

EL REGALO DE NAVIDAD


Le miro. Me mira. Nuestras miradas se cruzan un instante. Inmediatamente bajamos los ojos, a la vez. Los dos lo sabemos, aunque ninguno se atreve a hablar. Ninguno quiere ser el primero en reconocerlo. Los dos lo sabemos… Se ha acabado. Duele y, sin embargo, es a la vez liberador. Dolor y libertad unidos, como una gran contradicción.

No sé en qué momento empezó el final, cuál fue el instante en que comenzó la cuenta atrás, el punto de no retorno. No lo sé…. Miro hacia atrás buscando entre mis recuerdos. Quizás fue aquella tarde lluviosa en que no diste señales de vida. Quizás fue aquel domingo melancólico en que no supe de ti. O ese momento doloroso que no supiste entender. A lo mejor todo empezó aquel día en que no compartí contigo mi momento de felicidad porque pensé que para qué. O aquella vez que te recriminé que desaparecieras durante cuarenta y ocho horas. Quizás en aquella fiesta en que me sentí desprotegida y quise darte celos. O fue cuando yo no entendí tu necesidad de libertad y tú no fuiste capaz de entender que necesitaba tu confianza ciega y total.

Fue entonces cuando tu armadura perdió brillo y mi pedestal de barro se desmoronó. Fue entonces cuando cada uno, a los ojos del otro, se convirtió en humano. Y no supimos ver más allá. Me caí de bruces y perdí mi halo de misterio. Tu brazo, aquel que yo creía invencible, dejó de despertar mi admiración. Perdimos nuestras corazas divinas y nos convertimos en simples mortales.

Levanto levemente mis ojos hacia ti, esperando que nuestras miradas no vuelvan a cruzarse, y te veo observando atentamente tu copa de vino, como si quisieras diseccionar al milímetro su contenido. Han pasado cinco minutos eternos. Miro el reloj con disimulo. Mi movimiento no pasa desapercibido. Te llevas la copa a la boca, intentando rellenar el tiempo.

Me aclaro la garganta y junto mucho los labios. Te echas hacia atrás en la silla y cruzas los brazos, dispuesto a que sea yo quien empiece a hablar. Pero tus ojos siguen clavados en la copa.

-          Bueno… -comienzo sin saber por dónde empezar.

Entonces descruzas los brazos y te agarras a la copa, como si fuera un escudo. Elevas una ceja, ahora mirándome. Vale, me ha tocado. Así que me dejas a mí la papeleta. Tu armadura pierde por momentos el poco brillo que le quedaba.

-          Que digo yo… -acierto a decir y me callo. Tomo aire y disparo-. Decía que digo yo que, en fin, que tendremos que hablar ¿no? ¿O vamos a estar toda la tarde mirando el color del vino?

Y él sigue aferrado a su copa, sin ponérmelo fácil.

-          A ver ¿qué te pasa? –le pregunto ya un poco alterada.

-          ¿Qué me pasa de qué?

-          ¿Qué clase de pregunta es esa? Creo que mi pregunta está clara.

-          ¿Has tenido un mal día?

-          ¿Perdona? –digo marcando mucho cada sílaba. Sólo me falta ponerme en jarras pero me contengo.

-          A mí no me pasa nada.

-          Pues a mí tampoco. Y mi día ha sido perfecto hasta que has llegado tú y te pones ahí delante, agarrado a tu copa como si no hubiera un mañana, y no me miras, y no me dices nada, como si yo no estuviera, y…. y….  –empiezo a balbucear- ¡Y me estás poniendo nerviosa, hombre! Que si quieres dejarlo, que me lo digas de una vez y se acabó.

