sábado, 9 de septiembre de 2017

CUANDO NO TE CONOCÍA (II)


Cerró la puerta con cuidado, silenciosamente. Como si de manera inconsciente no quisiera interrumpir la tranquilidad de la noche.

-          La cerradura debe de estar oxidada. Hará tiempo que mi tía no venía al estudio –dijo tras varios intentos con la llave, que finalmente acabó cediendo.

Él seguía allí, de espaldas, con las manos en los bolsillos, tan silencioso como la noche.

-          Hay luna llena.

Carmen miró al cielo, hacia donde Manuel había indicado con un leve movimiento de cabeza.

-          Qué bonita –exclamó. Los dos permanecieron unos segundos observándola-. Es justo lo que pega después de los cuadros que hemos estado viendo.

-          Sí, la verdad que sí –afirmó sonriendo-. Bueno, vamos yendo que mi abuela se va a pensar que nos hemos perdido. Y además hace frío.

Los dos cruzaron el jardín y entraron en la casa. Carmen cerró la ventana de la cocina que daba a la calle, cogió el abrigo que colgaba del perchero de la entrada y salieron a la calle. Hacía horas que se había puesto el sol y apenas había nadie en las calles empedradas del pueblo. Los dos caminaban en silencio pensando en los cuadros que la tía Olga conservaba en su viejo estudio apoyados contra la pared. Carmen los había ido girando uno a uno para descubrir que todos ellos representaban a un hombre y una mujer jóvenes, siempre los mismos.

-          Entonces ¿no sabes quiénes pueden ser? –volvió a preguntar Manuel.

-          No, ya te he dicho que no. Ni idea –dijo moviendo la cabeza-. Aunque me encantaría averiguarlo. Me he quedado intrigada. ¿Por qué les pintaría mi tía varias veces? Y puede que haya más cuadros todavía. Mañana con luz volveré al estudio a mirar qué más encuentro por ahí.

-          Estaba pensando… quizás mi abuela lo sepa. Piensa que eran muy amigas.

-          Ah, claro. Tienes toda la razón. Ahora mismo le preguntamos –exclamó a la vez que aceleraba el paso.

En pocos minutos se detuvieron frente a una bonita casa de piedra. Manuel empujó el portón.

-          Abuela, ya estamos aquí.

Carmen sonrió al oír la voz de Dolores que les saludaba desde la cocina. De allí provenía un aroma maravilloso, una mezcla de madera, legumbres, pollo y especias.

-          ¡Estoy aquí! Ya está la cena lista.

Entraron a la cocina y allí, junto a una mesa primorosamente preparada, Dolores terminaba de colocar unas servilletas de hilo.

-          Hija, dame un beso. ¡Qué cara más fría! Anda, acércate a la chimenea que no quiero que cojas una pulmonía.

-          No se preocupe que venía bien abrigada, pero sí gracias –dijo extendiendo las manos a la lumbre. A pesar de que había lucido el sol durante el día, era febrero y en aquel pueblo de Huesca, a los pies del Pirineo, las noches podían ser muy frías.

-          Espero que no te importe que comamos en la cocina. Es la habitación más caliente de la casa. Bueno, en el salón también se está bien. La calefacción lleva funcionando todo el día, pero Manuel y yo solemos cenar aquí siempre. Claro que, al tenerte de invitada, quizás debería haber preparado la mesa del comedor…

Carmen interrumpió a Dolores, que empezaba a agitarse, para tranquilizarla.

-          Ya sabe que me encanta su cocina. Aquí hemos compartido muchas tardes con mi tía. Y el rincón de la mesa... ¡si parece un salón de lo bonito que lo tiene! Además, agradezco que me trate con confianza. Al fin y al cabo, hace ya muchos años que nos conocemos.

Dolores era una mujer elegante, que siempre había tenido mucho gusto. Su cocina –como toda la casa- era digna de aparecer en cualquier publicación de moda. Era acogedora y cálida. No faltaba un detalle. Utensilios antiguos, recuerdos de otros tiempos, lucían sobre estantes de madera junto a los electrodomésticos más modernos. Carmen repasó con la mirada esos objetos ya familiares: la lata de galletas, la plancha de hierro y los preciosos jarrones de cristal con flores frescas. La mesa estaba en un extremo, junto a la ventana, cubierta por un mantel blanco nuclear. La vajilla blanca de loza con detalles azules era igual que la que tenía ella. La tía Olga y su amiga Dolores habían reformado la cocina al mismo tiempo. Juntas habían supervisado todos los detalles y ambas se decidieron por la misma vajilla que, sin lugar a dudas, era la más bonita de la tienda.

