sábado, 1 de julio de 2017

ELLA Y ÉL




-          María, sube al coche por favor.

Ella le miró con una media sonrisa que más parecía una mueca y siguió caminando por el arcén.

-          Venga, esto es absurdo –insistió él inclinando el cuerpo hacia la ventanilla bajada del copiloto, mientras circulaba lentamente con las luces de avería parpadeando-. Cielo, que es peligroso. Sube por favor.

-          ¿Cielo? –repitió ella con desdén sin detenerse- ¿Cielo? ¡Cielo tu madre, hombre!

-          A ver, sé razonable. Estamos en medio de la nacional y puede ocurrir una desgracia… ¡Por favor!

-          ¡Que no subo y no subo!

-          Venga, churri…

Se detuvo en seco.

-          ¿Churri? ¿Ahora nos hemos vuelto macarras o qué?

-          Tienes razón. Es que ya no sé ni lo que digo. Estoy nervioso. María, por favor, que vas caminando por el arcén de la nacional y yo a diez por hora con las luces puestas y los coches pasándome a ras y… y….

-          ¡Que te den! –sentenció para seguir su paseo por el arcén, como quien pasea por el parque.

Hacía calor. Pero no le importaba. Disfrutaba de los rayos del sol acariciando su piel. Se detuvo un momento para rebuscar en su bolso y se puso las gafas de sol. Entonces él acercó el coche con cuidado al arcén y lo detuvo. Se puso el chaleco reflectante y agarró otro para ella. En dos zancadas se puso a su lado.

-          Ten, póntelo –dijo acercándoselo.

Ella se apartó de él y continuó, aligerando el paso. Nicolás no se dio por vencido y le puso el chaleco por encima de los hombros. Esta vez se lo permitió porque reconocía que era mejor así.

-          Mira, te prometo que de aquí a casa no vuelvo a poner la retransmisión del partido. De verdad. Oímos lo que tú quieras.

-          Ah, ¿ahora sí? –le señaló con un dedo acusador-. O sea, que tengo que montar una escenita del carajo para que no me martirices con el maldito partido.

-          Bueno, no sabía que te molestaba tanto…

-          Esa es la pena. Que no lo sabes. Que no nos conocimos ayer, guapo. Y yo ya estoy harta de que pases de todo y de lo que me puede gustar o no. Así que la que pasa ahora soy yo -dijo remprendiendo la marcha, a la vez que se colocaba bien el chaleco.

-          A ver, ahora no saques las cosas de quicio. Total, no estaba haciendo mal a nadie. Sólo quería oír el partido.

-          Nicolás, no puedo más con los partidos. Hay fútbol todos los días a todas horas. Y tú estás como obsesionado. Fútbol en el coche, fútbol en casa…  ¡Que no puedo más! Y ya está.

-          ¿Y ya está qué?

-          Pues que me voy. Me largo. Me voy a vivir yo solita a una casa donde no tenga que estar aguantando a todas horas el maldito fútbol. Porque, claro, además hay que escucharlo a miles de decibelios para acabar de enloquecer.

Él se detuvo en seco y tiró de su brazo.

-          María, eso no lo digas ni en broma.

Ella se giró. Le miró de arriba abajo. Un camión de gran tonelaje pasó a toda velocidad con  estruendo. Esperó unos segundos a que se alejara para que él le pudiera oír bien.

-          Es que no es broma –se detuvo unos instantes, tomando tiempo para pensar bien lo que iba a decir-. Mira, estos minutos paseando por el arcén han sido la mayor aventura que he corrido en los últimos años. Me he sentido libre, más ligera, como si me desprendiera por fin de una mochila que me impedía avanzar… ¡No me interrumpas! Déjame acabar. Me aburro, Nicolás. Nuestra vida ha entrado en una rutina tal que pasear por un arcén a 35 grados y con los camiones rozándome me parece lo más. Y yo quiero algo más, necesito algo más. Y tú ni te enteras.