Ya está, lo he dicho. Ya lo he soltado, así, de golpe. He cogido carrerilla y lo he dicho. Ahora me callo. Le toca a él. Y cuanto antes acabemos, mejor. Sin embargo, no habla. Muy despacio, deja la copa sobre la mesa de cristal. Vuelva a echarse hacia atrás y mete las manos en la cazadora. ¡Que no habla!  Que se  ha quedado mudo. ¿O es que me está tomando el pelo? Aunque eso no es propio de él, pero a saber. Pues hasta aquí hemos llegado. Me giro para coger el pañuelo que había dejado en el respaldo de mi silla y me lo ato al cuello. Estiro el brazo al bolso que reposa en el suelo y empiezo a rebuscar las llaves del coche que, por supuesto, nunca encuentro a la primera.

De repente veo que se mueve. No está muerto, no… ¡se mueve! Saca las manos de los bolsillos, deja algo encima de la mesa y se vuelve a acomodar en la silla. Ahora soy yo la que cruza los brazos, abandonando momentáneamente la búsqueda de las malditas llaves. Hay una cajita encima de la mesa que antes no estaba.

-          ¿Eso qué es? –pregunto señalando con un movimiento de cabeza.

-          Ábrelo.

-          ¿Qué lo abra? –pregunto con recelo-. No explotará ¿no?

Resopla con una media sonrisa. ¿Se ha puesto rojo? Si nunca se pone rojo. Pues sí. Y empieza a mover compulsivamente las piernas.

-          ¿Te encuentras bien?

-          ¿Quieres abrir la caja, por favor?

-          ¿Ahora?

-          Sí, ahora.

-          Es que tienes unas cosas… Estoy intentando mantener una conversación madura contigo y en vez de contestarme me pides que abra una caja –le digo a la vez que la cojo. Es bonita. Pequeña, azul marino, con los bordes plateados-. ¿El regalo de Navidad? Pues yo no te he traído nada porque la verdad, no se me ha ocurrido, no me ha parecido lo más oportuno… -me detengo en seco cuando levanto la tapa-.

Es un anillo. Un anillo precioso. La garganta se me seca y soy incapaz de emitir ningún sonido. Me quedo paralizada. Él deja de mover las piernas y se inclina hacia adelante.

-          ¿Cuál es tu respuesta? ¿Sí o no?  

Ahora soy yo la que se queda aferrada a la cajita, como queriendo escrutar hasta el último brillo de las piedrecitas.

-          ¿Sabes? Me alegro de que te hayas bajado del pedestal, de que nos hayamos convertido en humanos.

-          ¿Desde cuándo sabes leer mis pensamientos?

-          ¿Eso es un sí?



Diciembre 2017


sábado, 2 de diciembre de 2017

UNA BÓVEDA AZUL ESTRELLADA


-          Ve despacio que el desvío ya debe de estar cerca.

-    ¿Cómo de cerca?

-   Exactamente no lo sé –respondió ella sin apartar la vista del mapa arrugado-. Pero cerca. Hemos pasado la indicación a la carretera comarcal hace un par de kilómetros, así que enseguida.

-          Enseguida, ya.

-          No te pongas irónico que no te queda nada bien. Ve despacio.

-          Tengo un coche detrás –dijo él mirando por el retrovisor.

-          Pues que se aguante… A ver… -levantó el dedo índice de la mano derecha, mientras con la izquierda se aceraba el mapa a los ojos-. ¡Ahí! ¡Era ahí! ¡Te lo has pasado!

-          ¿Qué me lo he pasado? –dijo girando la cabeza hacia atrás.

-          Sí, te he dicho que fueras despacio. Es que vas como un loco.

-          Hombre, como un loco…. ¡Voy a setenta! –exclamó levantando un tanto el tono de voz.

-          ¡Para! No sigas.

-          ¿Cómo que pare? Que llevo un coche detrás.

El vehículo les adelantó a toda velocidad, haciendo sonar el claxon.

-          Será capullo. ¿Es que no sabes leer un mapa? –preguntó nervioso.

-          Oye, guapo. Sé leer un mapa perfectamente, pero éste es una porquería y es muy esquemático. E igual que tú, no conozco esta carretera. Mira, pon el intermitente, ahí puedes parar.