-           Manuel, hijo, saca una botella de vino. Vamos a brindar por Olga y también por nosotros.

Obediente, el joven, escogió una del botellero de madera que su abuelo había hecho a mano hacía unos años. Con cuidado de no derramar una gota, sirvió las copas de cristal que Dolores había colocado en la mesa. Hacía sólo una semana de la muerte de la tía Olga y los tres brindaron en silencio y se llevaron las copas a los labios. Por unos instantes, pareció que su tía estaba allí con ellos. Carmen se la imaginó en la cabecera de la mesa, alzando su copa sonriente.

-          ¿Has encontrado la casa a tu gusto? ¿Hay algo que necesites?

-          Está todo perfecto, Dolores. Tal y como mi tía lo dejó. Siempre me ha encantado esa casa.

-          Y ahora es tuya… ¿Has pensado qué vas a hacer? ¿La vas a vender? –preguntó con cierta ansiedad.

-          ¿Venderla? No… no –movió la cabeza-. Si me la dejó a mí es porque sabía que la conservaría.

-          Madrid no está tan cerca de Huesca –dijo a la vez que le acercaba la panera. Aquellos panecillos recién hechos en el horno de Tadeo, el pandero, eran su debilidad.

-          No voy a venir todos los fines de semana, claro. Pero vendré. Me da mucha paz saber que tengo un lugar al que venir cuando tenga que huir de la vorágine.

Manuel acercó la sopera y su abuela comenzó a servir la sopa humeante.

-          ¿Se lo preguntamos? –susurró Manuel mirando a Carmen con complicidad.

-          Preguntarme qué. –A pesar de su edad, seguía teniendo un oído muy fino.

-          Buenísima, Dolores. Con el frío de la calle nada podía apetecerme más que su famosa sopa –rió Carmen. Se llevó otra cucharada a la boca antes de proseguir-. Bueno, verá… He estado en el estudio de mi tía. Justo cuando ha llegado Manuel a buscarme acababa de encontrar unos cuadros que pintó hace unos años. Todos ellos representan a un hombre y una mujer. Jóvenes.

-          Siempre los mismos –añadió Manuel-. Una chica con el pelo claro y un chico moreno. Y transmiten… ¿cómo diría?

-          Que se quieren –sentenció Carmen mientras desmigaba un tanto nerviosa un trozo de pan.

-          Sí, eso precisamente. Eso es lo que quería decir –asintió él guiñando un ojo.

Dolores dejó la cuchara junto al plato.

-          Sí, ya sé de qué cuadros me hablas. ¿Y no sabes quiénes son?

Manuel y Carmen se miraron y exclamaron a la vez: «¿Tú sí? ¿Usted sí?». La anciana la observó unos instantes antes de responder.

-          Te pareces a ella.

-          ¿Verdad que sí, abuela? Se lo he dicho yo a Carmen, que se parecía a la mujer del cuadro.

Dolores miró con cariño a los dos jóvenes que esperaban expectantes su respuesta. Durante unos largos segundos se hizo el silencio, sólo interrumpido por el chisporroteo alegre de la chimenea. Respiró hondo, como rindiéndose ante lo inevitable.

Septiembre 2017
La próxima semana, CUANDO NO TE CONOCÍA (III)

viernes, 4 de agosto de 2017

EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO


Dicen que en las noches de verano, sobre todo si hay luna llena, se dispara la imaginación. Hay algo de embrujo en esas noches cálidas, que te envuelve y te atrapa en su telaraña de aromas y sonidos desconocidos, mientras a lo lejos te parece distinguir el rumor de las olas al romper en la orilla. Aunque el mar está lejos, así que ese sonido acompasado debe de ser otra cosa. Lo único que se distingue con claridad es el omnipresente concierto diario de los grillos, que te recuerda que, sin lugar a dudas, es agosto.

Quizás fue eso lo que me pasó aquella noche. Había bajado al bar cercano a la casa que alquilábamos en aquel pueblo recóndito del norte de España, cumpliendo el ritual diario. En esta ocasión me había adelantado al resto del grupo. Mis hermanos y mis primas se retrasaban. Uno estaba contestando wasaps, otra terminando de arreglarse, la otra leía un cuento a los niños… Como yo ya estaba lista, decidí esperarlos en el bar. Como todas las noches, saludé a los parroquianos habituales que me devolvieron el saludo con una especie de gruñido a coro. Me da la impresión de que no les entusiasma demasiado tener gente extraña en sus dominios. Quizás el único que se alegra es el dueño del bar, que me recibe con una media sonrisa. Le pido una cerveza fría y me siento en la mesa habitual, la que está más apartada de la entrada, que parece que es la que se suele quedar libre y así nos da la impresión de que no interferimos en la vida cotidiana del pueblo.