Él la miró. Se sintió como si le hubieran golpeado. Como si el camión le hubiera pasado por encima. Se mordió los labios resecos, intentando decir algo coherente.

-          Yo te quiero, María. Yo te quiero de verdad.

En ese momento, escucharon cómo se acercaba el sonido insistente de una sirena. Un coche de la guardia civil se detuvo junto a ellos. Los dos se miraron sorprendidos, a la vez que él mascullaba algo y se llevaba una mano a la cabeza.

-          ¿Tienen algún problema?

-          ¿Problema? –contestó María-. ¿De verdad quiere que se lo cuente?

-          Verá, agente –se apresuró Nicolás-. El coche se ha parado, no sé qué pasa que no arranca. Y hemos echado a andar porque me parecía que había por aquí una gasolinera cerca, pero creo que me he equivocado.

-          No ha dejado el vehículo debidamente señalizado. Hagan el favor de regresar al vehículo inmediatamente antes de que ocurra una desgracia.

-          Sí, por supuesto. Ahora mismo.

-          Y que sepan que les vamos a poner una multa por imprudencia.

-          Una multa, claro. Ahora mismo nos vamos -dijo cogiendo a María de la mano y comenzando a retroceder.

Unos minutos después, con el papelito de la multa sobre el salpicadero, se reincorporaban a la carretera, mientras sonaba de fondo la música de Los Secretos.

-          Me han hablado de un sitio nuevo que han abierto no lejos de casa. Podríamos ir a cenar esta noche –dijo mirándola de reojo-. ¿Te apetece?

-          ¿Salir a cenar? ¿Hoy? ¿Así, sin planificar? ¿No hay partido?

-          Me apetece mucho más salir contigo. ¿Te parece bien, cie…? Esto... ¿te parece bien?

Unos instantes de silencio.

-          Bueno, venga.

-          Estupendo. Me han dicho que está genial. Oye, hace mucho que no oía esta canción. Qué buena ¿verdad?

-          Sí, sí que es buena. Si quieres subo un poco el volumen… ¿Cuántos ceros tiene la multa?

Y los dos soltaron una carcajada. A la vez. Juntos.



Julio 2017

sábado, 24 de junio de 2017

A TU LADO


¿Por qué las canciones más bonitas son las de amor? O más bien, de desamor. Relatan historias imposibles, amores perdidos. Sábado por la noche, escuchando a Los Secretos y su Déjame. No juegues más conmigo, esta vez, en serio te lo digo, tuviste una oportunidad… Regreso a mi juventud, casi a mi adolescencia, y de manera automática te identificas. ¿Quién no ha cantado alguna vez esa canción pensando en la chica de turno que te había roto el corazón? Aunque la cantara un grupo masculino, nosotras también nos sentíamos identificadas y le gritábamos las mismas palabras a algún capullo que nos hacía la vida imposible. Sobre un vidrio mojado escribí su nombre, sin darme cuenta… ¿Quién no se ha sorprendido escribiendo su nombre sobre una ventanilla llena de vaho, mientras llovía y te invadía la melancolía? Y si no llovía, sobre la mampara de la ducha, aunque fuera menos glamuroso.

Y luego llegaba el gran Loquillo con su Cadillac. De Madrid a Barcelona. Yo aquí lo tenía más complicado para identificarme en primera persona, pero me encantaba que despreciara a la última rubia que había probado el asiento de atrás y se siguiera acordando de mí, o sea, de ella. Me llenaba de satisfacción comprobar que, aunque no fuera una rubia estupenda, no todo estaba perdido. Ellos también tienen corazón. Que conste que no tengo nada contra las rubias ¿eh? ¡Quiero a mis amigas rubias! Pero bueno, entendéis lo que quiero decir.