Obedeció entre resoplidos y aminoró la marcha hasta detenerse. Ella abrió la puerta y comenzó a descender.

-          ¿Se puede saber qué haces?

Sin contestarle, bajó del coche y dio la vuelta hasta colocarse junto a la puerta del conductor.

-          Sal.

-          ¿Cómo que sal? –preguntó extrañado bajando la ventanilla.

-          Ahora conduzco yo y tú te encargas de dirigir la operación –dijo extendiéndole el mapa arrugado-. ¿No eres tan listo? Pues venga, sal por favor.

-          Así no llegaremos nunca.

-          Ahórrate el discurso machista que estamos en el siglo XXI.

Refunfuñando salió con el mapa en la mano y le sostuvo la puerta, mientras se miraban con una sonrisa forzada.

-          ¿Y esto? ¿Te parece machista que aguante la puerta?

-          No, cariño. Me parece educación, porque a veces tienes mal humor pero eres una persona muy educada –sonrió ella acomodándose frente al volante y poniéndose el cinturón-. Y ahora, sube por favor o no llegaremos nunca.

Cerró la puerta con cuidado y suspiró. Sólo a él se le ocurría secundarla en sus ideas extravagantes. Ahora se le había ocurrido hacer un estudio que implicaba encontrar unas iglesias románicas ocultas en lugares perdidos y alejados de la civilización. Había que encontrar tres y esta era sólo la primera. Puso el coche en marcha, metió la primera y, mirando con cuidado que no viniera nadie –que quién iba a venir por esa carretera remota, aparte del capullo que les había adelantado hacía unos minutos- se incorporó y se dispuso a retroceder hasta el desvío que habían dejado atrás. Como hacía siempre que conducía con especial atención, se inclinó ligeramente hacia delante y entornó los ojos. Esos ojos verdes, medio ocultos por el flequillo, que no se cansaba de mirar. A pesar de todo. A pesar de que fuera una historiadora embrujada por las historias que reconstruía. Sintiéndose observada, giró un segundo la cabeza hacia él. Y se rió.

-          ¿Qué haces mirándome? El mapa es lo que tienes que mirar. ¡Es ahí! –puso el intermitente y giró a la izquierda para tomar un camino de tierra.

-          ¿Estás segura?

-          No lo sé. Mira el mapa e ilumíname con tu sabiduría. Ahora en serio, no conozco este sitio pero yo diría que sí. ¿A ti qué te parece?

Miró por primera vez el mapa con detenimiento. Efectivamente, era un tanto esquemático.

-          Podría ser, sí –admitió él.

-          Y si no, pues damos la vuelta y en paz. Tenemos todo el día por delante. Y además el paisaje es precioso ¿verdad?

El camino no estaba en buen estado, así que decidieron detenerse en una parte donde se ensanchaba ligeramente y continuar a pie. El sol lucía radiante en aquella mañana de otoño. Aun así, se pusieron los abrigos porque apenas eran las diez de la mañana. Habían pasado la noche en un pueblecito a una hora de aquella carretera perdida, para poder aprovechar bien el día. Había que localizar tres iglesias alejadas de todo. Ella sacó una pequeña mochila del maletero.

-          ¿Quieres que te la lleve?

-          No te preocupes, no pesa nada.

-          ¿Qué llevas ahí?

-          Nada. –Se giró hacia él con una sonrisa que iluminaba su cara-. Es un día precioso ¿verdad? ¿Has visto qué luz? Y los colores del otoño. Impresionante.

Comenzaron a andar a buen ritmo. El camino avanzaba entre curvas con una leve pendiente hasta adentrarse en una zona más boscosa. Al cabo de media hora, ella se detuvo y miró hacia atrás.

-          Nos lo hemos pasado.

-          ¿Tú crees? –preguntó mirando alrededor-. No hemos visto ningún otro camino.

-          En el pueblo nos dijeron que desde que empezaba el camino de tierra sólo había que caminar unos quince o veinte minutos y ya llevamos media hora a buen paso.