Los parroquianos dejan de mirarme -parece que ya han pasado revista- y siguen con sus conversaciones y partidas de dominó. Yo me pongo cómoda, me arrellano en la silla, estiro las piernas y miro al cielo, dispuesta a disfrutar de la paz de este momento. Aquí se ven las estrellas con claridad. Distingo la Osa Mayor y Venus. De repente, noto a alguien a mi lado, que se ha acercado sin hacer ruido.

-          ¿Quieres que te lea la mano?

Miro sobresaltada a la sombra que me ha hablado.

-          ¿Disculpe? –acierto a decir.

-          La mano. Que si quieres que te la lea.

Se mueve a un lado y ahora la luz de una farola próxima la ilumina. Es una mujer de mediana edad, morena, que no había visto antes.

-          No, gracias –digo uniendo las dos manos sobre mi regazo, boca abajo, de manera instintiva.

Me siento incómoda. Ha desaparecido mi momento de paz. Me incorporo un poco y miro hacia  atrás. «¿Dónde se habrán metido? Sí que tardan».

-          No te voy a pedir dinero, no te preocupes. Vivo aquí. Me ha parecido que lo necesitabas y a mí me gusta leer la mano. Suelo acertar ¿sabes?

-          No, de verdad. Se lo agradezco pero no lo necesito. Prefiero que la vida me sorprenda.

-          Tienes que tomar una decisión. Quizás esto te ayudaría a escoger tu camino.

-          Siempre tenemos que tomar una decisión –señalo con un tono un tanto impertinente.

-           Pero esta decisión es más importante de lo habitual. Un hombre… lo que decidas puede cambiar totalmente el rumbo de tu vida –añade mirándome fijamente.

Sonrío y me encojo de hombros.

-          Siempre hay un hombre. Para eso no es necesario leer la mano.

-          Percibo amor. Os queréis. Aunque… hay muchos obstáculos –se detiene por unos instantes y entorna los ojos-. Mar… veo el mar.

-          Mire, de verdad, que no quiero saber nada.

-          No lo habéis hablado ¿verdad?

-          ¿El qué? –pregunto casi con agresividad.

-          Que os queréis.

Estiro la mano y cojo mi cerveza. Le doy un trago largo y me enciendo un cigarrillo. Exhalo el humo y ahora soy yo quien la mira con los ojos entreabiertos.

-          Así que vive aquí, en el pueblo.

Asiente con la cabeza.

-          Pues no la había visto antes.

-          He estado unos días fuera. De vez en cuando es necesario salir de este pueblo y ver otros horizontes. Aquella es mi casa –señala con la mano.

-          Quizás otro día ¿de acuerdo? –no quiero resultar más maleducada y antipática de lo que ya he sido.

-          Aquí estaré si me necesitas. Adiós… Mira, por ahí llegan tus hermanos.

Miro hacia donde señala y, efectivamente, por fin se acercan los cinco.

-          ¿Con quién hablabas? –pregunta mi hermana.

-          Yo que sé. Con una que me quería leer la mano.

-          ¿Cómo que leerte la mano? –pregunta sorprendida una de mis primas.

Sigo con la mirada a la mujer. Al llegar a la puerta de su casa, se gira y levanta la mano en señal de saludo.

En los siguientes días, me crucé con ella un par de veces e intercambiamos un saludo apresurado. La última noche, bajamos a tomar la última copa de aquel agosto. El verano llegaba a su fin, aunque los grillos seguían cantando como el primer día. Una luna inmensa iluminaba el pueblo. Entre risas recordamos varias anécdotas. Ya nos echábamos de menos. Del interior del bar salió la mujer morena. Por unos instantes, su silueta esbelta quedó enmarcada en la puerta. Con paso resuelto se acercó a nuestra mesa.

-          Espero que hayáis pasado un buen verano y que volváis el año que viene. Para entonces ya habrás tomado tu decisión- dijo mirándome -. Sigue a tu corazón. Por una vez, piensa sólo en ti.

No me dio tiempo de contestar. Se giró y se marchó hacia su casa. Miré a las estrellas. Un hombre, el mar, una conversación pendiente, el corazón, mi decisión y su decisión... ¿Una decisión? ¿Para qué?Es verano y hay luna llena ¡Que la vida me sorprenda! Total, siempre acaba sorprendiéndome.