Y así, una tras otra, los protagonistas de la inigualable movida ochentera cantaban a las chicas de sus sueños, mientras hacían que el estómago se nos llenara de mariposas inquietas. Hombres G recordaba que, hacía un año, las niñas bajaban por la cuesta de uniforme. Yo con mis amigas a la salida del colegio, corriendo un viernes por la tarde para prepararnos para la fiesta en la discoteca de moda. Y te asaltan recuerdos borrosos, como el primer chico que te sacó a bailar, porque entonces todavía se bailaba agarrado. ¡Qué gran pérdida! Recuerdo que cuando de repente sonaba la música lenta, dejabas de pegar saltos, te sentabas con tu grupo de amigas y, entre risas nerviosas, te llevabas alguna sorpresa cuando por fin fulanito se acercaba con una media sonrisa y te sacaba a bailar. La gente corre y la lluvia está empapando el parque… Siempre la lluvia, sin lluvia no hay melancolía que valga. Suspiro…

Estoy a punto de volver a suspirar cuando suenan los primeros acordes de Pero a tu lado. El segundo suspiro se interrumpe y en su lugar canto con los hermanos Urquijo eso de he muerto y he resucitado. Y ya no persigo sueños rotos, hoy, en cambio, he soñado en otra vida, en otro mundo, pero a tu lado. No todas las canciones de los ochenta eran de desamor. La mejor habla de amor y las historias se vuelven posibles. ¡Y a la melancolía que le den! La dejamos olvidada y aparcada en el siglo XIX. En algún lugar de un gran país...



Junio 2017

sábado, 10 de junio de 2017

MIS HÉROES


Desde que tengo uso de razón, me recuerdo con un libro en la mano. Y si no en la mano, muy cerca. Estar rodeada de libros, saber que tengo tres o cuatro esperándome, me llena de entusiasmo y emoción. Y algunos de mis momentos más felices los asocio a la lectura. Todavía recuerdo cuando descubrí a D’Artagnan, o a Ivanhoe, o al Conde de Montecristo durante mi adolescencia. Esos momentos felices eran los que compartía con mis héroes. Recuerdo como si fuera hoy la espera impaciente a que llegara el fin de semana para comprar en el quiosco una nueva entrega de El guerrero del antifaz. Y cuando se acabó la colección pasé a suspirar por el Corsario de Hierro y a luchar contra los malos al lado del Capitán Trueno.

Un momento que marcó mi vida fue cuando descubrí por casualidad unos cuantos volúmenes amarillentos que habían pertenecido a mi abuelo. Hacía poco que había muerto y mi madre nos llevó a la vieja casa familiar, que ya llevaba cerrada un par de años. Tenía que recoger algunas cosas que todavía seguían allí. Era una preciosa casa modernista, con altos techos pintados, vidrieras de colores y una sala recubierta de mosaicos que de pequeños siempre nos había asustado un poco a los niños de la familia.

Mientras mi madre entraba en su antigua habitación, mis hermanos y yo empezamos a indagar por los recovecos y los largos pasillos de la casa por donde habíamos hecho carreras en triciclo y patín. En el piso de abajo no vivía nadie, así que las carreras estaban permitidas. En el recibidor, frente a la sala de los mosaicos, había un mueble oscuro de caoba. Una pequeña librería con puertas de cristal que mis abuelos habían regalado a mi madre por su mayoría de edad para que guardara todos los libros que se amontonaban en su habitación. Si, lo sé, los genes… Me acerqué despacio. Me atraía como un imán. A través de los cristales veía libros, montones de libros polvorientos. En la parte de abajo, unas puertas de madera ocultaban su contenido. Las abrí. Más libros. De fondo, escuchaba los gritos y risas de mis hermanos que jugaban al escondite en la enorme casa. Me senté en el suelo y empecé a sacar con cuidado los libros. Los fui amontonando por temas y dejando de lado los que no me interesaban. Hasta que me topé con ellos. Una portada colorida que mostraba a un joven con antifaz y cubierto por un gran sombrero mexicano. «El Coyote», leí en voz alta. Pasé lentamente las páginas del cuaderno, una publicación cuadrada de unas setenta páginas. Tenía buena pinta. Metí la mano palpando por las esquinas del mueble y fui sacando otros libros de la misma colección, unos veinte. «Encantada, señor Coyote», sonreí. Acababa de añadir otro héroe a mi colección. En los días siguientes los devoré y disfruté con las aventuras del héroe californiano. Pero la lectura se acabó y yo echaba mucho de menos a César de Echagüe.  