-          Ya sabes que eso del tiempo es relativo –empezó él, pero ella le interrumpió.

-          No, lo presiento. Media vuelta.

-          A la orden, jefa. Es tu iglesia.

-          Sabes que te agradezco mucho que vengas conmigo. Lo sabes ¿verdad? –dijo clavándole aquellos ojos verdes.

-          Pues claro que vengo contigo. No pretenderás que te deje sola por estos andurriales.

Ella le besó suavemente en los labios y tiró de él. Diez minutos más tarde, ralentizó el paso y empezó como a husmear, acercándose al borde del camino a tocar los árboles y las piedras. Volvió a extender el mapa. Adelantó unos pasos, retrocedió otra vez, se detuvo observándolo todo hasta que lanzó un grito de euforia.

-          ¿Qué pasa? –preguntó sobresaltado.

-          ¡Es por aquí! –dijo señalando victoriosa unos matorrales-. Ayúdame, por favor.  

Él la miró incrédulo, mientras ella empezaba a apartar la maleza. Junto a aquel árbol inmenso sólo veía matorrales. Pero sabía que tenía un sexto sentido y que la tarde anterior había mantenido una larga conversación con el viejo párroco, mientras él se había quedado tomando un café en el bar del pueblo.  

-          Don Fernando dijo que era un árbol más grande que los demás. Que hacía mucho que no se recuperaba el camino pero que con un poco de atención y de fe lo encontraría. ¡Mira! Aquí está la montañita de piedras que han dejado los caminantes que nos han precedido.

Contempló su figura esbelta, el cabello despeinado que enmarcaba su rostro iluminado por la emoción del descubrimiento y el brazo que señalaba con respeto aquel montón de piedras. Se agachó y añadió dos piedras. A través de los matorrales se adivinaba un sendero. Pocos minutos más tarde se encontraban frente a una pequeña iglesia de piedra que se mantenía en pie, desafiando el paso del tiempo. Ella se giró y le abrazó entusiasmada a la vez que le susurraba: «¡Hombre de poca fe!». Se desprendió de la mochila, abrió la cremallera y sacó un termo. Lo destapó y sirvió el café, todavía humeante, en dos vasos de plástico. Le extendió uno.

-          Vaya, qué lujo. ¿Cómo se te ha ocurrido? –dijo llevándose el vaso a los labios.

-          ¿Un trozo de bizcocho? –preguntó sonriendo.

-          ¿Bizcocho también? Un café caliente, bizcocho casero, una preciosa iglesia románica y una mujer guapa ¿Qué más puedo pedir?

Contemplando en silencio la iglesia, acabaron el frugal desayuno que les pareció un festín. Volvieron a guardar el termo y los vasos en la mochila. Se acercaron a la puerta, enmarcado por un sencillo pórtico de piedra tallada. La empujaron pero no cedió. Estaba cerrada por un candado. Entonces ella comenzó a rebuscar en una cremallera lateral de la mochila y sacó una llave que agitó ante sus ojos.

-          ¿Y esa llave?

-          Me la dejó ayer don Fernando. Debería encajar… Sí, a ver, cuesta un poco pero… ¡sí! –exclamó con emoción a la vez que el candado emitía un chasquido.

Con cuidado empujó la puerta. Ante sus ojos la pequeña iglesia desveló su contenido. Una sola nave cubierta por una bóveda que conservaba restos de pintura azul oscura sobre la que se extendían cientos de estrellas. Recorrieron la nave observando atónitos aquellas pinturas. Ella se dejó caer sobre el suelo para observar mejor aquel cielo estrellado y se echó a reír a la vez que exclamaba: «¡Lo sabía! ¡Lo sabía!».

Entonces él lo supo. La observó allí echada sobre el suelo frío de aquella iglesia olvidada, los ojos verdes fijos en la bóveda estrellada, con las mejillas arreboladas por la emoción, irradiando felicidad. Fue como si un rayo le hubiera sacudido. Fue entonces cuando vio con total claridad que su destino estaba escrito junto al de ella y que la acompañaría siempre a descubrir todas las piedras que ella buscara.