Agosto 2017








sábado, 22 de julio de 2017

BYE BYE, NOSTALGIA


Camino sin rumbo al ritmo de las olas. Los últimos rayos del sol se reflejan en el mar. Siento cómo me envuelven en un abrazo cálido e invisible. Echo la cabeza y los brazos hacia atrás y permanezco así unos instantes, sintiendo cómo se recarga mi energía. Hasta que se me cae el sombrero de paja. Se rompió el momento mágico. Me apresuro a recogerlo antes de que la brisa me haga correr detrás de él. Al agacharme veo una botella verde de plástico medio enterrada en la arena. Me llama la atención lo que parece un papel amarillo en su interior. Con los dedos escarbo un poco, cojo la botella y compruebo que, efectivamente, contiene algo. Con cuidado desenrosco el tapón.

-          Qué gracia –murmuro para mí-. ¡Una botella de náufrago!

La vuelco pero el papel no sale. La agito, primero con suavidad, luego con más fuerza. Tampoco. Miro alrededor pero ya queda poca gente en la playa y nadie me está observando, así que no me siento tan ridícula. Me siento sobre la arena e intento meter los dedos. No funciona. Sólo cabe uno, así que no puedo hacer pinza. No hay más remedio que destrozar la botella para que me revele su contenido. Ya picada, cojo las llaves del coche y empiezo a golpearla sin piedad  hasta que el plástico se va resquebrajando. Consigo hacer un pequeño agujero y voy moviendo la llave como si fuera un cuchillo. Finalmente ¡lo conseguí! La botella queda partida en dos.

-          Seguro que no es nada, verás, un chiste que ha escrito un gracioso o algo así –me digo a la vez que voy desdoblando el papelito dichoso.

En una tinta verde, algo desvaída, y en una escritura clara, aparecen unas diez líneas. Empiezo a leer con curiosidad. Una poesía. Sentada en la orilla, con el sonido de las olas de fondo y la inmensidad del mar ante mí, el escenario perfecto para leer un poema de amor. Lo leo y lo vuelvo a leer una segunda vez. El autor lo dedica a una mujer, al dolor de su ausencia. No sé quién es y, sin embargo, lo entiendo. Sus palabras me envuelven y me hacen evocar otras ausencias. Levanto la mirada. Los rayos de sol se han ido. Me incorporo y continúo mi paseo. Mi energía se ha transformado en nostalgia. Y no quiero sentirme nostálgica. Estoy hasta el moño de la nostalgia.

Camino con más rapidez para recuperar mi energía. Sacudo los brazos para sacudir la nostalgia. Paso por una papelera y, por un momento, pienso en tirar allí el papel amarillo y sus versos nostálgicos. Pero me da no sé qué. Realmente no es mío.

-          ¿Y por qué no? ¿Y si me lo hubieran escrito a mí y por eso lo he encontrado? A ver, seguro que alguna vez he inspirado estos sentimientos.

Ya más animada me guardo el papelito en la bolsa. En ese momento el móvil empieza a vibrar con insistencia. Sonrío al ver que es mi hermana.

-          Nena ¿dónde andas? Te estamos esperando. ¿Te voy pidiendo una cerveza?

A lo lejos veo las luces del chiringuito. Me doy la vuelta y allí sigue la papelera. Levanto la mano con el puño cerrado y la dejo caer para abrirla con fuerza. Allí, en esa papelera cutre de la playa se ha quedado mi nostalgia.

-          Verás cuando se lo cuente, se van a reír.

Además, el poema termina diciendo «Sé que te encontraré». Pues eso. A disfrutar de mi cerveza, que me la he ganado.

Julio 2017

viernes, 14 de julio de 2017

TÚ, YO Y EL CHICO DEL PERRO


-          ¿Así que estás en la fase donde todo se mide? –afirma más que pregunta mi amiga.

Por unos instantes me quedo pensativa y luego suelto una carcajada.

-          Sí, hombre. Esa fase en que le quieres buscar un sentido oculto a todo. Si no ha contestado inmediatamente ¿será que se está haciendo el interesante o es que pasa y no quiere que me haga ilusiones? Si me ha dicho tal cosa ¿debería tomarlo al pie de la letra? Ha leído mi whatsapp y no ha dicho ni mu. O ha leído mi whatsapp y ha contestado al segundo. Si esto y lo otro y lo de más allá –se detiene y me guiña un ojo-. Así que estás en esa fase ¿no?

-          Pues es una tranquilidad saber que eso no me pasa sólo a mí. Estaba empezando a preocuparme y a pensar que me había vuelto paranoica.

-          No, mujer, tranquila. Estás en la fase uno.