Uno de los momentos que recuerdo con más emoción fue cuando, un par de años más tarde, llegó a casa una caja enorme a mi nombre. Mis padres me apremiaron a abrirla. No tenía ni idea de qué podía ser ni quién la podía enviar. Nunca había recibido un paquete a mi nombre. Nerviosa, empecé a cortar las cuerdas. Cuando por fin conseguí abrir la caja, me quedé paralizada. Casi doscientos libros pequeños se amontonaban. ¡La colección completa de El Coyote! No sabía si reír o llorar.

Por eso, siempre he creído que los héroes nunca mueren. En mi mundo, los buenos siempre ganan y los malos se van al carajo. Pero parece que mi mundo no es el mundo real. Hace unos días, unos asesinos acabaron con la vida de un héroe en Londres. De más de uno. Pero como Ignacio era español parece que lo notamos más cerca, más nuestro. Y ante la muerte del héroe siento estupor, porque los héroes siempre ganan. ¿Qué ha pasado esta vez? ¿Quién ha escrito el guión incorrecto? Luego siento rabia y tristeza que, sin embargo, se van disipando cuando leo y escucho tantas manifestaciones sobre valores que parecían olvidados y que sólo mis héroes  parecían defender. De repente, la sociedad –o, al menos, parte de la sociedad- parece como si hubiera despertado de su letargo.

Dicen que las palabras se las lleva el viento pero las historias de mis héroes están escritas. Así que sé que me seguirán acompañando. Y desde hoy, mi colección cuenta con un héroe más ¡Sus y a ellos! ¡Mil millones de rayos y truenos!



Junio 2017


domingo, 4 de junio de 2017

HOY ES MAÑANA... Y AYER



-          El tiempo es relativo –le dijo.

Su voz llegaba un tanto entrecortada aunque clara, teniendo en cuenta los miles de kilómetros que los separaban.

-          Para ti ya es miércoles. Aquí sigue siendo martes… Qué raro ¿verdad?

Después de un rato largo de conversación, llegaba el momento de despedirse.

-          Mañana hablamos y te cuento los pormenores del pasado.

-          Pues aquí te espero en el futuro –rió ella.

-          ¿Sabes? Creo que deberías escribir sobre eso.

Se dirigió a la cocina dispuesta a preparar algo de cena para acompañar una cerveza bien fría. Se sentó frente al televisor y empezó a hacer zapping.

-          No puede ser –pensó, deteniendo el mando.

Reconoció la casa de cristal que se adentraba en un precioso lago. Había visto esa película hacía unos años. La casa del lago, con Sandra Bullock y Keanu Reeves.

-          Qué casualidad –exclamó poniéndose cómoda-. Hablando de la relatividad del tiempo…

A los protagonistas, Kate y Álex, no les separaban unas pocas horas. ¡Les separaban dos años! Unas horas pueden implicar casi una jornada completa. Cuando ella cenaba, él apenas comenzaba a comer. Cuando ella se levantaba, él se acababa de acostar. Cuando para ella era miércoles, para él seguía siendo martes… Una tontería comparada con los dos años de los habitantes de la casa del lago. Éstos no se podían comunicar con el teléfono, por la cuestión del tiempo, claro, así que se comunicaban por carta. De hecho, todo empezaba así. Por una carta con una fecha aparentemente errónea. Tras la incredulidad inicial de ambos y después de mirar a todo lados buscando una cámara oculta y esperando que en cualquier momento un equipo de televisión fuera a salir de detrás de los árboles, Kate y Álex comenzaron a escribirse. Con asiduidad, hablando de cosas sin importancia, como qué has hecho hoy, qué tal te ha ido en el trabajo, qué has comido, cuántos hermanos tienes, cuál es tu música preferida. O no sin importancia, porque para cada uno era lo que formaba su día a día, en definitiva su vida. Y cada vez esperaban con más intensidad la respuesta del otro. Los dos. 