Noviembre 2017

sábado, 11 de noviembre de 2017

NOCHE DE MUERTOS


Las calles brillaban iluminadas por centenares de velas. Se alzó el cuello de la capa en un ademán inconsciente, tratando quizás de protegerse del frío, tratando quizás de pasar desapercibida entre la multitud. Quizás ambas cosas. Por un momento un escalofrío recorrió su cuerpo pensando que lo había perdido. Fueron sólo unos segundos de angustia. Enseguida volvió a verlo; su altura destacaba por encima de todas aquellas cabezas. Con dificultad logró avanzar por la avenida y giró a la derecha, siguiendo sus pasos. Él se había detenido frente a un altar de muertos que, por algún motivo, le habría llamado la atención. Se apretó contra un portal, dejando paso a un grupo de mujeres que bajaban la calle cantando, ataviadas con faldas rojas y azules que rozaban el suelo, moviéndose suavemente al ritmo de la música. Seguía allí detenido, observando absorto las calaveras de colores. Y fue entonces cuando, como despertando de un sueño, comenzó a absorber todo lo que le rodeaba.

            El bullicio se hacía ensordecedor. La multitud crecía. Riadas de personas bajaban por la calle. Mirara donde mirara sólo veía calaveras. Calaveras y más calaveras. Un grupo de jóvenes se detuvo junto a ella. Reían y charlaban todos a la vez. Le alargaron una botella, pero ella negó con la cabeza. Contempló con admiración sus caras pintadas de blanco, los ojos negros y los labios rojos como la sangre. Las cabezas de ellas estaban coronadas de multitud de flores de todos los colores. La noche de muertos de México. Se lo habían contado pero había que vivirlo.

            Salió de su ensimismamiento cuando se dio cuenta de que él volvía a moverse. Dejando la protección del portal, se apresuró a proseguir su particular peregrinaje. Su última noche en México. Suspiró. Él caminaba ahora más lentamente, con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos. No se giró ni una sola vez. Unos minutos después se detuvo frente a la entrada del cementerio. A pesar de que ya era de noche, ese día cerraba más tarde de lo habitual para que las familias tuvieran la oportunidad de visitar a sus muertos.

            Apresuró el paso para no perderle en aquel laberinto de cruces y losas blancas. En varias ocasiones le asaltó la tentación de detenerse y sacar fotos a algunas de aquellas tumbas cubiertas de comida y de los objetos más insospechados, que recordaban los gustos de los que allí reposaban. Algunas eran pequeñas obras de arte. Pero era su última noche. Tenía que despedirse de él antes de que desapareciera para siempre de su vida. De sus vidas. Por fin se detuvo. La tranquilidad de aquella parte del cementerio contrastaba con el bullicio que la había acompañado hasta ahora. Se escondió tras un viejo panteón. El chasquido de una cerilla la sobresaltó. Vio cómo depositaba una vela junto a la lápida. Y, por última vez, contempló su rostro, iluminado por la llama. Lo siguió observando, como queriendo grabar a fuego cada detalle que tan bien conocía. Se apretó el vientre y se mordió los labios. De pronto, él se giró, como si hubiera notado su presencia. Tuvo tiempo de echarse hacia atrás y pegarse contra el muro, como queriendo que la tierra se la tragara. Cerró los ojos y sus labios musitaron una plegaria silenciosa: «Por favor que no me vea. Por favor, por favor…». Pasaron unos minutos, quizás fueron sólo segundos. Entonces oyó que sus pasos se alejaban lentamente. Cuando se atrevió a asomarse, todavía alcanzó a ver su silueta. Durante un tiempo permaneció con los brazos cruzados, abrazando su cintura. Ahogó un sollozo. «Adiós, amor. Sé que tiene que ser así». Inclinó la cabeza y, recuperándose, sonrió. Se llevó la mano a los labios y la depositó con suavidad sobre su vientre.



Noviembre 2017