-          ¿Fase uno?

-          Sí, luego se pasa a la fase dos.

-          ¿Fase dos? –miro a mi amiga con cara de no entender.

-          A ver, cielo, deja de repetir todo lo que digo, que pareces nueva.     

-          Bueno, podría decirse que sí. Pensaba que una vez superada la adolescencia y tierna juventud estas cosas ya no pasaban. ¡Se me habían olvidado todas estas tonterías!

-          Pues claro que pasan –sentencia con aire de mujer experimentada.

Realmente, Margarita se casó hace casi veinte años y tiene tres hijos. Carlos le estuvo cantando aquello de Margarita se llama mi amor durante tres meses hasta que logró conquistarla. Ella se hacía de rogar, pero el día que Carlos se plantó en la fiesta de fin de curso del Colegio Mayor con la tuna descubrió que era el hombre de su vida. Y acertó. Los dos acertaron. La niña mayor tiene dieciocho años, así que me imagino que estará reviviendo las sensaciones de esa época. Y por eso está tan puesta en el tema. Si no de qué.

-          ¿Fase dos? –vuelvo a preguntar riéndome        

-          Pues ahí es cuando ya la cosa empieza a estar un poco más clara. Lleváis con el que sí que no un par de meses. Y si al tío no le interesas, ya ha desaparecido. Pero si después de varias semanas sigue dando señales de vida, es que algo hay.

-          ¿Tú crees? –pregunto levantando una ceja para que quede constancia de mi escepticismo.

-          Que sí mujer, que tienes que tener más confianza en ti –sentencia.

-          A ver, Margarita, que yo confianza tengo. Que ya soy mayorcita.

Ahora la que levanta la ceja es ella.

-          Mira, vamos a preguntar al primer hombre con pinta normal que pase por aquí.

-          Deja de decir idioteces.

Empieza a mirar alrededor y a girarse. Se pone la mano como visera para otear en el horizonte.

-          Ese de ahí no, que es muy mayor…. A ver… ese otro tiene una pinta de raro... Nada, nada… A ese no le preguntamos.

De pronto se detiene en seco, me mira y eleva el brazo para señalar a un pobre chico que se acerca tranquilamente paseando a su perro sin saber la que le va a caer encima. Yo la agarro del otro brazo e intento disuadirla. Sin éxito, claro. Hoy Margarita se ha tomado muy en serio su papel de mejor amiga.

-          Perdona, disculpa…

Se acerca decidida y tira de mí. Yo me suelto y me coloco muerta de vergüenza detrás de ella. El chico del perro, de unos treinta y muchos, se quita los auriculares y sonríe con amabilidad.

-          Verás, estamos haciendo una encuesta –se mete la mano en el bolso y saca una libreta pequeña y un bolígrafo-. Necesitamos el punto de vista masculino para resolver la siguiente situación: si un chico está varias semanas con una chica que sí, que no, mensajitos, te llamo, hablamos y tal ¿él está interesado en ella?

El chico del perro nos mira y se echa a reír.  

-          Hombre, necesitaría más datos.

Así que Margarita se los da. Yo ya he dejado de ocultarme porque me da la sensación de que hago el ridículo más que mi amiga. La conversación se va volviendo cada vez más interesante hasta que llega un momento en que él sugiere que la continuemos sentados tomando algo en una terraza que está justo donde nos hemos parado.

-          Chica, estás que te sales –me susurra Margarita-. Has ligado.

Yo contengo la risa, niego con la cabeza y nos sentamos. Pedimos tres cafés. Margarita y el chico del perro, que se llama Héctor, continúan entusiasmados la conversación. Él me mira mucho, eso es verdad, como buscando mi aprobación. En ese momento suena mi teléfono. Entran tres whatsapps seguidos. Los dos se interrumpen y me miran fijamente. Yo detengo mi mano antes de meterla en el bolso en busca del móvil sin saber muy bien qué hacer.

-          ¿No vas a leerlos? –pregunta Héctor.

-          Sí, claro –contesto desafiante.

Rescato mi móvil del fondo del bolso y toco la pantalla. Me miran expectantes. Alzo la mirada.

-          ¡Es mi madre!

Tras un instante de desconcierto, los tres echamos a reír.

-          Tres tintos de verano ¿os parece bien? Este momento merece un brindis –dice levantando la mano para avisar al camarero.

A Margarita le entra su famosa risa floja. Imposible no contagiarse. Un par de minutos después, entre lágrimas, los tres acabamos compartiendo un paquete de pañuelos.



                                   Julio 2017




sábado, 1 de julio de 2017

ELLA Y ÉL




-          María, sube al coche por favor.