Se levantó un momento para dejar en el fregadero el plato vacío. Se detuvo a medio camino. Kate le estaba pidiendo a Álex un gran favor: que intentara recuperar el libro que dos años antes había dejado olvidado en el banco de un andén. Era un libro de Jane Austen, su escritora preferida. «¡Y la mía!», pensó sorprendida.

Recordó entonces una frase de un artículo que había leído recientemente: A veces ese día nunca llega, a veces el destino simplemente hace de las suyas.

En este caso el destino fue benevolente. Álex llega a la estación justo en el momento en que está arrancando el tren. Ve el libro abandonado sobre el banco, lo coge rápidamente y corre hacia el tren, blandiendo el libro. Kate se da cuenta de su olvido, se asoma y es entonces cuando se ven. Y se reconocen.

-          Qué bonita y qué original. Me encanta esta película –exclama en voz alta cuando aparecen los créditos en la pantalla.

Por un momento duda. «¿Quizás sea cine para chicas? ¿Le gustará a los hombres o si se la recomiendo a algún amigo me llamará de todo?... Y sin embargo… el tiempo es relativo, para todos, para hombres y mujeres. Y a veces ese día llega, para todos y a pesar de todo».



Junio 2017


sábado, 20 de mayo de 2017

MILES DE KILÓMETROS NOS SEPARAN


Miles de kilómetros nos separan. Una historia imposible. No sé por qué me sorprendo. Si no fuera así ¿de dónde sacaría la inspiración para escribir? ¿Tengo un imán? Sí, lo tengo. Decididamente. Quizás un psicoanalista diría que busco estas historias a propósito. Que, en el fondo, es una manera de protegerme. Pero no. ¡Ni hablar! Siempre espero que, por una vez, pueda cambiar el título. Historias posibles. No suena nada mal…

Cierro los ojos y te veo, allí al pie de la pequeña iglesia de San Francisco de la Espada. Recuerdo que estaba cansada. Me recosté contra el muro de la vieja misión española, disfrutando del sol. Ya estaba convencida de que había equivocado la hora de la cita, cuando oí voces a lo lejos y abrí los ojos. Y así, de repente, me topé con tu sonrisa de anuncio que me observaba.

Venías con el grupo de arqueólogos, aunque tú no ibas vestido de Indiana Jones. Llevabas una cámara de fotos colgada del cuello. Y, antes de que pudiera reaccionar, empezaste a disparar hacia mí. Me incorporé de un salto y me dirigí a saludar a los miembros del grupo que conocía. Un par de profesores texanos ya entrados en años y una antropóloga mexicana que acompañaban a los arqueólogos. Hasta que me tocó extender la mano hacia ti para presentarme educadamente. Me miraste de una manera… no sé, bueno, el caso es que me miraste, te miré y nos echamos a reír, sin motivo alguno. Y ya no nos separamos durante todo el día. Te reías de lo que llamabas mi fuerte acento español y yo de tus giros mexicanos, algunos incomprensibles para mí.

Al día siguiente, nuestros caminos se separaban con un océano de por medio. Cambiamos nuestros números de teléfono y memorizamos lo poco que sabíamos el uno del otro después de unas horas intensas. Nos abrazamos. Nos abrazamos con fuerza ante la separación inevitable e incomprensible.