Ella le miró con una media sonrisa que más parecía una mueca y siguió caminando por el arcén.

-          Venga, esto es absurdo –insistió él inclinando el cuerpo hacia la ventanilla bajada del copiloto, mientras circulaba lentamente con las luces de avería parpadeando-. Cielo, que es peligroso. Sube por favor.

-          ¿Cielo? –repitió ella con desdén sin detenerse- ¿Cielo? ¡Cielo tu madre, hombre!

-          A ver, sé razonable. Estamos en medio de la nacional y puede ocurrir una desgracia… ¡Por favor!

-          ¡Que no subo y no subo!

-          Venga, churri…

Se detuvo en seco.

-          ¿Churri? ¿Ahora nos hemos vuelto macarras o qué?

-          Tienes razón. Es que ya no sé ni lo que digo. Estoy nervioso. María, por favor, que vas caminando por el arcén de la nacional y yo a diez por hora con las luces puestas y los coches pasándome a ras y… y….

-          ¡Que te den! –sentenció para seguir su paseo por el arcén, como quien pasea por el parque.

Hacía calor. Pero no le importaba. Disfrutaba de los rayos del sol acariciando su piel. Se detuvo un momento para rebuscar en su bolso y se puso las gafas de sol. Entonces él acercó el coche con cuidado al arcén y lo detuvo. Se puso el chaleco reflectante y agarró otro para ella. En dos zancadas se puso a su lado.

-          Ten, póntelo –dijo acercándoselo.

Ella se apartó de él y continuó, aligerando el paso. Nicolás no se dio por vencido y le puso el chaleco por encima de los hombros. Esta vez se lo permitió porque reconocía que era mejor así.

-          Mira, te prometo que de aquí a casa no vuelvo a poner la retransmisión del partido. De verdad. Oímos lo que tú quieras.

-          Ah, ¿ahora sí? –le señaló con un dedo acusador-. O sea, que tengo que montar una escenita del carajo para que no me martirices con el maldito partido.

-          Bueno, no sabía que te molestaba tanto…

-          Esa es la pena. Que no lo sabes. Que no nos conocimos ayer, guapo. Y yo ya estoy harta de que pases de todo y de lo que me puede gustar o no. Así que la que pasa ahora soy yo -dijo remprendiendo la marcha, a la vez que se colocaba bien el chaleco.

-          A ver, ahora no saques las cosas de quicio. Total, no estaba haciendo mal a nadie. Sólo quería oír el partido.

-          Nicolás, no puedo más con los partidos. Hay fútbol todos los días a todas horas. Y tú estás como obsesionado. Fútbol en el coche, fútbol en casa…  ¡Que no puedo más! Y ya está.

-          ¿Y ya está qué?

-          Pues que me voy. Me largo. Me voy a vivir yo solita a una casa donde no tenga que estar aguantando a todas horas el maldito fútbol. Porque, claro, además hay que escucharlo a miles de decibelios para acabar de enloquecer.

Él se detuvo en seco y tiró de su brazo.

-          María, eso no lo digas ni en broma.

Ella se giró. Le miró de arriba abajo. Un camión de gran tonelaje pasó a toda velocidad con  estruendo. Esperó unos segundos a que se alejara para que él le pudiera oír bien.

-          Es que no es broma –se detuvo unos instantes, tomando tiempo para pensar bien lo que iba a decir-. Mira, estos minutos paseando por el arcén han sido la mayor aventura que he corrido en los últimos años. Me he sentido libre, más ligera, como si me desprendiera por fin de una mochila que me impedía avanzar… ¡No me interrumpas! Déjame acabar. Me aburro, Nicolás. Nuestra vida ha entrado en una rutina tal que pasear por un arcén a 35 grados y con los camiones rozándome me parece lo más. Y yo quiero algo más, necesito algo más. Y tú ni te enteras.

Él la miró. Se sintió como si le hubieran golpeado. Como si el camión le hubiera pasado por encima. Se mordió los labios resecos, intentando decir algo coherente.

-          Yo te quiero, María. Yo te quiero de verdad.

En ese momento, escucharon cómo se acercaba el sonido insistente de una sirena. Un coche de la guardia civil se detuvo junto a ellos. Los dos se miraron sorprendidos, a la vez que él mascullaba algo y se llevaba una mano a la cabeza.

-          ¿Tienen algún problema?

-          ¿Problema? –contestó María-. ¿De verdad quiere que se lo cuente?