Cierro los ojos, como cegada por el recuerdo del cielo azul intenso de San Antonio y el blanco brillante de sus antiguas misiones franciscanas. Y te vuelvo a ver. Y rezo para que no te conviertas en un espejismo en el desierto.



Mayo 2017

sábado, 29 de abril de 2017

MUSEOS Y FANTASMAS





Quedaban pocos minutos para que cerrara el museo, así que me apresuré a retroceder sobre mis pasos para echar un último vistazo al mapa. Se trataba de la pieza más valiosa de la colección. Un mapa de finales del siglo XV que representaba el mundo hasta entonces conocido. El primero, o de los primeros, en que aparecía dibujado el nuevo continente con bastante precisión. Tanta que diferentes teorías controvertidas rodeaban su historia. Su autor fue, probablemente, un marino cántabro que acompañó a Colón en sus primeros viajes a las Indias.

Me detuve ante la vitrina. Ya apenas quedaba gente en la Sala de los Descubrimientos. Saqué del bolso la libreta y empecé a anotar algunos datos.

-          Es precioso ¿verdad? Y bastante preciso –dijo una voz a mis espaldas.

Creía que estaba sola. Me giré sobresaltada. Un hombre, un poco más joven que yo, de cabellos claros y algo despeinados. Avanzó un paso y se puso a mi lado, sin levantar la vista del mapa. Le miré con recelo. Nunca me ha gustado hablar con desconocidos. A mí de pequeña me dijeron que no hablara con desconocidos y eso he hecho siempre. Giró despacio la cabeza y vi sus ojos. Eran de un azul intenso, como salidos de un trozo de mar. Sonrió y sus ojos chispearon. No dije nada y volví a mirar el mapa. Hice como que seguía tomando notas, a ver si se iba. Pero no, qué va, allí seguía clavado.

-          ¿Te imaginas cómo fue la vida de su autor? – preguntó señalando el mapa-. Cuando zarpaban de Sevilla o de Cádiz no sabían si alguna vez regresarían. Desde la proa miraban hacia atrás, despidiéndose de su tierra. Con nostalgia, sí, pero el deseo de aventuras estaba por encima. Entonces miraban hacia el frente, expectantes ante lo que estaban por vivir.

Los ojos azules le brillaban ahora. Con una mano se echó hacia atrás un mechón que le caía sobre la frente. Luego tiró hacia abajo de los bordes de su jersey rojo. Irradiaba energía y entusiasmo. La verdad es que parecía inofensivo.

-          ¿Qué escribes?

No podía seguir callada, así que contesté.

-          Pues… detalles que me llaman la atención. Los personajes que aparecen representados. Hay varios monarcas de diferentes partes del mundo y estos tres –dije poniendo mi índice sobre el cristal que cubría Asia- parecen los Reyes Magos ¿no? Me parece curioso. Pero el que más me llama la atención es el personaje de arriba del todo.

Miró hacia donde yo señalaba. Un hombre vestido de rojo, caminaba ayudado por un cayado.

-          Parece un autorretrato del autor. Debajo pone su nombre y la fecha.

Me di cuenta entonces de que él llevaba un gran jersey, también de color rojo.

-          No se le parece mucho, pero es él, sí –dijo sonriendo.

Volví a mirar con atención al personaje. Sobre la cabeza asomaba lo que parecía un ángel con una cruz.

-          ¿Qué quieres decir? –pregunté mientras escribía en mi libreta.  

No contestó, así que levanté la mirada. Y ya no estaba. Sorprendida me di la vuelta. Nada. La sala estaba vacía. En ese momento, la megafonía anunció que el museo cerraría sus puertas en cinco minutos. Con la libreta en la mano, me dirigí hacia la salida. Miré hacia atrás. Una mujer joven tiraba de un niño de seis o siete años. Una pareja con pinta de turistas despistados avanzaban apresurados. Ni rastro de mi desconocido.  

Al llegar a la salida, un empleado del museo despedía con amabilidad a los rezagados.

-          Disculpe. ¿Ha visto pasar a un joven de ojos claros que llevaba un jersey  rojo?

El hombre, de pelo canoso, tardó unos segundos en contestar.

-          ¿Con el pelo claro, un poco largo?

-          Sí, exactamente –asentí.

Se me quedó mirando con una extraña sonrisa antes de volver a hablar.

-          ¿Así que lo ha visto?

-          ¿Qué quiere decir?

-          ¿Junto al mapa de Juan de la Cosa? ¿Ha hablado con usted?

-          Sí, ¿qué pasa? –pregunté un tanto incómoda-. ¿Lo conoce?

-          Pues verá, señorita… -carraspeó antes de seguir-. Conocerlo, lo que se dice conocerlo… Y no, hoy no lo he visto.

-          Pues que sepa usted que todavía queda alguien dentro, se lo digo para que revise antes de cerrar.

-          A ver… ¿cómo le diría yo? Ya sabe cómo son todos estos viejos edificios. De vez en cuando aparecen personas que realmente no están.

Abrí la boca como para decir algo y la volví a cerrar. Me estaba tomando el pelo, claro.

-          No se preocupe. Una experiencia nueva que podrá contar a sus nietos.

Seguí caminando. Me giré y me guiñó un ojo a la vez que encogía los hombros. Levantó una mano en señal de despedida. Salí a la calle. Había empezado a llover. Agradecí las gotas de lluvia sobre mi rostro acalorado.

-          Esto no se queda así. La semana que viene regreso –murmuré para mí-. ¿Cómo que edificios viejos? ¡Venga, hombre!….   

Un trueno retumbó a lo lejos y me apresuré a buscar un taxi.



Abril 2017


sábado, 22 de abril de 2017

ELIGE UN LIBRO





Me encontraba rodeada por la oscuridad. Entre la penumbra me parecía distinguir un pasillo largo. Avancé despacio unos pasos. No sé cómo había llegado hasta allí. Al final se vislumbraba un rayo de luz difusa que se escapaba por debajo de lo que parecía una puerta. Seguí avanzando con cuidado. Sí, era una puerta. Me detuve ante ella, insegura. ¿Qué debía hacer? Por unos instantes me quedé inmóvil, pensando. No podía quedarme allí, sin hacer nada. Miré hacia atrás y sólo seguía la oscuridad. Así que no había más que una opción: empujar la puerta y llegar a la luz. A tientas busqué una cerradura, un pomo, algo que la abriera. Mis manos iban rozando la superficie rugosa, de madera, deduje. Nada. Respiré hondo y empujé, primero con suavidad y luego ya con fuerza. La puerta se abrió, silenciosamente, y yo seguí allí clavada mirando sorprendida, sin atreverme a moverme. ¡Libros! -exclamé en un susurro. Asomé la cabeza y vi más libros. Una enorme sala llena de estanterías de madera sobre las que se apilaban cientos de libros. Mi desasosiego fue desapareciendo y me atreví a entrar. ¡Estaba en una biblioteca! En una preciosa biblioteca. Las cuatro paredes que me rodeaban estaban cubiertas de bellos estantes de madera brillante que albergaban, no cientos, miles de libros.
En un extremo de la sala, se apoyaban un par de escaleras que permitían acceder hasta los últimos estantes. Entorné la puerta y me acerqué a la estantería que tenía a mi derecha. Libros de diferentes tamaños y grosor perfectamente ordenados por orden alfabético. Con suavidad fui pasando mis dedos por los lomos, susurrando los nombres.
-          ¡Jane Austen! -exclamé cogiendo el libro y pasando sus primeras páginas con cuidado-. Es una primera edición –murmuré con asombro.
De pronto sentí que había alguien detrás de mí y me giré de golpe. Un anciano de abundantes cabellos blancos me observaba risueño. El corazón empezó a latirme a toda velocidad, a la vez que me aferraba al libro, como si fuera un escudo.
-          Bienvenida. Soy el bibliotecario –saludó con amabilidad.
Por unos momentos no supe qué decir, hasta que me di cuenta de que había extendido su mano y me apresuré a dársela.
-          Veo que ha elegido un libro –dijo señalando el ejemplar al que seguía aferrada.