-          Verá, agente –se apresuró Nicolás-. El coche se ha parado, no sé qué pasa que no arranca. Y hemos echado a andar porque me parecía que había por aquí una gasolinera cerca, pero creo que me he equivocado.

-          No ha dejado el vehículo debidamente señalizado. Hagan el favor de regresar al vehículo inmediatamente antes de que ocurra una desgracia.

-          Sí, por supuesto. Ahora mismo.

-          Y que sepan que les vamos a poner una multa por imprudencia.

-          Una multa, claro. Ahora mismo nos vamos -dijo cogiendo a María de la mano y comenzando a retroceder.

Unos minutos después, con el papelito de la multa sobre el salpicadero, se reincorporaban a la carretera, mientras sonaba de fondo la música de Los Secretos.

-          Me han hablado de un sitio nuevo que han abierto no lejos de casa. Podríamos ir a cenar esta noche –dijo mirándola de reojo-. ¿Te apetece?

-          ¿Salir a cenar? ¿Hoy? ¿Así, sin planificar? ¿No hay partido?

-          Me apetece mucho más salir contigo. ¿Te parece bien, cie…? Esto... ¿te parece bien?

Unos instantes de silencio.

-          Bueno, venga.

-          Estupendo. Me han dicho que está genial. Oye, hace mucho que no oía esta canción. Qué buena ¿verdad?

-          Sí, sí que es buena. Si quieres subo un poco el volumen… ¿Cuántos ceros tiene la multa?

Y los dos soltaron una carcajada. A la vez. Juntos.



Julio 2017

sábado, 24 de junio de 2017

A TU LADO


¿Por qué las canciones más bonitas son las de amor? O más bien, de desamor. Relatan historias imposibles, amores perdidos. Sábado por la noche, escuchando a Los Secretos y su Déjame. No juegues más conmigo, esta vez, en serio te lo digo, tuviste una oportunidad… Regreso a mi juventud, casi a mi adolescencia, y de manera automática te identificas. ¿Quién no ha cantado alguna vez esa canción pensando en la chica de turno que te había roto el corazón? Aunque la cantara un grupo masculino, nosotras también nos sentíamos identificadas y le gritábamos las mismas palabras a algún capullo que nos hacía la vida imposible. Sobre un vidrio mojado escribí su nombre, sin darme cuenta… ¿Quién no se ha sorprendido escribiendo su nombre sobre una ventanilla llena de vaho, mientras llovía y te invadía la melancolía? Y si no llovía, sobre la mampara de la ducha, aunque fuera menos glamuroso.

Y luego llegaba el gran Loquillo con su Cadillac. De Madrid a Barcelona. Yo aquí lo tenía más complicado para identificarme en primera persona, pero me encantaba que despreciara a la última rubia que había probado el asiento de atrás y se siguiera acordando de mí, o sea, de ella. Me llenaba de satisfacción comprobar que, aunque no fuera una rubia estupenda, no todo estaba perdido. Ellos también tienen corazón. Que conste que no tengo nada contra las rubias ¿eh? ¡Quiero a mis amigas rubias! Pero bueno, entendéis lo que quiero decir.

Y así, una tras otra, los protagonistas de la inigualable movida ochentera cantaban a las chicas de sus sueños, mientras hacían que el estómago se nos llenara de mariposas inquietas. Hombres G recordaba que, hacía un año, las niñas bajaban por la cuesta de uniforme. Yo con mis amigas a la salida del colegio, corriendo un viernes por la tarde para prepararnos para la fiesta en la discoteca de moda. Y te asaltan recuerdos borrosos, como el primer chico que te sacó a bailar, porque entonces todavía se bailaba agarrado. ¡Qué gran pérdida! Recuerdo que cuando de repente sonaba la música lenta, dejabas de pegar saltos, te sentabas con tu grupo de amigas y, entre risas nerviosas, te llevabas alguna sorpresa cuando por fin fulanito se acercaba con una media sonrisa y te sacaba a bailar. La gente corre y la lluvia está empapando el parque… Siempre la lluvia, sin lluvia no hay melancolía que valga. Suspiro…

Estoy a punto de volver a suspirar cuando suenan los primeros acordes de Pero a tu lado. El segundo suspiro se interrumpe y en su lugar canto con los hermanos Urquijo eso de he muerto y he resucitado. Y ya no persigo sueños rotos, hoy, en cambio, he soñado en otra vida, en otro mundo, pero a tu lado. No todas las canciones de los ochenta eran de desamor. La mejor habla de amor y las historias se vuelven posibles. ¡Y a la melancolía que le den! La dejamos olvidada y aparcada en el siglo XIX. En algún lugar de un gran país...