-          Sí, bueno, disculpe… Ahora mismo lo dejo… -acerté a balbucear.

-          No, no. Puede quedarse a leer, si lo desea. Tenemos unas butacas muy cómodas, allí, bajo la hache. Puede quedarse el tiempo que quiera.
Miré hacia donde señalaba. En mi incertidumbre ante la extraña situación, no me había dado cuenta de que en una esquina se extendía una zona de lectura que, efectivamente, invitaba a quedarse. Nos dirigimos hacia allí y nos sentamos, el uno frente al otro.
-          Si tuviera que elegir un libro, ¿sería ése el elegido? Sentido y sensibilidad. Buena elección, aunque se trate de un título mal traducido.

-          ¿Elegir un libro?

-          Sí –respondió con más fuerza-. Si tuviera que elegir uno solo ¿con cuál se quedaría? –y alzando el brazo, fue señalando con el dedo índice las cuatro paredes que albergaban los miles de libros.
Miré con cariño la portada. Descubrir a Marianne y Elinor había sido uno de los momentos más felices de mi vida. Había leído y releído su historia. Había reído y llorado con ellas, me había enamorado de Edward y del coronel Brandon. Pero ¿elegir uno? Recordé entonces aquella primera lectura de Los tres mosqueteros. Tendría yo unos catorce años. Me atrapó de tal manera que incluso me lo llevé al colegio para leerlo en el recreo, algo que no había hecho nunca. Mis compañeras de clase me miraron extrañadas y me dijeron que era un libro para niños. Intenté explicarles que la serie de dibujos animados de Los tres mosqueperros estaba muy bien, pero que el libro de Dumas era otra cosa muy diferente. No lo entendieron. Una de mis profesoras que oyó la conversación sí lo entendió. Y me animó a seguir leyendo otras obras del mismo autor. Y añadió una serie de escritores que disfrutaría descubriendo como Walter Scott, Emilio Salgari y Julio Verne. Seguí los consejos de mi profesora y, efectivamente, disfruté y pasé horas muy felices. Pero ¿elegir uno? ¿Sólo uno? Y, aunque de otra categoría, cómo dejar fuera El Coyote de Mallorquí, o las colecciones de El Corsario de Hierro, El Guerrero del Antifaz y El Capitán Trueno. ¿Y Tintín? Cómo dejarlo fuera. ¡Mil rayos! ¿Y Foster? ¿Y Kaye? Otros de mis autores británicos de culto ¡Y tantos otros! Imposible elegir uno.
-          Y usted ¿cuál elegiría?
Alcé la vista. La butaca estaba vacía. Miré alrededor de la enorme biblioteca, me incorporé, busqué, pero el bibliotecario de cabellos blancos había desaparecido. Volví a sentarme. Y mientras esperaba su regreso, me puse cómoda, extendí las piernas sobre un taburete de piel y abrí la primera edición de Sentido y sensibilidad. Y empecé a leer, por enésima vez, la historia de las hermanas Dashwood.
Algo sonaba a lo lejos. Un sonido insistente. Abrí los ojos y tardé unos segundos en reaccionar. Estiré la mano y apagué el despertador. Seguía viendo muchos libros, pero no eran los de la maravillosa biblioteca de madera brillante. Estaba en mi habitación, rodeada por mis libros. Un sueño –sonreí-. ¡Ha sido un sueño! Me levanté. Pasé suavemente los dedos por los lomos de mis libros. No, no podría elegir sólo uno.

Abril 2017