Junio 2017

sábado, 10 de junio de 2017

MIS HÉROES


Desde que tengo uso de razón, me recuerdo con un libro en la mano. Y si no en la mano, muy cerca. Estar rodeada de libros, saber que tengo tres o cuatro esperándome, me llena de entusiasmo y emoción. Y algunos de mis momentos más felices los asocio a la lectura. Todavía recuerdo cuando descubrí a D’Artagnan, o a Ivanhoe, o al Conde de Montecristo durante mi adolescencia. Esos momentos felices eran los que compartía con mis héroes. Recuerdo como si fuera hoy la espera impaciente a que llegara el fin de semana para comprar en el quiosco una nueva entrega de El guerrero del antifaz. Y cuando se acabó la colección pasé a suspirar por el Corsario de Hierro y a luchar contra los malos al lado del Capitán Trueno.

Un momento que marcó mi vida fue cuando descubrí por casualidad unos cuantos volúmenes amarillentos que habían pertenecido a mi abuelo. Hacía poco que había muerto y mi madre nos llevó a la vieja casa familiar, que ya llevaba cerrada un par de años. Tenía que recoger algunas cosas que todavía seguían allí. Era una preciosa casa modernista, con altos techos pintados, vidrieras de colores y una sala recubierta de mosaicos que de pequeños siempre nos había asustado un poco a los niños de la familia.

Mientras mi madre entraba en su antigua habitación, mis hermanos y yo empezamos a indagar por los recovecos y los largos pasillos de la casa por donde habíamos hecho carreras en triciclo y patín. En el piso de abajo no vivía nadie, así que las carreras estaban permitidas. En el recibidor, frente a la sala de los mosaicos, había un mueble oscuro de caoba. Una pequeña librería con puertas de cristal que mis abuelos habían regalado a mi madre por su mayoría de edad para que guardara todos los libros que se amontonaban en su habitación. Si, lo sé, los genes… Me acerqué despacio. Me atraía como un imán. A través de los cristales veía libros, montones de libros polvorientos. En la parte de abajo, unas puertas de madera ocultaban su contenido. Las abrí. Más libros. De fondo, escuchaba los gritos y risas de mis hermanos que jugaban al escondite en la enorme casa. Me senté en el suelo y empecé a sacar con cuidado los libros. Los fui amontonando por temas y dejando de lado los que no me interesaban. Hasta que me topé con ellos. Una portada colorida que mostraba a un joven con antifaz y cubierto por un gran sombrero mexicano. «El Coyote», leí en voz alta. Pasé lentamente las páginas del cuaderno, una publicación cuadrada de unas setenta páginas. Tenía buena pinta. Metí la mano palpando por las esquinas del mueble y fui sacando otros libros de la misma colección, unos veinte. «Encantada, señor Coyote», sonreí. Acababa de añadir otro héroe a mi colección. En los días siguientes los devoré y disfruté con las aventuras del héroe californiano. Pero la lectura se acabó y yo echaba mucho de menos a César de Echagüe.  

Uno de los momentos que recuerdo con más emoción fue cuando, un par de años más tarde, llegó a casa una caja enorme a mi nombre. Mis padres me apremiaron a abrirla. No tenía ni idea de qué podía ser ni quién la podía enviar. Nunca había recibido un paquete a mi nombre. Nerviosa, empecé a cortar las cuerdas. Cuando por fin conseguí abrir la caja, me quedé paralizada. Casi doscientos libros pequeños se amontonaban. ¡La colección completa de El Coyote! No sabía si reír o llorar.

Por eso, siempre he creído que los héroes nunca mueren. En mi mundo, los buenos siempre ganan y los malos se van al carajo. Pero parece que mi mundo no es el mundo real. Hace unos días, unos asesinos acabaron con la vida de un héroe en Londres. De más de uno. Pero como Ignacio era español parece que lo notamos más cerca, más nuestro. Y ante la muerte del héroe siento estupor, porque los héroes siempre ganan. ¿Qué ha pasado esta vez? ¿Quién ha escrito el guión incorrecto? Luego siento rabia y tristeza que, sin embargo, se van disipando cuando leo y escucho tantas manifestaciones sobre valores que parecían olvidados y que sólo mis héroes  parecían defender. De repente, la sociedad –o, al menos, parte de la sociedad- parece como si hubiera despertado de su letargo.

Dicen que las palabras se las lleva el viento pero las historias de mis héroes están escritas. Así que sé que me seguirán acompañando. Y desde hoy, mi colección cuenta con un héroe más ¡Sus y a ellos! ¡Mil millones de rayos y truenos!



Junio 2017